El examen de ingreso a los INFoD

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Por Pedro Luis Barcia, miembro de la Academia Nacional de Educación.
La legislación argentina en educación ha ido ratificando, con el tiempo, su elección definitiva, a lo largo de los último veinte años: ha optado por el esquí y rechazado el andinismo; votó por el tobogán, frente a la cuerda de nudos, por el facilismo frente al esfuerzo, y, con ello ha ido aflojando las actitudes constructivas del espíritu de nuestros muchachos y chicas. Toda una Maestría en Distención que, aplicada en todos los niveles educativos, -con persistencia digna de mejores objetivos-, ha ido aflojando la musculatura juvenil hasta lograr materia fofa.
No se trata, por cierto, de una disposición ocasional o desentendida, no, es parte de un programa de objetivo servil: junto al adoctrinamiento ideológico va el facilismo corruptor del esfuerzo, y la única ley que se incita a cumplir es la de la gravedad. Dejarse ir sin autogobierno estimula la pérdida del gobierno de sí mismo y es situación apta para los manipuladores políticos de turno.
Cuando en 2015, se modificó el art. 2 bis de la Ley Nacional de Educación y se prohibió tomar examen de ingreso a las universidades, la Argentina logró la primera medalla olímpica de plomo en Educación: es el único país del mundo que prohíbe un examen o evaluación previa a la Universidad. Entrada franca para todos. De cada 100 alumnos que ingresan solo egresarán 20,6 % de las universidades oficiales y un 10,9 % de las privadas (datos de 2022). ¿Y los otros 80 y 90 dónde están? Quedaron en el camino. ¿Y el dinero que en ellos invertimos todos los argentinos?
El Estado mirando al Este…
Pese a los resultados probados en una década larga de los fracasos del 80 y 90% de los ingresantes, nada han hecho las Universidades por mejorar la situación. No han presentado ningún proyecto que modifique el art. 2bis. Ni lo van a presentar. Hay cuestiones de peso, crematísticas, para decirlo casi en griego.
Recuerdo un ejercicio-encuesta que proponía a los ingresados sin examen al INFoD en que comencé a dar clase, en La Plata (1972-1977): “¿Qué es una pendiente?”. En el 80% de los alumnos la primera respuesta era gestual: hacían un gesto con la palma de la mano de deslizarse algo de descenso. De esa manera ya manifestaban una tendencia al menor esfuerzo: ni siquiera hablar. Al pedirles que verbalizaran la respuesta, decían: “Una caída”, “Una cuesta abajo”. Con lo que revelaban que su primera óptica era la del tobogán. El 10% contestaba: “Un declive del terreno”. La mayoría se ponía siempre en la perspectiva del descenso, nunca en la del ascenso.
Yo dictaba Lengua y Didáctica de la Lengua. Como no había examen de ingreso, al comenzar mis clases y dialogar con ellos o verlos escribir, advertí la necesidad de medir sus limitaciones para superarlas. Entonces diseñé un proyecto de un triple test ortográfico, ortofónico y de comprensión. Y lo presenté a las autoridades del Instituto. El que desaprobaba en el plano ortográfico recibiría un cuadernillo -que preparé- con ejercicios para mejorar la ortografía. El segundo test consistía en hacerles leer en voz alta un texto breve. Así detectaba problemas de tartajeo, tartamudeo, rotacismo, dificultad en la articulación de grupos consonánticos, etc. Para solucionar estos casos sugerí que los atendiera el servicio de Fonoaudiología, gratuito en la Provincia de Buenos Aires. Y el tercer aspecto era pedirles una breve interpretación de lo leído.
Si tenían dificultades, disponían hasta mitad de año para mejorar, ocasión en que les tomaría otra prueba antes de las prácticas frente a alumnos. Tomé las pruebas y detecté más de media docena de casos con problemas en los dos primeros aspectos, y casi la mitad en comprensión.
Los detectados se quejaron a las autoridades, que anularon las pruebas, y…casi me cuesta el cargo.
Comenzaron las prácticas. Yo asistía a las clases de las alumnas. En un caso, la practicante escribió en el pizarrón: acia, clace, pas… Y los alumnos copiaban fielmente los gruesos errores en sus cuadernos. Pedí a la maestra titular, presente junto a mí, suspender la clase y le pedí disculpas. En otra observación trabajando sobre la palabra motivadora “rosa”, la practicante, que padecía rotacismo, decía: grosa, grooosa, y todos los alumnos coreaban: grosa, grooosa. Pedí a la maestra titular, que se suspendiera la clase y evitáramos el estropicio. Y hablé con las autoridades sobre ambos casos, que ponían en evidencia lo acertado de mi propuesta rechazada. La solución que hallaron las autoridades fue cambiar a ambas practicantes a otra comisión, donde el profesor fuera menos exigentes y más permisivo…
Como dice Neruda: “Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando”. Lo tengo escrito en 2015.1
Los alumnos interesaban poco, justamente ellos que eran los destinatarios de la clase y el sentido de ser de toda la escuela. Había que sacrificarlos en aras de rescatar a los malos practicantes. Todo un mensaje educativo.
La situación se ha agravado como muestran las mediciones. Pero seguimos sin examen de ingreso en los INFoD.

Fuente: https://boletin.ub.edu.ar/comunicaciones/CEA_mayo_2025.pdf

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