A lo largo de mi formación y mi carrera docente creí que la inclusión educativa de todas y cada una de las personas era posible. Sostuve que sólo podía enmarcarse dentro del sistema educativo reflejo de una sociedad que elige y acompaña a las personas dignificándolas.
Bregué toda una vida por mis estudiantes con y sin condición de discapacidad. Me alegré ante cada Convención construida, me informé y participe ante cada consulta realizada a los docentes para la elaboración de la ley de Educación Nacional 26.206. Esperé con ansias la resolución del CFE311/11 como muchos educadores y porque tenía la esperanza que cada resolución o normativa establecida por el Ministerios o el Consejo Federal de Educación traerían luz al desconocimiento respondiendo a la necesidad de instrumentar una educación para todos, equitativa.
Durante años creí que el gran inconveniente era el desconocimiento, el miedo a enfrentar algo nuevo, la inseguridad que nos invade cuando los y las estudiantes son distintos al imaginario que se posee y nos forman del rol alumno que ha permanecido a lo largo del tiempo en nuestra cultura, me angustié ante la falta de voluntad ante el desafío que nos despertaba acompañar la trayectoria de un niño o niña distinta a ese imaginario inventado o impuesto. Me rebelé ante el descreimiento que todos pueden aprender.
Interpreté que se temía más cambiar los estándares con los cuales nos habían formado y que para muchos salir de la zona de confort y seguridad les era más difícil que reinventarse. Me enojé ante la negatividad de cambiar modos de enseñar, pensé que era cuestión de metodología, de prácticas pedagógicas inclusivas etc.
y sí esto se subsanaba, todo era posible.
A lo largo de mi vida discutí con aquellos docentes que decían: “Yo no estudie para acompañar niños con Necesidades Educativa Especiales o con discapacidad, hoy los llamados en condición de discapacidad o en esa extraña y mística gran bolsa llamada “neurodivergentes”. Esos pequeños seres extraños que no encajan en ningún sistema y qué para muchos, son el motivo de desdicha, o desvarío. No exagero, en general, los docentes se animan a trabajar con estudiantes con discapacidad motora, auditiva, visual, o discapacidad intelectual, pero los niños o adolescentes llamados neurodivergentes o niños con complejidades conductuales o discapacidad psicosocial, aquellos que no podemos manejar, suelen ser quienes despiertan a un amor desmedido o rechazo absoluto. Ahora bien, no pretendo entrar en discusión porque los docentes acompañamos o nos arriesgamos más con unos y no con los otros.
Hoy les escribo para contarles que, me siento profundamente defraudada. Creí que tarde o temprano todos entenderíamos que vivir en una sociedad más empática era posible y que tarde o temprano todos pensaríamos estrategias y prácticas pedagógicas que no sólo incluirían a los estudiantes en condición de discapacidad, sino a todos. Qué las etiquetas y los códigos que parecieran ser el modo de interpretar aquel que es distinto, como si con ese diagnóstico pudiéramos decir o comprender quién es ese niño, o esa niña.
Si ese papel llamado CUD, pudiera aclararnos sobre sus gustos, sus sueños y los sueños de sus padres, que lo hace feliz o que lo pone triste, nos permitiera entender que piensa o qué necesita mi estudiante, el amigo de mi hijo, o mi hija o mi sobrino. Nadie se está preparado para recibir la noticia que ese ser que amamos tiene una discapacidad o lo que le sucede sea leído como una discapacidad, al menos, yo no conozco a
ninguna familia que frente a la noticia de la condición de su hijo/a no sienta desconcierto, dolor y hasta una inmensa pregunta por qué en esta familia.
Sostuve y acompañé a las familias para encontrar diversos apoyos que permitiesen mejorar no sólo, la trayectoria educativa del niño/a, brindarnos información a quienes nos encontrábamos en ese camino de enseñar y pensar nuevas y posibles intervenciones que nos permitieran comunicarnos, mirarlos a los ojos y establecer un puente para que al fin entendiésemos nosotros aquello que estaba delante de nosotros y no lográbamos sentir, comprender, decodificar o resignificar.
Soñaba que al constituirse como una política pública hoy estaríamos hablando de diferentes configuraciones de apoyo, de acceso, de contenidos, etc. Que todos nos reinventaríamos para enseñar de maneras diversas. Mi primera gran ilusión fue lo que ocurrió en educación ante la pandemia, ante tanta adversidad, la escuela salió al encuentro de miles de otros, se reinventó, se conectó, dibujó esperanza y abrió las puertas a través de una ventana.
Ante tanto esfuerzo y compromiso docente, pensé que la escuela sería distinta y que ese cambio que nadie había podido anticipar se quedaría para siempre, entendiendo que hay diversas formas de hacer escuela y que la escuela también podía ser un espacio de creatividad, en donde la pregunta nos interpela, se le da lugar, donde vale abrir puertas a nuevos desafíos, en donde la atención y el aprendizaje no están condicionados por escuchar el monólogo incesante del docente o el pizarrón lleno de cursivas que nos vemos obligados a decodificar porque si escribo una novela en imprenta mayúscula puede ser una gran obra maestra, pero estoy en deuda, porque no jugué con las curvas establecidas. Soñé con una escuela capaz de hilar nuevos horizontes, desplegar alas y que el vuelo no tendría límites y al abrir los ojos, no sólo dejé de volar, sino que aterricé en la escuela de siempre, la que elige decodificar, repetir y en gran parte volver a lo seguro y medible.
¡Pobre incrédula, creí que estábamos ante la magia de los nuevos comienzos! Seguramente esto se lo debo a Paulo Freire, a Tonucci a Montessorí y tantos otros, que me ilusionaron con una realidad que claramente es casi imposible de gestar. No porque no lo hayamos intentado. Muchos docentes artesanalmente hemos creado escuelas inclusivas para personas con rostros definidos porque nos ganó la humanidad.
Ahora bien, hoy siento la gran desilusión de la inclusión educativa que tanto he bregado. Pensé que cuando el sistema decidiera hacerse cargo lo haría con algunos indicios de humanidad y es evidente que eso no ocurre. Hablan de inclusión educativa y golpean a los padres, terapeutas, familias, docentes, acompañantes que reclaman que la ley se cumpla y no les quiten los derechos a sus hijos de tener mejor calidad de vida.
Las escuelas y los docentes en ella luchan por entender como sostener tanta diversidad sin recursos todos que la sostengan. Los docentes se sienten vulnerados en su ser profesional. Los niños se pierden en paredes que desintegran gritos, golpes que rebotan en cuerpos propios y ajenos, en sonidos que desprotegen, obturan y sobreestimulan sentidos, en voces que se callan y en silencios que ocultan. Los enojos, la desazón y la incredulidad se hacen carne en el reproche: “yo no puedo con este pibe”, “no sé cómo enseñarle”” No me preparé para educar chicos con discapacidad” “No se le pide a la enfermera que sea cirujana”. No es falta de voluntad, no sé, no puedo” Vos sabes sobre inclusión y me quieres ayudar, pero cuantas veces vas a venir en la semana si tienes que acompañar 12 escuelas en un distrito, eres psicopedagoga, pero no maga” Entonces se visibiliza claramente que es una estrategia, todos adentro, de cualquier modo y así tengo el modo de señalar la falta.
Veo en este momento que, la inclusión es una utopía para muchos y un gran negocio para otros. En las condiciones que se enuncian, es sólo una vil jugada del sistema para precarizar el trabajo de los docentes, para emular una bandera que le permite recortes presupuestarios, para marcar que el docente nada sabe y que debe prepararse. Entonces meto en un aula a todos, de cualquier forma, en un inmenso como sí, jugando con nuestro ser profesional de cada uno de los docentes, de los docentes de educación especial que en CABA, en Provincia y en Nación, deben dar respuesta a los miles de necesidades que enfrenta hoy las escuelas en Nivel. Los docentes de E E, de un momento a otro, se ven obligados a subirse a una vorágine peligrosa del hacer por hacer, porque se recorren escuelas, se acompaña o se intenta estar con muchos docentes a la vez, cual superhéroe, sin capa y sin poderes, porque los recursos no están, los reclamos se suman y la desazón nos ahoga. La escuela toda y la modalidad de Educación Especial se desdibuja el rumbo, perdiendo aquello que nos ha identificado como escuela, trabajar con cada sujeto que es único e irrepetible, forjando nuevos posibles para ese niño, su familia, construyendo puentes entre la realidad y la esperanza.
Creí a lo largo de 30 años que la educación inclusiva era el camino y es en parte, porque no me resigno a ver la realidad a lo que nos someten, los intereses del mercado, la falta de humanidad de las políticas públicas y a la gran mentira en la que se escudan aquellos que tienen el poder de cambiar las cosas y sólo hablan de inclusión educativa para que les dé el presupuesto y así, responder a los intereses de unos pocos.Hoy decidí escribir esto, porque siento que no sólo están demoliendo la escuela pública, las escuelas de gestión privadas, esas que son parroquiales y en general albergan a los hijos de trabajadores, sino que ahora desarman la educación especial embanderados en la educación inclusiva que se enuncia, pero no se crea.
No escribo sólo por mí, por las respuestas que no tengo, por la realidad poco traslucida que muestran los slogans educativos, lo escribo por todos los que creemos que otra educación es posible, por mis alumnos y los otros, por aquellos que necesitan creer que sus hijos merecen una oportunidad y no sólo empujar de un carro que genera más sacrificios que certezas.
Si esto es inclusión educativa, entonces no lo quiero, no es lo que proclaman la Convención de derechos de las personas con discapacidad. No quiero esta educación inclusiva que somete, aniquila pensamientos, oculta verdades, enreda sentires, calla el dolor de aquellos que necesitan otros espacios, inmovilizan a los que desean un cambio, silencian aún más a los que no tienen voz, haciendo que los mismos griten ahogadamente ser visibilizados, entonces hoy con una tristeza profunda puedo decir:
Si esto es el modo de entender la educación inclusiva enmarca en esta resolución 860/25, entonces seguiré esperando una que humanice y no delimite, que cree puentes reales y tenga como objetivo dar respuesta a una sociedad cambiante, pero que elige caminos sinceros de empatía y respeto por la vida. Siento decir, que la resolución no ayuda a ordenar, aclarar, sostener y visibilizar las potencialidades de cada sujeto, sino que sólo busca responder a intereses mezquinos, no sólo valiéndose de artimañas, desconocimiento real de la vida de las escuelas y por qué no señalar que aquí se visibiliza la poca empatía, no sólo con los niños en condición de discapacidad, sino con los docentes, los padres y la comunidad toda.
Si esto es inclusión, entonces nada han entendido acerca de derecho, desconocen el dolor de quienes se sienten rechazados y por supuesto sólo es una máscara que esconde intereses mezquinos, si esto es inclusión, entonces deberemos seguir soñando con nuevos posibles muy distintos a esta realidad obscena que se llama inclusión educativa.
La nota para la revista educativa El Arcón de Clio fue escrita por: Alejandra Gomes. Nació en Buenos Aires, Argentina en 1975. Maestranda en Educación. Licenciada en Psicopedagogía. Docente de N P. Posee diferentes posgrados. Es escritora. Miembro de SADE y del Registro de Escritores.
Se desempeñó como docente en tres de los cuatro niveles. Nivel inicial, nivel primario y nivel secundario. Desde hace unos cuantos años ejerce su rol docente psicopedagoga desde la modalidad de Educación Especial. Se desempeñó en diversos cargos a lo largo de su carrera docente hasta formar parte de equipos de gestión en escuelas de gestión pública y privada.
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