¿De qué hablamos cuando hablamos de Educación Emocional?

Muchos conceptos son constructos sociales que se han ido cimentando a lo largo de la historia. La educación es uno de ellos y como teoría y práctica, se ha contextualizado en cada tiempo y espacio particular, hasta llegar en la actualidad a alcanzar casi la totalidad de la población en países desarrollados.
Es sabido que históricamente razón y emoción fueron concebidos como términos opuestos. Esto puede atribuirse a que los sentimientos y las emociones eran entendidas como la parte más salvaje del hombre, posible de dominarse a través del desarrollo de la razón. De ahí que, la educación fuera desde sus orígenes un mecanismo de socialización para encauzar las emociones fuertes, esas que podían desequilibrar las relaciones dentro de la comunidad.
Es así que la racionalidad se asoció con la inteligencia, rasgo que nos define como especie humana ubicándonos en un nivel de superioridad sobre el resto de los seres vivos, y la escuela potenció el saber y el conocimiento del mundo, es decir, el desarrollo cognitivo, relegando la importancia de conocerse a sí mismo.
En la actualidad, “La provincia de Buenos Aires, a través de la Dirección General de Cultura y Educación, tiene la responsabilidad principal e indelegable de proveer, garantizar y supervisar una educación integral, inclusiva, permanente y de calidad para todos sus habitantes” (1). En este marco, cabe preguntarse qué se entiende por educación integral, y si todos los agentes de los diferentes estamentos del Sistema Educativo reconocen y acuerdan como premisa fundamental, favorecer una educación capaz de promover la construcción de un proyecto de vida asegurando las condiciones de igualdad, salvaguardando los derechos de niños, niñas y adolescentes sobre la base de la libertad, diversidad y solidaridad.
Si queremos favorecer el desarrollo de las potencialidades individuales y su correspondencia con las del entorno social, se hace necesario revisar las representaciones y discursos sobre la niñez, sus formas de aprender, comunicarse, vincularse, sus intereses, necesidades y las practicas educativas que se despliegan desde la primera infancia. Teniendo en cuenta este paradigma, la educación emocional se nos presenta como un modelo innovador que no se propone sustituir la razón por la emoción, sino propiciar un modelo más armónico con la naturaleza humana, constituido por emoción-pensamiento-acción.

¿Inteligencia Emocional o Competencia Emocional?
Los seres humanos heredamos de nuestros antepasados más lejanos una determinada carga genética que nos predispone a nivel cognitivo, perceptivo y motor, para el crecimiento y el desarrollo. Entre estas predisposiciones innatas podemos incluir las emociones.
Las teorías sobre las emociones se remontan a Darwin (1872) quien se propuso indagar si existían emociones comunes a todas las culturas y si las mismas, eran innatas o adquiridas.
Durante la primera parte del siglo XX el interés por las emociones sufrió cierto letargo, aunque fue más tarde recuperado, por seguidores de la teoría Darwinista (2) quienes analizaron de forma más exhaustiva las expresiones faciales y su relación con las emociones.
En la década de los ´90, conocida como la década del cerebro, nuevas teorías y concepciones se hacen presente a partir de los avances de las llamadas Neurociencias.
Es así como florece un nuevo concepto que se contrapone con un único modelo de inteligencia abstracta-académica, a partir de los aportes de Howard Gardner con su Teoría de las Inteligencias Múltiples.
Más tarde, Salovey y Mayer retoman los conceptos de Gardner, e introducen el término Inteligencia Emocional para describir la habilidad de percibir, generar, entender, y regular emociones. A partir de las publicaciones de estos autores, Daniel Goleman profundiza y difunde el concepto Inteligencia Emocional que, al día de hoy, no ha logrado un acuerdo universal respecto a la clasificación y jerarquización de habilidades que lo integran.
En términos generales, puede decirse que la inteligencia emocional es un todo conformado por dos partes: la inteligencia interpersonal y la inteligencia intrapersonal.
La primera es la que permite comprender y trabajar con uno mismo, mientras que la segunda es la que hace posible comprender y relacionarse con los otros. Sin embargo, si queremos profundizar lo que es la inteligencia emocional podemos encontrar diversos modelos, que difieren básicamente en su naturaleza y características.
Mas allá de las discrepancias, existe un conjunto de conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes propias de los fenómenos emocionales, que pueden ser enseñadas y aprendidas y constituyen una serie de competencias básicas para la vida, puesto que mejoran las relaciones interpersonales en todos los ámbitos. Se trata de competencias emocionales que propician la interacción entre la persona y el contexto e incluyen conocer, nombrar y gestionar emociones, favorecer la autonomía emocional, las competencias sociales y las habilidades para el bienestar.
Las competencias emocionales se basan en la inteligencia emoc ional, pero se incluyen en un marco más amplio dentro de competencias genéricas. De ahí que pueden ser comprendidas dentro del conjunto de saberes escolares considerados significativos y necesarios para el desarrollo integral de niñas y niños desde la primera infancia. El proceso de enseñanza y aprendizaje de estas competencias conocido como Educación Emocional contempla aspectos tales como diagnóstico, fundamentación, objetivos, diseño del programa, planificación de actividades, estrategias metodológicas y de evaluación del proyecto, entre otros.
Dentro de las instituciones educativas, planificar un Proyecto de Educación Emocional es, ante todo, una propuesta transversal que debe traspasar las áreas académicas, a través de todos los años y ciclos. Esto supone, además, establecer acuerdos y consensuar criterios a la hora de abordar situaciones emergentes en las aulas y la comunidad educativa en general.
Contempla contenidos tan diversos como conciencia y regulación emocional, autoestima, gestión de conflictos, prevención de bullying y la violencia, empatía, tolerancia a la frustración, etc. a partir de una propuesta dinámica, experiencial y participativa que incluye actividades diversas, progresivas y secuenciadas.
Y ahí radica la riqueza de la Educación Emocional, presentarse como un proceso de adquisición de competencias y estrategias que componen una forma de prevención primaria inespecífica para el afrontamiento de situaciones y la resolución de conflictos, a la vez de favorecer el desarrollo afectivo y el bienestar general.

Referencias
1- Ley de Educación Provincial 13688, artículo 5°.
2- P.Ekman, S.Tomkins, R. Plutchik.

La nota fue escrita apra la revista Educativa El Arcón de Clio por Viviana Marilao Profesorado de Educación Primaria.Diplomatura en Neurociencias y Educación. Especialización en Prevención y Erradicación del Trabajo Infantil y Protección del Trabajo Adolescente.Licenciatura en Gestión Educativa – TF de Grado: “Desarrollo de Competencias Emocionales en el Nivel Inicial”.Experiencia Profesional:Docente de EP. Directora de NiveI Inicial y Primario.Asesora Pedagógica en Subsecretaría de Educación- Municipalidad de Bahía Blanca. Actual:Centro de Innovación Educativa Infinito por Descubrir- Educar. Soc del Estado.Asesora en Educación Emocional y Neurociencias aplicadas a la Educación en Instituciones de gestión Pública y Privada.

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