
Sigo adelante y mi miedo crece. El monótono ámbito se llena de círculos indescifrables y figuras rebeldes. Descanso un momento sentado en su suelo. Mirar hacia el cielo es hallar la salida de este laberinto que no tiene anverso ni reverso. Me acerco a sus muros fríos e infinitos. Creo oír voces en el viento. Corro sin saber adónde, entre la pluralidad de formas, oscuridades y silencios. Sigo adelante y tengo la sensación de estar perdido entre paredes que se ríen de mí. Mi alma vaga, viene y va junto conmigo, y esperamos la redención para ganarle a esta penosa soledad. De repente, las voces se acercan y otra vez se van. Intento seguirlas, pero ya apenas las oigo. Creo que alguien (quizás una mujer) dice “Asterión”… otra voz (quizás de un hombre) dice “monstruo”. Yo nada comprendo, sólo espero que alguien venga y me saque de este infierno, de este escondrijo que minuto a minuto limita mi vida. Y al fin veo a un hombre que se acerca a mí, vigoroso, esbelto, joven y con una espada en su mano se detiene junto a mí y me dice:
–Asterión, tu hora ha llegado.
Sé el primero en comentar