La escuela dejó de ser solo un espacio de enseñanza para convertirse en uno de los últimos lugares donde un adulto sostiene un marco. En tiempos de fragilidad, la autoridad pedagógica ya no es una forma de poder, sino una forma de cuidado.
En las escuelas ya no llegan solamente alumnos.
Llegan cansancios, ansiedades, enojos que nadie pudo alojar, frustraciones que no lograron elaborarse y adultos desbordados intentando hacer lo que pueden en un mundo cada vez más rápido.
La infancia no cambió tanto como solemos decir.
Lo que cambió fue el contexto que la sostiene.
Hoy los niños hablan más temprano, opinan más temprano y acceden a más información que nunca; sin embargo, toleran menos la espera, menos la frustración y menos el “no”. No porque sean más frágiles, sino porque viven en un tiempo que volvió difusos muchos bordes necesarios para crecer.
Ahí aparece la escuela.
No solo como institución de enseñanza, sino como un espacio donde todavía existe un adulto dispuesto a asumir una responsabilidad: organizar la experiencia infantil para que pueda ser vivida con seguridad.
Organizar no es controlar.
Y poner límites no es ejercer poder.
El límite, en la infancia, es una forma de cuidado. Es aquello que vuelve habitable el mundo y permite que un niño pueda jugar, explorar, aprender y vincularse sin quedar solo frente a lo que todavía no puede comprender o manejar.
Durante años la pedagogía temió parecer autoritaria y, en ese intento, muchas veces evitó intervenir. Sin embargo, la ausencia adulta no amplía derechos: los debilita. Un niño necesita ser escuchado, pero también necesita una referencia estable desde la cual esa voz pueda organizarse.
La participación infantil no reemplaza la función adulta: la requiere.
La autoridad pedagógica no silencia la palabra del niño; la hace posible.
No limita la autonomía; la construye progresivamente.
No ordena para comodidad adulta; ordena para ofrecer seguridad.
Porque el derecho a ser cuidado incluye el derecho a que un adulto acompañe y actúe cuando algo sobrepasa.
Hoy gran parte de la tarea escolar consiste en alojar aquello que la época desordena. El exceso de estímulos, la dificultad para esperar, la intolerancia a la frustración y la imposibilidad de resolver conflictos llegan todos los días a la escuela convertidos en conductas.
Frente a eso, la escuela no puede retirarse ni delegar su función.
Escuchar no es renunciar a la responsabilidad.
Hay momentos para dialogar y momentos para sostener. Y ese sostén no es imposición: es previsibilidad. Cuando un adulto mantiene un marco claro, el niño no pierde libertad; gana tranquilidad para ejercerla.
Sin un marco estable no hay autonomía posible, porque la libertad infantil necesita un territorio seguro donde desplegarse.
La autoridad pedagógica aparece entonces como un acto cotidiano y silencioso: acompañar sin violencia, marcar un borde sin humillar, decir “hasta acá” sin enojo y permanecer disponible incluso frente al rechazo momentáneo.
No es dureza.
Es presencia confiable.
No es rigidez.
Es continuidad.
No es autoritarismo.
Es responsabilidad adulta puesta al servicio del crecimiento.
En tiempos donde muchos adultos dudan de ocupar su lugar por temor a equivocarse, la escuela sigue siendo —quizás— uno de los últimos espacios donde un niño encuentra a alguien dispuesto a cuidarlo incluso cuando eso implica frustrarlo.
Y allí reside su valor social más profundo: garantizar condiciones para crecer.
Educar hoy no es solo transmitir contenidos.
Es sostener una experiencia humana organizada donde los derechos de la infancia puedan vivirse de verdad y no solo nombrarse.
Porque un niño necesita ser escuchado, respetado y considerado, pero también necesita que haya un adulto que cuide la escena para que todo eso sea posible.
La autoridad pedagógica deja entonces de ser una práctica disciplinaria para convertirse en una tarea ética: hacer lugar a la infancia asegurando un marco que la proteja mientras crece.
Profesora de Nivel Inicial recibida en 1999 en el Instituto Superior de Formación Docente N° 137 “Justo José de Urquiza” de Mercedes, Buenos Aires. Desde sus inicios se encuentra en permanente perfeccionamiento profesional. Se desempeñó en gestión privada hasta el año 2008, luego en gestión pública, y desde 2019 desarrolla su labor en contextos rurales.
Actualmente es Directora del Jardín de Infantes Rural N° 917 “Ricardo Pulicelli” de Tomás Jofré, Mercedes. Ha aprobado exámenes de cargos puntuales y transitorios tanto para Dirección como para Secretaría en el distrito de Mercedes, lo que respalda su formación y experiencia en gestión educativa.
Cuenta con más de 20 años de trayectoria en el Nivel Inicial, especialmente en salas multiedad y en la implementación de proyectos innovadores en articulación con la comunidad. Ha desarrollado propuestas institucionales vinculadas a la Educación Sexual Integral, el fortalecimiento de bibliotecas ambulantes, la promoción de la lectura y la incorporación de nuevas tecnologías en la primera infancia.
Su gestión se caracteriza por promover una educación inclusiva, equitativa y de calidad, con fuerte participación de las familias y articulación con instituciones locales y provinciales. Autora de proyectos presentados en ferias de Educación, Arte, Ciencias y Tecnología, es referente en la construcción de un jardín abierto, participativo y comprometido con la igualdad de oportunidades.
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