1. Alejandra: ¿Cuáles son ejemplos de neurodivergencia?
Antes de responder, me gustaría aclarar desde qué marco referencial trabajo este tema. Aunque a veces se usan como sinónimos, neurodiversidad y neurodivergencia no significan exactamente lo mismo.
La neurodiversidad se refiere a la variedad natural de cerebros y de formas de aprender, sentir y relacionarse. En ese sentido, todas las personas somos neurodiversas, porque cada uno de nosotros tiene un cableado neuronal único que nos hace distintos.
La neurodivergencia, en cambio, se usa para describir a quienes se apartan de lo considerado ‘típico’, como en el caso del TEA, el TDAH, la dislexia o la dispraxia. No se trata de defectos, sino de formas diferentes de procesar la información, aprender, sentir y relacionarse con el entorno; en otras palabras, son formas distintas de funcionamiento neurológico.
En mi trabajo prefiero hablar desde la perspectiva de la neurodiversidad, porque me interesa resaltar la riqueza de esas diferencias y no quedarme en una mirada que se centre únicamente en la divergencia respecto a la norma.”
Creo firmemente que la educación y la sociedad se enriquecen cuando dejamos de ver la diferencia como un problema y empezamos a verla como una oportunidad.
2. ¿Neurodiversidad es una nueva forma de hablar de “trastorno”?
“No, la neurodiversidad no es una manera distinta de decir ‘trastorno’. La palabra ‘trastorno’ proviene del campo médico y clínico, y suele centrarse en el déficit, en aquello que se considera un desajuste respecto a una norma. En cambio, la neurodiversidad, que proviene del campo de la educación y de otras ciencias sociales, reconoce que existen distintas formas de funcionamiento cerebral, todas válidas y parte de la variabilidad humana. No niega que haya desafíos o necesidades de apoyo, pero propone mirarlos desde la inclusión y el potencial, no solo desde la carencia.
Por eso, cuando hablo de neurodiversidad no estoy reemplazando la palabra ‘trastorno’, sino invitando a pensar en términos de pluralidad, inclusión y desarrollo de capacidades.
Desde esta perspectiva, la pregunta no es ‘qué le pasa a la persona’, sino ‘qué necesita para poder crecer, aprender y participar plenamente’.”
3. ¿Cuáles son los tres tipos de neurodiversidad?
En realidad, no existe una clasificación única que divida la neurodiversidad en tres tipos. La neurodiversidad abarca muchas formas distintas de funcionamiento neurológico. Sin embargo, a veces para explicarlo de manera sencilla se mencionan tres grandes grupos:
1. Condiciones del neurodesarrollo, como el Trastorno del Espectro Autista (TEA) o el TDAH.
2. Dificultades específicas del aprendizaje, como la dislexia, la discalculia o la dispraxia.
3. Otras condiciones neurológicas o del procesamiento, como el síndrome de Tourette, la alta sensibilidad o incluso ciertas formas de superdotación.
Lo importante es entender que no se trata de categorías rígidas ni excluyentes. La idea de la neurodiversidad no busca poner etiquetas fijas, sino reconocer la pluralidad de cerebros y de modos de aprender, sentir y relacionarse.
4. ¿Es la neurodiversidad una discapacidad?
No, la neurodiversidad no es una discapacidad. La neurodiversidad es un concepto que describe la variedad natural de los cerebros humanos y las distintas formas de pensar, aprender y relacionarse.
Ahora bien, dentro de esa diversidad hay personas que pueden tener un diagnóstico clínico, y en algunos casos ese diagnóstico puede implicar una discapacidad reconocida legalmente porque afecta de manera significativa la vida diaria o la participación social. Por ejemplo, una persona con autismo puede o no tener discapacidad, dependiendo del nivel de apoyos que necesite.
Lo importante es diferenciar: la neurodiversidad es el marco general, que nos ayuda a valorar las diferencias, mientras que la discapacidad es un término jurídico y social que se usa cuando esas diferencias requieren ajustes o apoyos específicos para garantizar la inclusión. Desde la perspectiva de la neurodiversidad, la clave no está en encasillar a la persona, sino en identificar qué condiciones necesita para desarrollarse plenamente.
5. ¿Qué es la Dispraxia?
La dispraxia, también llamada trastorno del desarrollo de la coordinación, es una condición del neurodesarrollo que afecta la planificación y coordinación de los movimientos. No tiene relación con la inteligencia ni con la voluntad, sino con cómo el cerebro organiza las órdenes motoras.
En la vida diaria suele notarse en cosas muy sencillas: por ejemplo, un niño con dispraxia puede tardar mucho en aprender a andar en bicicleta, se le caen seguido los vasos, le cuesta abrocharse la ropa o atarse los cordones. En la escuela, puede tener dificultades para escribir a mano, recortar con tijeras o participar en juegos deportivos que requieren coordinación.
Lo importante es entender que no se trata de torpeza, pereza o falta de esfuerzo, sino de una forma diferente de funcionamiento neurológico. Con apoyos específicos, terapia ocupacional o estrategias de psicomotricidad, estas personas pueden mejorar mucho sus habilidades y participar activamente en la vida escolar y social.”
6. Soy docente, ¿cómo puedo apoyar a los niños dispráxicos en el aula?
Un niño con dispraxia necesita comprensión, paciencia y apoyos prácticos en el aula. Como educadores podemos ayudar de varias formas:
1. Adaptando las tareas motrices finas: por ejemplo, permitiendo que use lápices más gruesos, lapiceras ergonómicas o incluso computadora/tablet si la escritura manual le resulta muy difícil.
2. Dando más tiempo y reduciendo la presión: no esperar la misma velocidad que sus compañeros en tareas de copia o escritura. Valorar el contenido más que la prolijidad.
3. Fragmentando las instrucciones: dar pasos cortos y claros en lugar de consignas largas y abstractas.
4. Ofreciendo apoyos visuales y prácticos: como guías con imágenes, ejemplos paso a paso o rutinas de trabajo que pueda seguir fácilmente.
5. Fomentando la participación en actividades grupales: en deportes o juegos de movimiento, ubicarlo en roles donde pueda tener éxito y sentirse parte, sin exponerlo a la frustración.
6. Trabajando en equipo: coordinando con la familia y, cuando exista, con profesionales de psicomotricidad o terapia ocupacional.
Lo más importante es recordar que la dispraxia no define al niño. Con apoyos adecuados, puede aprender y participar como cualquier otro alumno. El aula inclusiva se construye con pequeñas adaptaciones y una mirada que valore el esfuerzo y el progreso, no solo el resultado final.
Gracias Alejandra.
Perfil de Alejandra del Fabro: Educadora. Prof. de inglés.
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