Hagámonos cargo: la filosofía no sirve para nada

La escuela tiene la misión de enseñar; y muchas veces, enseñar es construir definiciones.

Definir es “poner fin”, delimitar.

También, se aprende a hacer: la acción en cuya utilidad hay un efecto esperado.

Parece ser que para dar funcionamiento a algo debe haber elementos con funciones asignadas, como si se tratara de un organismo en que cada parte asume un rol para la armonía del todo.

Pero, guste o no, la filosofía es distinta.

No tiene límites.

No suele medirse en términos de utilidad.

No cumple funciones específicas.

Es libre, sin un objeto de estudio determinado.

A partir de todas esas características mencionadas surgen algunos problemas: ¿Qué se enseña en filosofía? ¿A qué se llama filosofar? ¿Cualquier persona puede ser filósofa? ¿Cómo debe llevarse a cabo la práctica filosófica? ¿Para qué sirve la filosofía?

Las preguntas movilizan. Desde niños, el mundo se dimensiona con más dudas que certezas. Hay interrogantes propios de la humanidad en cualquier momento de su etapa de desarrollo ni bien se toma conciencia de la existencia propia (¿Para qué vivimos? / ¿Qué es la felicidad? / ¿Existe el infinito?).

Sin embargo, reducir la filosofía a un conjunto de preguntas sin respuestas únicas ni totalizantes resulta muy poco para un saber que lleva alrededor de 2500 años.

Habría que partir desde otro punto de vista: si un tal Platón o un tal Aristóteles trascendieron a su tiempo, algo importante tienen que haber hecho. Ellos, como tantos otros exponentes de la Antigua Grecia, llevaron adelante el carácter fundacional del discurso y la palabra; sistematizaron los saberes, la comunicación, los significados y significantes (todo lo cual, en etapas posteriores, fue perfeccionándose: ya sea como punto de partida, como reformulación o como cuestión a descartar; en ningún caso, indiferente). Hay una piedra basal que permite hablar del origen y la trascendencia; y tales exponentes dieron cuenta de ello en tanto formaron parte de un contexto al que interpelaron, analizaron, transformaron.

Ser filósofo en la Edad Media constituyó la travesía de explicar la existencia de Dios al mismo tiempo de vincular razón y fe. Se trató de un tiempo en que el hombre estuvo supeditado a una Revelación en cuyo nombre se establecieron estructuras jerárquicas de poder, dominación, oscuridad y dogmatismo.

La Modernidad fue la rebelión del ser humano. Los gritos de una sociedad que tuvo la valentía de poner en duda los preceptos de instituciones que nunca antes habían sido acechadas como ahora. Ese protagonismo del hombre fue mucho más que la acción lúdica y maravillosa de mirar al cielo: surgieron la ciencia, la técnica, los viajes, el encuentro de sociedades que no solamente se disputaron costumbres y territorios sino que también lucharon por su subsistencia. Fue cerrar los ojos y entregarse al sueño del orden y el progreso.

La Edad Contemporánea nos sitúa en otro plano: el vacío existencial; la orfandad divina; el fin de las utopías y la debilidad de los Estados; la decepción ante la ciencia por no lograr responder a todos los problemas; la subjetividad a ultranza que se hermana con el individualismo. ¿Cómo volver a creer luego de la autodestrucción provocada por guerras absurdas y un mundo polarizado (con una ínfima cantidad de ricos que concentra las ganancias y una enorme población de pobres que cada día tiene menos)?

Así las cosas, un docente de filosofía tiene la misión de no quedarse en contar quién fue tal o cual pensador, cuándo vivió y murió, qué dijo o qué hizo.

Eso no alcanza.

Por lo tanto, sería interesante que se atreva a sorprender.

A desnaturalizar lo obvio.

A hacer un recorrido de veinticinco siglos en pocas horas de clase: retomando, por ejemplo, el ideal griego de “conócete a ti mismo”, la máxima cartesiana sintetizada en “pienso, luego existo” y la búsqueda intrínseca que propone el psicoanálisis.

Hay que animarse a derrumbar mitos para generar otros.

De eso se trata.

De patear el tablero cada tanto.

De no tener miedo a decir que la filosofía es seductora porque no sirve para nada.

Acerca de Adrián López Hernaiz 11 Articles
Docente y divulgador de Filosofía egresado en la UNLP. Estudiante de Posgrado en Ciencias Sociales por la misma institución; su tema a investigar se vincula con La Noche de los Lápices. Con Ediciones Masmédula (editorial independiente de La Plata) publicó dos libros: En 2014 escribió una obra de relatos llamada LAS PALABRAS QUE NOS TRAJO EL VIENTO (organizada en tomos: “Primavera”, “Verano”, “Otoño”, “Invierno”). Para 2016 presentó ALGO QUE SEPAMOS TODOS (textos de filosofía en dos volúmenes: “De la caverna al sol”, con contenido más humanístico; “De la lupa al telescopio”, orientado a las ciencias). Esta producción ha sido difundida en ámbitos académicos de México y Uruguay; circula por escuelas, institutos de formación docente y una materia de didáctica de una universidad nacional del país. Actualmente, el autor trabaja en un libro basado en entrevistas a gente del arte, la ciencia, la cultura; así como también a activistas de derechos humanos y demás referentes que contribuyen a un mundo mejor. Su exposición está prevista para fines de 2020. Se desempeña como docente en escuelas primarias y secundarias; también en nivel universitario. Participa de Jornadas y Congresos a nivel nacional e internacional. Es columnista del programa radial “El Buscador”, que se emite por La Redonda (FM 100.3) de la ciudad de La Plata. También, colabora con textos para la revista digital educativa “El Arcón de Clio” y el portal de noticias “Miravox.info”.
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