El silencio que aturde: la resistencia de las mujeres en Afganistán

Los Talibanes son una agrupación de naturaleza muy vinculada a grupos terroristas de Asia, estudian el Corán y buscan la imposición de la Sharía cuyos preceptos radicales corrompen la religión en nombre del fanatismo y el lucro político. Bajo su anterior régimen, entre 1996 y 2001, también hubo persecución, eliminación de derechos de las mujeres, azotes y la implementación de la ley coránica extremista. Lo más curioso de este grupo yihadista es que fueron estructurados y apoyados por los Estados Unidos durante la invasión de la Unión Soviética a Afganistán entre finales de la década de los setenta hasta la implosión del modelo soviético en 1991.

A partir de la implantación del régimen, las mujeres no pudieron trabajar, estudiar, salir sin la supervisión de un hombre y muchas de ellas fueron ejecutadas bajo la aplicación de los crímenes de honor que establecían que la mujer debía pagar con su vida los actos por los cuales el honor familiar se veía corroído. Esto mejoró, parcialmente, con los años de intervención americana a partir de 2001, después de los atentados en Nueva York, logrando que las mujeres puedan transitar sin el rostro cubierto, estudiar, trabajar, maquillarse y comenzar a reducir los matrimonios arreglados, algo que puede resultar natural para cualquier occidental.

Los Acuerdos de Doha y la retirada de tropas occidentales, en agosto de 2021, fueron el preludio de la vuelta del régimen de los talibanes y una incógnita respecto a si el país volvería a los años noventa cuando el sistema impuesto por los talibanes logró estructurarse con Al Qaeda, convirtiendo al país asiático en el foco de terrorismo y crimen organizado vinculado al opio. La desordenada salida occidental permite aún hoy las críticas al mantenimiento del rol de policía del mundo asignado a Estados Unidos durante décadas y no es posible predecir cuál será el destino para un país hundido en la miseria, la inestabilidad política y la combustión religiosa que la convierte en una región inflamable ante cada crisis.

Según los datos arrojados por la Agencia EFE, al 2022 el 80% de las desplazadas son mujeres y niñas y el 50% de las personas en el país (lo que significa unas 11.500.000 de personas) se encuentran en situación de hambruna extrema. Las mujeres, que allí no son vistas como humanos según las refugiadas indican, se han lanzado a la calle desde el primer momento para luchar contra la violencia de la indiferencia y un sistema armado para controlar, restringir y penar cualquier inconducta moral en las actividades cotidianas. A diferencia de dos décadas atrás, la sociedad afgana parece haberse rendido a la vuelta de los talibanes asumiendo, con desánimo, las consecuencias de la Sharía, algo que no es aceptado por las mujeres cuyas vidas son aplastadas pero que no lograrán resistir si la sociedad internacional no actúa de forma coordinada y decidida.

El Comisionado de la ONU, impotente, solo expresa su preocupación basándose en que no puede hacerse más que petitorios y discursos que visibilicen el sistema opresor. Tampoco las potencias occidentales que acusan, con cierta razón, a un sistema internacional lento que garantiza un eterno empate (por ejemplo, el poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas). Políticamente, Estados Unidos mira hacia China y Taiwán con un ojo en Ucrania, la Unión Europea sigue esperando un crudo invierno si Putin, el presidente ruso, finalmente corta el suministro energético. Todo el resto del tercer mundo sigue desarrollando políticas exteriores limitadas, muy pocas veces dirigidas por sus presidentes, sino dirigidas por quienes ayudan financieramente a esos países ante las crisis cíclicas.

Por el lado de los talibanes, sin reconocimiento formal por parte de otros países y con muchos de sus activos financieros congelados en el exterior, buscan aparentar una moderación para posicionarse ante el resto del mundo. Sin embargo, la desconfianza se acentúa dado su historial y porque su naturaleza ha permanecido intacta. Tras un año de la violenta toma del poder, las cámaras y las coberturas de los corresponsales de guerra se apagaron y la atención se trasladó, no sin cierta lógica publicitaria, a otros sectores del planeta donde la situación se agravó también. No obstante, en Afganistán sigue latente un sistema de agravio, control y violencia en nombre del extremismo islamista: sin solidaridad aún en otros países islámicos, más de 700 mil desplazadas se dirigieron a Irán y allí, también presas de un régimen abusivo como el de los Ayatollah, las mujeres fueron además víctimas de discriminación por nacionalidad.

En agosto de este año, las mujeres salieron nuevamente a pedir por su vida y, en vistas del aniversario de la caída de Kabul, los medios de comunicación internacionales voltearon por un segundo al país asiático y mostraron lo que pasaba. La resistencia de las mujeres islámicas no es imaginable para ninguno de quienes vivimos, pensamos y escribimos en un país occidental: la represión con disparos y causas judiciales amañadas por los líderes políticos y religiosos fue el saldo cobrado a las miles de mujeres que luchan sin los eslóganes de los cuales los movimientos feministas occidentales abusan muchas veces en búsqueda de un rédito político y económico que excluye esas millones de mujeres que, desde el anonimato, siguen su resistencia en los países dominados por el extremismo político usurpador del islam.

Las mujeres afganas nos muestran que estamos mirando pasivamente la persecución, odio y muerte a quienes piensan distinto.

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Acerca de Luciano Mondino 5 Articles
Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales Máster en Política Internacional de la Universidad Complutense de Madrid Terrorismo y Crimen Organizado.

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