1. Federico: ¿Cómo animar a los estudiantes a hacer preguntas y pensar críticamente desde la historia reciente?
Me parece que poniendo en acto aquello que les proponemos que apliquen cuando den clases: cada una de nuestras propuestas, en la medida de lo posible, debe ser un ejercicio de ese tipo. Quizás, a partir de dos certezas: que estudiar historia muestra que aún en los momentos más duros hubo esperanza; la segunda, trabajando la noción de que todo lo que hagamos es parte del proceso histórico, es decir, reflexionar sobre la responsabilidad política. No se trata de buscar “soluciones” en el pasado, sino de ver de qué formas problemas parecidos, inquietudes semejantes a las que tenemos, fueron afrontadas por quienes nos precedieron en el mundo. Porque en definitiva, son los problemas presentes los que hacen que miremos hacia atrás. El error es buscar soluciones como si el pasado fuera un manual de procedimientos. De la misma manera, entonces, vemos, en el pasado, qué futuros imaginaron otras personas hace diez, veinte, cien años. Y eso lleva a preguntarnos qué futuro imaginamos nosotros.
2. En este siglo XXI y en la educación universitaria ¿Estamos dedicando más recursos a enseñar a las máquinas a aprender que a enseñar a los humanos cómo aprender?
Me preocupa que la pregunta ya contiene una respuesta implícita: “sí, estamos dedicando más recursos a enseñar a las máquinas que a enseñar a los humanos”. Pero el problema no es solo cuantitativo, sino de sentido. También, que creo que está pensada sobre todo en relación con universidades “ricas”. Pero si me atengo a ese marco, en la universidad del siglo XXI, se invierte millonariamente en inteligencia artificial, big data y automatización, mientras se desfinancian áreas críticas como la Filosofía, la Historia y otras humanidades. Se premia la eficiencia, la predictibilidad y la utilidad inmediata. Pero ¿útil para qué? ¿Para quién?
Enseñar a las máquinas es útil, sin duda. Pero enseñar a los humanos a aprender es enseñar a preguntar, a dudar, a contextualizar, a resistir. Y eso no genera rentabilidad inmediata ni se mide en rankings internacionales. Genera ciudadanía crítica. El riesgo es que formemos profesionales técnicamente competentes pero históricamente huérfanos, incapaces de entender el mundo que habitan. Y eso, en una sociedad que sigue lidiando con heridas abiertas, desigualdades profundas y memorias en disputa, es más que un error pedagógico: es una renuncia política.
3. Federico: en estos tiempos donde prima un marcado desvalor docente ¿Por qué hay que seguir haciendo un “Elogio de la docencia”?
Porque la docencia es el antídoto artesanal contra los enemigos de la escala humana: el presentismo y la posverdad . En un mundo virtual que anula el tiempo y el espacio, el aula es el último reducto para recuperar la densidad del tiempo, la escucha y el diálogo cara a cara. Allí hacemos las cosas “a nuestra escala”. De esta manera, sostenerla, ser anacrónico, en este contexto, es revolucionario . La docencia no es una técnica que se perfecciona, sino un oficio que se construye pieza por pieza, alumno por alumno, poniendo el cuerpo en el aula .
Porque es un espacio de dignificación mutua, no de heroísmo individual. Yo no hablaría de aguantar la desvalorización, sino de transformarla. El elogio es necesario para recordar que el docente no dignifica a otros con su sacrificio, sino que en el aula se construye dignidad colectivamente . Demostramos, a pequeña escala, que otro tipo de vínculo social es posible .
El elogio es necesario porque la docencia es política en su esencia. No se trata de bajar línea, sino de hacerse preguntas políticas; por ejemplo sobre la desigualdad, la justicia y el futuro . Hay que seguir ejerciéndola y defendiéndola porque en las aulas se puede discutir, a escala capilar, que las reglas del juego no son inmutables. La docencia es el espacio donde los vencidos;de otros proyectos históricos pueden transmitir la lección de que lo que fue derrotado no es imposible .
En síntesis, hay que seguir haciendo el elogio de la docencia no a pesar del desprecio, sino contra él. Porque el desprecio material y simbólico hacia los docentes es la misma lógica que quiere reducirnos a consumidores pasivos, a individuos aislados frente a una pantalla. Elogiar la docencia hoy es un acto de insubordinación. Es defender que el encuentro, la lentitud y la escucha son las únicas herramientas que tenemos para imaginar un futuro que no sea una repetición miserable del presente. No es un canto nostálgico; es la certeza de que sin la trama artesanal que tejemos en las aulas, la desesperanza ya habría ganado.
4. Federico: Sigue pensando que “La historia es un arma cargada de futuro” ¿Por qué?
Porque el tiempo histórico tiene tres dimensiones: pasado, presente, y futuro. Y si aprendemos historia es para ver que si en el pasado otras personas imaginaron futuros posibles -el presente que habitamos- nosotros podemos y debemos hacerlo también.
5. Federico: a los alumnos que están por elegir la vocación y profesión docente de profesores de Historia ¿Qué mensaje les podría decir sobre el valor de esta profesión?
El valor de esta profesión no se demuestra en los discursos de fin de año ni en los homenajes póstumos. Se demuestra el lunes a las siete y media de la mañana, cuando nadie nos mira, cuando el salario no alcanza y cuando la
sociedad nos trata con indiferencia o desprecio.
El valor está en algo muy sencillo y a la vez inmenso: en que durante cuarenta minutos, ochenta minutos, lo que pasa ahí adentro puede cambiar la manera en que un pibe o una piba se mira a sí mismo. No hablo de cambiar su destino de manera mágica. Hablo de mostrarle que el mundo no es un dato fijo, que se puede preguntar, que tiene derecho a enojarse, a dudar, a entender. Nosotros no salvamos a nadie. Ese relato del docente héroe es una trampa. Lo que hacemos es más modesto y más profundo: construimos la posibilidad de que alguien, en algún momento, pueda tomar la palabra y decir esto no me gusta, esto lo quiero cambiar. Y eso, en un país como el nuestro, con la historia que tenemos, no es poca cosa.
El valor de la docencia es que es el último oficio artesanal que nos queda. No se puede automatizar el gesto de preguntarle a un pibe si le pasó algo, no se puede algoritmo la paciencia de explicar siete veces lo mismo, no se puede
fakelear la autoridad que da el haberse ganado el derecho a hablar porque antes aprendiste Si alguien me pregunta si vale la pena, yo no puedo responder por todos. Solo sé que cuando estoy en el aula no estoy esperando que la historia me dé la razón. Estoy haciendo, con otros, lo que puedo con lo que tengo. Y a veces, solo a veces, pasa algo. Un silencio que no es vacío, una pregunta que no esperabas, un pibe que vuelve diez años después y te dice me acuerdo de cuando usted dijo y ni siquiera completa la frase. Eso no se negocia. Eso no se mide en las pruebas PISA. Eso es el valor. Y como no tiene precio, no nos lo pueden quitar.
En esencia, el valor no está en el reconocimiento externo, sino en la certeza interna de que el aula es un lugar donde todavía es posible disputar sentido, construir dignidad y demostrar, en pequeña escala, que otro mundo no es una fantasía. Es un valor que se sostiene a pesar de todo, no gracias a nada.
6. Por último, una frase para usted o comentario sobre la educación en general que le haya impactado últimamente.
No tengo una frase en particular, sino la acumulación de sandeces y estigmatizaciones propaladas por negacionistas, racistas y fascistas de todos los rubros. No hay una frase. Es un clima de época, traducido en actos barbáricos perpetrados en nombre de los valores occidentales o religiones mesiánicas. Pero así como Brecht escribió que “también se cantará sobre los tiempos oscuros”, nosotros estamos obligados a decir que “también se enseñó en los tiempos oscuros”.
Gracias Federico.
Perfil de Federico Lorenz Licenciado en Historia. Pertenece al Núcleo de Estudios sobre Memoria (IDES) y es adscripto al Programa de Historia Oral de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Forma parte del equipo de entrevistadores de Memoria Abierta, que recupera testimonios para la conformación de un archivo audiovisual sobre el terrorismo de Estado. Ha publicado The Unending War. Social Myth, Individual Memory and the Malvinas y ¿De quién es el 24 de marzo.
Las luchas por la memoria del golpe del 76, en una compilación a cargo de E. Jelin. Dicta cursos de capacitación docente en CEPA, la Escuela de Capacitación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Participó como investigador el desarrollo de Otras voces de la Historia, un CD educativo producido por Memoria Abierta. Aldo Marchesi es profesor de Historia (IPA) y tiene un posgrado en Historia Contemporánea (CLAEH). Ha trabajado en diversos proyectos sobre la dictadura y los procesos de memoria colectiva en Uruguay. Participó en el proyecto del SSRC ?Memoria Colectiva y represión?. Se desempeña como investigador del CEIL-UDELAR, docente del ICP-UDEALR y como asistente del posgrado de Historia Contemporánea del Instituto Universitario CLAEH.
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