“El azúcar es veneno”, “dejé la fruta porque tiene azúcar”, “me pasé a lo light”. En tiempos donde la información circula sin filtro, el azúcar se convirtió en uno de los ingredientes más señalados. Pero… ¿es realmente necesario eliminarla por completo? ¿Toda azúcar es dañina? ¿Qué pasa si tengo una enfermedad?
Como nutricionista, recibo a muchas personas con estas dudas… pero también con miedo. Por eso, mi objetivo no es generar más culpa, sino acompañar desde un lugar educativo, comprensivo y basado en la evidencia.
Lo importante: el contexto (y a qué azúcar nos referimos)
Una de las claves para hablar de alimentación con responsabilidad es entender que no hay una única respuesta para todos. Las recomendaciones deben adaptarse a cada persona: a su historia, a su salud, a su relación con la comida y al momento vital que esté atravesando.
Además, es importante aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de “azúcar”. No se trata solamente del azúcar de mesa que usamos en el café, sino de todos aquellos azúcares que están presentes en productos industrializados, como galletitas, yogures saborizados, cereales, snacks, salsas, panes industriales y bebidas. Muchos de estos alimentos contienen azúcares agregados o libres, que en exceso pueden afectar negativamente la salud.
Por eso, cuando hablamos de reducir el azúcar, nos referimos a construir una alimentación lo más libre posible de estos productos, y no únicamente a dejar de endulzar infusiones.
¿Eliminar por completo los alimentos con azúcar?
Algunas corrientes proponen llevar una alimentación totalmente restrictiva que excluya por completo todo producto que contenga azúcares. Esta mirada puede funcionar en ciertos casos clínicos muy específicos, pero generalizar esta idea sin tener en cuenta el contexto personal y emocional de cada persona puede resultar contraproducente.
No es lo mismo alguien que lleva una vida activa y sin enfermedades, que una persona con diabetes, enfermedad renal o hígado graso. En estos casos, el consumo de azúcar —como de muchos otros nutrientes— necesita ser planificado con precisión. Pero incluso ahí, el enfoque rígido rara vez es sostenible o efectivo a largo plazo.
Generalizar puede ser peligroso y, muchas veces, las prohibiciones estrictas no solo no ayudan, sino que generan ansiedad, frustración o descontrol. Lo que realmente ayuda es brindar herramientas, educar, acompañar.
El verdadero problema: el exceso (y la desinformación)
Uno de los grandes desafíos que enfrentamos hoy es que consumimos más azúcar de la que creemos, principalmente a través de productos procesados. Muchas veces no somos
conscientes porque la información está en letra chica o disfrazada con nombres como jarabe de maíz, dextrosa o glucosa.
Aprender a leer etiquetas y entender qué estamos eligiendo es fundamental. El nuevo etiquetado frontal en Argentina, con sellos como “ALTO EN AZÚCARES”, es una herramienta útil, pero la educación alimentaria sigue siendo la clave para que podamos tomar decisiones más informadas y libres.
Comer también es sentir
No podemos hablar de azúcar sin considerar el plano emocional. Comemos por hambre, pero también por costumbre, por placer, por ansiedad, por afecto. Y eso también es parte de ser humanos.
Por eso, prohibirnos todos los alimentos que contengan azúcar sin tener en cuenta la relación emocional con la comida y sin ofrecer acompañamiento muchas veces no funciona. Puede reforzar el círculo de restricción-compensación-culpa, que tanto daño hace.
Desde mi lugar como nutricionista, prefiero acompañar procesos antes que imponer reglas rígidas, brindar información clara y ayudar a las personas a construir una relación más libre, flexible y respetuosa con la comida.
En resumen
Es fundamental ser conscientes de la cantidad, la calidad, la forma y el contexto en que consumimos los azúcares presentes en nuestra alimentación, no solo el azúcar de mesa, sino también aquellos ocultos en productos industrializados, para tomar decisiones informadas que cuiden nuestra salud sin caer en prohibiciones extremas ni miedos infundados.
Reducir su presencia, no implica obsesionarse ni prohibir todo lo que la contenga, sino tomar decisiones más conscientes.
Una alimentación saludable no es una lista de restricciones, sino un proceso de aprendizaje, escucha corporal y flexibilidad. Porque lo que le hace bien a uno, no necesariamente le sirve a otro. Y porque el verdadero bienestar empieza por una mirada realista, empática y amorosa sobre lo que comemos.
Excelente!!!!!
Muchas gracias Guada!
Hola Lic Eleonora! Muchas gracias por compartir esta visión científica y educativa. La educación nutricional debería ser considerada desde los niveles iniciales de la educacion porque creo que solo ante las enfermedades, nos vamos enterando de la importancia de saber alimentarnos y en la mayoría de los casos aparece la restricción extrema que tal como dice esta nota: puede generar mas ansiedad, compulsion e incluso descont rol. Felicitaciones y muchas gracias, nuevamente!
Hola Karina te invitamos a ver más artículos de Eleo en la revista educativa El Arcón de Clio como así mismo publicar ideas educativas en ella. Correo [email protected]