San Martin en Europa y el “benefactor”,  Marqués  Alejandro Aguado

En agosto de 1830, apenas se produjo el movimiento revolucionario belga  contra Holanda, el burgomaestre de Bruselas (Barón de Wellens) le ofreció a San Martìn, el mando general de las tropas belgas que, por su negativa, quedaron a cargo del General Van Hallen. Atento a las convulsiones sociales que sobrevinieron en Bruselas, debido a las luchas por la independencia de los belgas, San Martín decidió llevar a su hija a un colegio de París y luego, por una epidemia de cólera que asoló Bruselas y solucionados sus problemas de residencia en Francia, resolvió radicarse en París a fines de 1830. Se instaló discretamente en la calle Provence número 32, que fuera uno de los domicilios de su hermano. Al cabo de unas semanas volvió a tener problemas económicos. En su viaje al Río de la Plata, para entre otras cosas cobrar las rentas de la chacra mendocina y de las dos propiedades que tenía en Buenos Aires, había logrado que le saldaran las deudas, “cantidad que junto con lo que me reditúa mi pensión del gobierno del Perú pienso que me permitirán pasar al lado de mi hija los dos años que necesita para concluir su educación”. 

El Libertador no había previsto que dejaría de llegarle la jubilación peruana y quebraría su apoderado y cuñado en Buenos Aires, Manuel de Escalada, por lo que su situación se volvió “incómoda y cada día más embarazosa, a pesar de la más rigurosa economía”.

Una letra emitida en noviembre de 1830 por tres mil pesos que debía ser satisfecha por su apoderado y pariente “fue protestada. Afortunadamente el comerciante honrado a favor de quien había librado la letra, lejos de apremiarme, con una generosidad de que se dan pocos ejemplos en Europa, me ha ofrecido cuanto necesite”», escribió al general  José Rivadeneira.

Ese comerciante honrado era el banquero Alejandro Aguado, lo que nos permite fijar en el año 1830 o comienzos de 1831 el inicio de la relación transformada en amistad íntima y prolongada.

El 5 de septiembre de 1831, ante la falta de noticias le escribía O’Higgins: “Escribo con el desconsuelo no encuentre á usted ésta en Bruselas, porque las borrascas políticas que ha sufrido ese pueblo (según ha llegado á nuestra noticia) no sabemos adónde le  habrán retirado; unos han dicho que á París, otros á Londres, y últimamente que al Janeiro; por fin, si lo último se verificase, tendremos la satisfacción de que se venga usted aproximando á las tierras que le deben su independencia”

Ese año de 1831, la  situación económica del ilustre exiliado se hizo tan desesperada, que debió recurrir a su amigo O’Higgins a quien le pidió socorro financiero. Esta ayuda no llegó.

En 1832, se produjo en Europa la epidemia de una rara enfermedad que venía de Asia; el cólera-morbo atacó a los centros urbanos más importantes del continente. La epidemia llegó a Gran Bretaña y, a fines de marzo de 1832, se extendió a Francia.  La muerte de miles de ciudadanos produjo pánico en la población.

Inmediatamente Mercedes y su padre partieron hacia una casa de campo en Montmorency (a unos 15 kilómetros al norte de París), pero igual ambos se enfermaron; Mercedes enfermó primero, y tres días después su padre, quien estuvo a punto de morir.

Don José y su hija fueron asistidos por un joven amigo de la familia, Mariano Balcarce, quien cumplía funciones diplomáticas en Londres. Mariano llegó a París y se instaló para socorrerlos en aquellos difíciles momentos. Mercedes, de 16 años, se recuperó en poco tiempo, mientras que el Libertador estuvo más de siete meses para reponerse.

Fue entonces que recibió el auxilio de Aguado, que mientras duró la epidemia ayudó a  militares y políticos españoles exiliados y convirtió en hospital su palacio de Petit Bourg.

San Martín contó a O’Higgins de su bienhechor “un tal Aguado, el más rico propietario de Francia, que sirvió conmigo en el mismo regimiento en España y a quien le soy deudor de no haber muerto en un hospital de resultas de mi larga y penosa enfermedad”.

El Marqués y banquero  Alejandro Aguado, le ayudó a pagar sus deudas a la vez que lo designó albacea y administrador de su herencia, percibiendo una suma mensual que le permitió vivir decorosamente.

No existía un remedio efectivo para curar esta epidemia; generalmente, los médicos

Los jóvenes Mercedes y Mariano  se enamoraron y el general aprobó aquel noviazgo que se consolidarìa en boda en diciembre de ese mismo año. Asì escribìa San Martin a su futura consuegra “La educación que Mercedes ha recibido bajo mi vista, no ha tenido por objeto formar en ella lo que se llama una dama de gran tono, pero sí el de ser una tierna madre y buena esposa. Con esta base y las que recomendaciones que adornan a su hijo de Usted, podemos prometernos el que éstos jóvenes sean felices, que es a lo que aspiro.”

Poco tiempo después, O’Higgins  le enviaba tres mil pesos y con ellos, pagó las deudas de su enfermedad y  con el resto compró el vestido de novia para su hija Merceditas.

Como secuela de la enfermedad debió sufrir «inexplicables padecimientos por el espacio de siete meses» y realizar una serie de baños minerales terapéuticos en Aux la Chapelle,  durante el resto del año 32. Ese mismo año se enteró que su chacra de Mendoza había sido arrasada por las montoneras en la guerra civil

Su hija Mercedes y Mariano Balcarce se casaron el 13 de diciembre de 1832. Como padrinos de la boda se encontraban el coronel peruano Juan Manuel Iturregui -colaborador de San Martín durante la campaña en Lima-, y José Joaquín Pérez Mascayano, quien por ese entonces se ocupaba de las relaciones comerciales de Chile en Europa y que luego, entre 1861 y 1871, ocuparía la presidencia de ese país (1861-1871).

Los festejos, con los testigos del matrimonio, peruanos y chilenos, se realizaron en el restorán de la burguesía parisina de la época, «Chez Grignon». La pareja marchó inmediatamente para Buenos Aires y José de San Martín pasó la Navidad con la única compañía de su fiel servidor criollo Eusebio Soto.

Con un crédito de Aguado pudo comprar la  casa de Grand Bourg  en 1834,  en cinco mil pesos, y allí se trasladó con su hija Mercedes y su esposo Mariano Balcarce,

El chileno José María de la Barra en su “Diario de Viaje por Europa”  dejó testimonio de una cena especial un 24 de diciembre de 1834: «El Sr. Olañeta nos dio un gran convite a comer en su casa; además de él y sus secretarios éramos convidados el General San Martín, el Sr. Zavala (Ministro de México); el Coronel Gómez (Encargado de Negocios de Nueva Granada), el General O’Leary[1], los Señores Medina, Palacio, Castroverde, Guerrero, Calvete, mi hermano Miguel y yo. Se dijeron algunos discursos y de la mesa pasamos a tomar el café en los Salones donde nos quedamos tertuliando en la mayor alegría hasta la 1 de la noche, a cuya hora me salí con San Martín y de paso lo acompañé hasta la puerta de su casa…».[2]

También, con un préstamo del Marqués, adquirió el 25 de Abril de 1835, una pequeña residencia en París, sita en la Rue Nueve Saint Georges Nº 55.

San Martín tenía pues dos domicilios. Uno en París, donde pasaba los meses del invierno, desde noviembre hasta abril, y otro, la casona de Grand Bourg, en Evry, donde pasaba el tiempo entre mayo y octubre, viajando uno o dos días casi todas las semanas a la capital para atender sus compromisos. Setiembre y octubre eran los meses que prefería para hacer turismo. En los primeros años para tomar los baños en las termas de Aix en Saboya;  a partir de 1834 algún año acompañó a la familia Aguado a la playa de Dieppe.

En ocasión de la recepción diplomática del 19 de enero de 1838 en el Palacio de las Tullerías, el Rey Luis Felipe de Orleáns-que estaba en el Salón del Trono recibiendo y retribuyendo el saludo del Cuerpo Diplomático-  al llegar el turno al Libertador, que estaba vestido con su uniforme blanco de Protector del Perú, tomó las manos del Libertador diciéndole calurosamente: “tengo el vivísimo placer de estrechar la diestra de un héroe como vos, General San Martín. Créame que el Rey Luis Felipe conserva por vos la misma admiración y amistad que el duque de Orleáns. Me congratulo que seáis huésped de la Francia y que en este país libre encontréis el reposo después de tantos laureles…” [3]

Al enterarse del bloqueo impuesto por Francia en 1838, San Martín, ya con 60 años y residente en Francia desde hacía casi veinte años, no dudó en ofrecer sus servicios a Rosas para la defensa de su país “en cualquier clase que se me destine”, como puede apreciarse en la carta que escribiera desde Grand Bourg el 5 de agosto de 1838 : “He visto por los papeles públicos de ésta el bloqueo que el gobierno francés ha establecido contra nuestro país; ignoro los resultados de esta medida; si son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano pero en mis circunstancias y la de que no fuese a creer que me supongo un hombre necesario, hacen por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad, que espere sus órdenes; tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra me retiraré a un rincón, esto es si mi país me ofrece seguridad y orden; de lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento de no poder dejar mis huesos en la patria que me vio nacer.”[4]

Por decreto del 17 de julio de 1839, Juan Manuel de Rosas nombró a San Martín Ministro Plenipotenciario de la Confederación ante el gobierno de Perú. Sin embargo, San Martín no aceptó. Alegó, entre otros motivos, su cercanía con los dirigentes peruanos, y expresaba: “no ha habido crisis en aquel Estado sin que muchos hombres influyentes de todos los partidos me hayan escrito exigiendo mi consentimiento para ponerme a la cabeza de aquella República”. Rosas aunque aceptó la negativa, le envió una carta privada dónde le manifestaba su tristeza por el rechazo.

En 1840, el Perú le pagó doce mil pesos de sus haberes atrasados como general peruano, de un total de ciento sesenta y cuatro mil pesos que se le adeudaban. Digno es resaltar que el gobierno peruano abonó las sumas adeudadas a los herederos de San Martín, poco después de su muerte.

En ese año 42, en abril, falleció en Asturias su amigo y benefactor Aguado. Antes de partir en su viaje a España- en el cual fallece-  Aguado invitó vehementemente a San Martin para que lo acompañara. San  Martin se negó aduciendo que su calidad de general argentino le estorbaba para entrar en un país con el cual el suyo había estado en guerra, sin que hubiera aun, tratado alguno de paz; y que en calidad de simple ciudadano le era imposible aparecer en España, por más deseos que tenía de acompañarle. Aguado no considerando invencible este obstáculo, hizo la tentativa de hacer venir de la Corte de Madrid el allanamiento de la dificultad. Pero el gobierno español, manifestó su absoluta deferencia por la entrada del general San Martín como hombre privado, pero se opuso a que ingresara como  general argentino.

La noticia de la muerte de Aguado llegó a París seis días después y desde ese momento San Martín estuvo junto a la viuda y sus hijos. En septiembre de ese año, se dirigió a Dieppe (Francia) a fin de tomar baños medicinales juntamente con la familia Aguado.[5]

El gobierno de Chile, que a la caída de O’Higgins había borrado de la Historia Oficial a San Martín, en octubre de  1842 lo incorporó a su ejército, declarándole el sueldo de general en perpetua actividad, como reconocimiento a los servicios prestados a la independencia chilena, abonándole el sueldo desde esa fecha en adelante.[6]

En carta a su amigo William Miller escribiría San Martin, respecto a este tardío reconocimiento: “…diez días después de mi salida de Chile, el primer Congreso del Perú no solo me concedió una pensión vitalicia, sino también me colmó de honores que yo no creía merecer (…) Dos legislaturas de la República Argentina, después de las acciones de Chacabuco y Maipú me honraron igualmente con su aprobación y otras distinciones y aun las de Colombia y México me declararon ciudadano de estos Estados. Solo las legislaturas de Chile no habían hecho jamás la menor mención del general San Martín, olvido que confieso a usted, me era tanto más sensible cuanto no habiendo tenido la menor intervención en su gobierno interior, yo solo deseaba la aprobación de mi conducta militar en esta República…”.

También, en ese mes, murió O’Higgins, amigo y hermano de logia. Este tremendo golpe -unido a la muerte de Aguado- deprimió a San Martín hasta el punto de pasar varios días en cama.

Antes de que esto sucediera, el escribano de la familia Aguado durante más de medio siglo, abrió el testamento y se hizo público que el banquero nombraba a su amigo el general criollo, albacea testamentario y tutor de sus hijos en tanto durase la minoría de edad y “deseando dejarle un recuerdo le lego mis joyas personales y la suma de treinta mil francos”.

San Martín pasó a presidir el “Consejo de Familia” de los Aguado, junto con M. Pelchet, arquitecto de los palacios y otras propiedades de Aguado y M. Couvert, su apoderado en el Banco, y se ocupó durante tres años de ejecutar la sucesión testamentaria.

[1]Daniel F. O’Leary, militar irlandés. Se unió a la causa de la Independencia en Venezuela con la “Legión Británica”. Acompañó a Bolívar hasta el final de la guerra. O’Leary escribió los sucesos  que iban ocurriendo en la guerra publicando luego sus “Memorias”. Tras la muerte de Bolívar, en 1834 fue nombrado secretario del encargado plenipotenciario en Europa, general Mariano Montilla. Cumpliò funciones en España, Francia, Inglaterra y Estado Pontificio. Murió en  1854.

[2] San Martín más allá del bronce”; págs. 161 y 162 de Juan Marcelo Calabria y Roberto A. Colimodio.

[3] Labougle, Raúl. “San Martín en el ostracismo y sus recursos” Anales de la Academia Sanmartiniana. IX Bs. As. 1978.

[4] Patricia Pasquali, San Martín, la fuerza de la misión y la soledad de la gloria, Buenos Aires, Emecé, 2004, pág. 433.

[5] La generosidad de Aguado le aseguró una vejez tranquila. Cuenta San Martín: “Esta generosidad se ha extendido hasta después de su muerte, poniéndome a cubierto de la indigencia en lo porvenir”.

[6] El Presidente de Chile, Manuel Bulnes, envió al Congreso un proyecto de ley en el cual dispuso que el General San Martín revistase en el ejército de Chile, en actividad, durante toda su vida, y se le abonaran los sueldos que le correspondían a su clase, autorizándolo a residir en el extranjero, que se convirtió en Ley, el 6 de octubre de 1842. A partir de allí, se inició en Chile un movimiento de revisión de la historia de su Independencia y de la figura de San Martín, que tuvo entre sus máximos exponentes a Benjamín Vicuña Mackenna, quien  impulsò que se erigiera en Chile una estatua que inmortalizara la figura de San Martín, obra concretada el 5 de abril de 1863

Acerca de Julio Ruiz 51 Articles
Profesor de Historia. Colegio Cervantes y Jesús Sacramentado de Bolívar, Argentina. Ex Intendente de la Ciudad de Bolívar en la Provincia de Buenos Aires, Argentina en el período 1987-1991. Abogado. Integrante de la Asociasón San Martiniana en su caracter de presidente. Columnista en el Diario La Mañana. Obras Históricas entre otras: Blandengues, “La Odisea”, “Historias que hicieron cuentos”, “Paginas de una historia olvidada”. “Hubo un tiempo que fue Hermoso”una creación colectiva de ex alumnos, Bachilleres de la promoción 1972 del Colegio Nacional de Bolivar (Bs As). Los Negritos de San Martín. “La historia, un cuento y un libro”

Se el primero en comentar

Deja un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*