¿Por qué no se acuerdan?». Chubut

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Un cuento.
Soberanía Técnica Ediciones. Una reacción no avanza porque alguien lo desee.
Avanza porque las moléculas se encuentran con la energía suficiente, en el momento justo, orientadas de la forma correcta.
Lo demás es solo calor que se pierde.

I. Séptimo año
La probeta está limpia. Eso es lo primero que pienso cuando Nahuel la levanta, la mira al trasluz contra la ventana del laboratorio, y me pregunta — con total naturalidad, como si nunca antes hubiera tocado un instrumento de vidrio — para qué sirve la línea que tiene marcada en el costado.
Tiene dieciocho años. Está en séptimo. Hace tres años, en cuarto, aprendió a usar esa probeta. Aprendió a leerla al nivel del ojo, no desde arriba. Aprendió que el menisco engaña si uno no se agacha. Lo aprendió, lo aprobó, lo olvidó.
—¿Para medir? — le digo, no como respuesta sino como pregunta, para ver si el eco le devuelve algo.
—Ah, sí, para medir — dice, y anota algo en su cuaderno. No vuelve a mirar la línea.
No es que no me importe. Es que ya no me acuerdo de cómo se hacía. Y como total esto me lo explica de nuevo el profe, o se lo pregunto a la inteligencia artificial, no me preocupo mucho en memorizarlo.
Estoy dando reactores y control estadístico de la producción. Es la materia más exigente que tengo este año, la que más me costó armar, la que más analogías necesité para que algo de lo que digo no suene a otro idioma. Y la doy sabiendo — porque elegí saberlo, porque hace tres años decidí seguir a este mismo grupo hasta que termine la secundaria — que el año pasado, en sexto, les di operaciones unitarias. Que ahí está, en algún cuaderno archivado en sus casas, la base exacta de lo que estoy explicando hoy.
Nadie la recuerda.
No es que no entiendan reactores. Es que no saben que ya sabían algo de esto. Lo aprenden como si fuera la primera vez. Cada año, la primera vez.

Hay una palabra que uso para mí mismo, cuando estoy corrigiendo de noche y la frustración empieza a subir como temperatura en un balón sin agitar. La palabra es cinética.
En química, la cinética no es solo la velocidad de una reacción. Es la condición. Las moléculas pueden tener toda la energía del mundo, pero si no se encuentran orientadas, si no chocan en el ángulo correcto, en el momento correcto, no pasa nada. La energía está. La reacción no ocurre.
Eso es lo que veo en mis alumnos. La energía está — son inteligentes, la mayoría, capaces, algunos brillantes en otras cosas. Pero el conocimiento de un año no se encuentra con el conocimiento del año siguiente. No chocan. Pasan uno al lado del otro, en el mismo cerebro, sin reaccionar.

II. Cuarto año, tres años antes
Los conocí en cuarto. Quince años, banco de laboratorio por primera vez con instrumental serio: bureta, soporte universal, balanza analítica. La materia se llamaba Química General e Inorgánica Taller.
Recuerdo a Camila ese primer día — no porque hiciera algo extraordinario, sino porque hizo lo que hace casi todo estudiante de cuarto año frente a un instrumento nuevo: lo sostuvo mal, lo usó mal, y cuando le corregí la postura, me miró como si le estuviera pidiendo algo imposible.
—¿Por qué no me dieron esto en la primaria? — me preguntó, medio en broma.
No le contesté lo que pensaba, que era: no importa cuándo te lo dieron, importa si te queda. Le dije que no importaba, que para eso estábamos ahora, y seguimos.
Yo en cuarto pensaba que esto era una materia más para zafar. No entendía para qué servía medir bien si después en la vida real nadie te iba a pedir que uses una probeta. Hoy en séptimo entiendo que tampoco entendí entonces lo que entiendo ahora, que es: nada.
Esa primera clase de Química General e Inorgánica la diseñé pensando en reactores. No se lo dije a nadie, por supuesto — a los quince años nadie quiere escuchar que lo que están aprendiendo hoy es la semilla de algo que van a necesitar en tres años. Pero estaba ahí, tejido en cada ejercicio: la precisión en la medición de hoy es la base de la estequiometría de mañana, que es la base de la cinética de pasado mañana, que es la base de los reactores del año que viene.
Lo planifiqué como una reacción en cadena. Cada paso debía detonar el siguiente.
No detonó nada.
Hay una escena de esa época que vuelve seguido, sin que la llame.
Es un mediodía de marzo, todavía caluroso en Puerto Madryn, y estoy explicando cómo calibrar una balanza. Les digo: esto que están haciendo ahora, en algún momento del futuro, lo van a necesitar para algo más complejo. No les digo qué. Solo les pido que lo guarden.
Federico, que en ese momento tenía catorce años recién cumplidos, levanta la mano y pregunta:
—¿Pero esto lo vamos a usar de verdad, o es para aprobar nomás?
Le digo que de verdad. Que se lo prometo.
Tres años después, en séptimo, Federico no recuerda la pregunta. Tampoco recuerda la balanza.

III. Quinto año
En la otra punta del edificio, en la misma época del año pero en una materia que no es la mía, una profesora de Literatura le pide a los estudiantes de quinto año que resuman un cuento.
Les entrega una casita de cartulina. Dentro de cada ventana de la casita, hay que escribir una parte del resumen: quién, cuándo, dónde, qué pasó.
Tienen dieciséis años.
No lo cuento para criticarla. La conozco, sé que hereda grupos difíciles, sé que probó de todo. Lo cuento porque cuando Tomás, uno de mis alumnos de cuarto en ese momento, me lo contó entre risas en el pasillo — «profe, nos dieron una casita para hacer en Lengua» — algo se me quebró un poco por dentro, y no fue por la casita.
Fue porque entendí, ahí, en ese pasillo, que el problema no era solo mío. Que en algún lugar del sistema, alguien decidió que a los dieciséis años hay que simplificar tanto la tarea que ya no queda nada de la tarea. Que para que un adolescente lea, hay que convertir la lectura en manualidad.
Y que si la tarea ya estaba vaciada de exigencia antes de que cualquier inteligencia artificial existiera, entonces lo que vino después no fue la causa. Fue lo que entró por la grieta que ya estaba abierta.
Le pedí a la IA que me resuma el cuento para llenar la casita. Ni lo leí. ¿Para qué, si la casita pide cuatro frases? Saqué un 8.
Esa noche, corrigiendo exámenes de cuarto, paré un momento y me quedé pensando en la palabra resumir.
Resumir un texto, bien hecho, es un acto de síntesis cognitiva enorme. Hay que leer, entender, jerarquizar, descartar, reformular con las propias palabras. Es, en cierto sentido, lo mismo que les pido a mis alumnos de séptimo cuando tienen que aplicar operaciones unitarias a un problema de reactores: tomar algo complejo, entenderlo en profundidad, y devolverlo transformado, propio.
Si nunca aprendieron a resumir un cuento de verdad — si la casita los entrenó a llenar cuatro ventanitas sin pasar por el texto — ¿cómo les voy a pedir, tres años después, que sinteticen un balance de materia?
No es la misma materia. Es la misma operación mental. Y si esa operación nunca se ejercitó, no aparece de la nada cuando yo la necesito.

IV. Sexto año, el año del puente
Diseñé sexto año como un puente. Operaciones unitarias —destilación, filtración, extracción— pensadas no solo para sí mismas, sino como antesala directa de los reactores de séptimo.
Usé analogías. Mucho. Comparé una columna de destilación con un boliche que filtra quién entra según el documento — los más «livianos», los menores, se quedan afuera; los más «pesados», los mayores, pasan. Es una imagen tonta, lo sé, pero funcionó: se rieron, lo entendieron, lo repitieron entre ellos en el recreo.
Llegado noviembre, en el examen final de sexto, la columna de destilación-boliche apareció en cuatro de los seis exámenes que corregí esa noche. Bien explicada. Bien aplicada.
Pensé: esto sí quedó.
Me acuerdo de la del boliche, profe, me hizo reír mucho ese día. Pero ahora en séptimo no me acuerdo bien de qué se trataba toda esa parte de las columnas, perdón.
Esa frase, dicha por Bautista en marzo de este año, mientras intentábamos retomar el concepto para aplicarlo a un reactor de lecho fijo, es la que más vueltas me dio.
Se acordaba de la analogía. No se acordaba de lo que la analogía explicaba.
Eso es algo que no había considerado: que una buena metáfora puede volverse memorable por sí misma, separada del concepto que vino a iluminar. Que el boliche se quedó en la memoria como anécdota graciosa, y la columna de destilación —lo que en realidad importaba— se evaporó con la misma facilidad con la que se evapora cualquier líquido volátil sin nadie que controle la temperatura.

Empecé a preguntarme, esos días, si el problema no era solo de los estudiantes. Si parte de la responsabilidad —no toda, pero parte— era mía, por construir puentes que se apoyaban en una sola orilla.
Un puente necesita las dos puntas firmes. Yo construía con cuidado la punta de salida —el contenido nuevo, bien explicado, con analogías, con ejemplos de la vida real de Puerto Madryn, con paciencia— pero la punta de llegada, la del año siguiente, dependía de que ellos hubieran guardado algo. Y ahí, en esa orilla, no había nada construido. Solo la expectativa de que algo iba a estar.

V. La plataforma.
Hace un año armé una herramienta. La llamé Generador de Estudio. La idea era simple, casi ingenua: si los estudiantes no leen el material que les doy, ni el que generan con inteligencia artificial genérica, tal vez necesitan algo que los obligue a pasar por el contenido, no que se los entregue resuelto.
La plataforma no le da al estudiante un resumen para copiar. Le pide que escriba con sus palabras, que conteste preguntas sobre el material antes de avanzar, que use un protocolo de cuatro pasos antes de confiar en lo que generó: de dónde viene, si es exacto, si se puede verificar, para qué lo necesita.
La presenté con orgullo. Algunos estudiantes la usaron bien. Algunos la usaron exactamente como usaban cualquier otra herramienta: para llegar más rápido al final.
Tengo la plataforma de estudio, profe, pero a veces capaz que ni la leo, le pido que me lo resuma corto y ya, capaz ahí está mi error.
Esa confesión, de un estudiante de séptimo cuyo nombre no voy a escribir aquí porque me la dijo en confianza, fue más honesta que cualquier informe que pudiera escribir yo sobre el uso de la plataforma.
La herramienta funciona si quien la usa ya trae algo. Si trae la costumbre de leer, la capacidad de poner en duda lo que el texto le devuelve, la paciencia de no buscar la salida más corta. Si no trae nada de eso, la plataforma —como cualquier plataforma, como cualquier inteligencia artificial, como cualquier libro de texto desde que existen los libros de texto— se vuelve un atajo más, simplemente un atajo mejor diseñado.
No construí una solución. Construí una herramienta que expone, con más claridad que antes, dónde está el problema real.
Pensé mucho, esa noche, en algo que no tiene que ver con química ni con plataformas.
Pensé en que hay libros que uno relee a lo largo de la vida y que cada vez dicen algo distinto. No porque el libro cambie. Porque uno cambia, y lo que trae a la lectura cambia con él.
Tal vez el problema de mis alumnos no es que no sepan leer. Es que llegan al texto —cualquier texto, una probeta, un cuento, un reactor— sin haber acumulado todavía las preguntas propias que hacen que ese texto les devuelva algo. Y entonces cualquier atajo, humano o artificial, les resulta indistinguible de la lectura misma.

VI. Séptimo año, otra vez, pero más tarde
Volvemos al presente. Junio. Cierre de cuatrimestre. Las notas están casi listas, y yo sigo dándole vueltas a la misma pregunta que me persigue desde marzo, desde antes de marzo, desde hace cuatro años con este mismo grupo.
¿Por qué no se acuerdan?
No tengo la respuesta completa. Tengo fragmentos.
Sé que la fragilidad no empezó con la inteligencia artificial. Empezó antes, en una casita de cartulina, en una probeta sostenida de cualquier forma, en una columna de destilación que se volvió chiste de boliche sin dejar el concepto detrás.
Sé que la inteligencia artificial no inventó el atajo. Encontró el atajo ya construido, y lo hizo más cómodo, más rápido, más silencioso. Antes, para zafar de leer un cuento, había que al menos pedirle el resumen a un compañero, copiarlo a mano, arriesgarse a que se note. Ahora ni eso. La fricción que quedaba, la única que quedaba, se disolvió.
Sé que yo, con la mejor intención, construí puentes de un solo lado. Que enseñé contenido pensando en lo que vendría, pero no enseñé —o no enseñé lo suficiente— a guardar, a conectar, a preguntarse por qué algo de hoy podría servir mañana.
Profe, ¿usted realmente cree que nosotros podemos cambiar esto, o ya es como es?
Esa pregunta me la hizo Nahuel, el mismo de la probeta, una tarde de esta semana, mientras guardábamos el material del laboratorio.
No le contesté enseguida. Me tomé el tiempo de terminar de lavar un matraz, de dejarlo boca abajo en el escurridor, de pensar si tenía una respuesta de verdad o solo una respuesta de docente, esas que se dicen para cerrar la conversación sin abrir nada.
Le dije lo único que me pareció honesto:
—No sé si pueden cambiarlo del todo. Pero sí sé que la próxima vez que sostengan una probeta, si se acuerdan de esta conversación, ya cambió algo.
Nahuel se quedó mirando el matraz boca abajo en el escurridor. No dijo nada más. Se fue.
· · ·
Esa noche, mientras corregía los últimos exámenes del cuatrimestre, pensé que tal vez la pregunta correcta no es por qué no se acuerdan.
Tal vez la pregunta es qué les estamos dando, hoy, para que valga la pena acordarse.
No tengo la respuesta. Tengo, eso sí, la certeza rara de que la pregunta merece quedarse abierta un poco más. Como una reacción que todavía no encontró su energía de activación, pero que tampoco se detuvo del todo.
Capaz el año que viene, con este mismo grupo —porque los sigo hasta que egresen, porque ya elegí seguirlos— algo de esto choque, por fin, en el ángulo correcto.
Capaz no. La probeta sigue limpia, en su lugar, en el estante. Esperando la próxima clase.

Nota del autor
Las voces de estudiantes que aparecen en este relato son una composición a partir de comentarios reales, recogidos a lo largo de varios años de aula, anonimizados y reconstruidos para proteger la identidad de quienes los dijeron. Los nombres de los estudiantes son ficticios. La escuela, el contexto y la pregunta de fondo, no.

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Acerca de Boris Rodríguez Barrera 4 Articles
Máster en Gestión de Calidad y Bioanalista Clínico; actualmente docente de Química en la Escuela Municipal de Pesca "Juan Demonte" N.° 2701 de Puerto Madryn, Patagonia, Argentina. Creador del Ecosistema BRB-Educa y del Protocolo SAVI. Publica bajo los sellos Soberanía Técnica Ediciones y BRB Estrategia & Procesos.

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