Al transcurrir más de un año de la muerte de Aidan Chambers, docente y teórico británico, reconocido a nivel mundial por su aporte a la formación de lectores; vale la pena profundizar en una de las herramientas más potentes de la educación literaria para la primera infancia, que todos quienes nos embarcamos en este viaje a través de los libros debemos conocer: “El Círculo de Lectura”.
Partimos de la base que leer no es un acto solitario y estático de decodificar letras, sino un proceso dinámico, social, que se desarrolla en ciclos. Es así, como el acto lector no inicia precisamente en la portada de un libro o en el “Había una vez”, ni termina en la contraportada o “colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Sino más bien, es un proceso circular, en donde los lectores o mediadores de lectura se enfrentan a diferentes etapas, cada una de las cuales nutre y alimenta la siguiente. De esta manera, el hábito lector se va fortaleciendo, y con el tiempo, transformando a nuestros niños y niñas en lectores críticos y competentes.
“Todo parte por la selección” dice Aidan Chambers en su libro “El Ambiente de la Lectura” (2007), que corresponde a la primera etapa de este círculo. En niveles educativos iniciales, esta selección viene por medio de un adulto mediador, quien conoce en profundidad a los niños y niñas, tanto en sus capacidades físicas y cognitivas, como en sus necesidades e intereses particulares. Esta selección también implica un conocimiento profundo del currículum escolar y de los objetivos de aprendizaje que este marco regulador promueve. También requiere un conocimiento acabado del contexto del cual provienen nuestros estudiantes, muchos de los cuales, han tenido experiencias lectoras previas que van a influir en las lecturas futuras. Con todo lo anterior, este educador puede seleccionar las obras más apropiadas para leer en su sala de clases.
Sin duda, el rol de un docente al seleccionar una obra literaria es clave, pero la meta es que los niños y niñas puedan seleccionar de manera autónoma las obras que serán parte de sus itinerarios lectores. Es por ello, que el rol docente debe proveer el ambiente apropiado y condiciones óptimas para que esta selección se dé con total naturalidad. En este desafío, el primer factor a considerar es la disponibilidad, referida a la dotación física de obras de literatura en el aula. Sin una colección amplia y diversa, que incluya diferentes géneros discursivos, las probabilidades de encontrar una lectura significativa disminuyen. Por lo anterior, es clave que cada una de las salas infantiles, aún desde el nivel sala cuna, cuente con su propia biblioteca de aula, con la cantidad y variedad de ejemplares suficientes para que los niños elijan de acuerdo con sus necesidades de lectura.
Un segundo factor es la accesibilidad, que se refiere a la facilidad y factibilidad para tomar un libro.
En ese sentido, un libro disponible pero guardado "bajo llave" por miedo a que se estropee, o un libro situado a una altura inalcanzable para un pequeño, o un libro que solo es posible utilizar en momentos específicos de la jornada, termina siendo un libro inexistente para el proceso de lectura. Por ello, los mediadores de lectura deben disponer, estratégicamente en sus aulas, de un espacio o rincón lector, al que los niños desde temprana edad puedan acudir para alimentar su imaginación y curiosidad a través de la exploración y manipulación directa de un texto.
Un tercer factor es la presentación, o el modo en que se exhiben los libros dentro o fuera del aula, lo que funciona como una recomendación silenciosa. En ese sentido, una exhibición atractiva, en donde los libros se disponen en una mesita de lectura, acompañada de objetos o información
complementaria que pueda extender la experiencia lectora, estimulan el deseo y la curiosidad inmediata de los niños y niñas.
La lectura es el nombre de la segunda fase de este círculo, en donde los lectores construyen el significado de los textos a partir de experiencias placenteras. Para que esta etapa tenga éxito, se requiere también de algunos elementos esenciales, el primero de ellos, el tiempo para leer.
Respecto de este punto, es importante destacar que la lectura no debe concebirse como una actividad para rellenar los vacíos que quedan entre una actividad pedagógica planificada y otra.
Tampoco es un pasatiempo destinado solo a los niños que finalizan más rápido alguna tarea escolar. Se trata de una práctica regular en el aula, planificada en detalle por el docente, para que los niños y niñas, desde temprana edad, logren desarrollar una atención concentrada y una apertura para descubrir patrones de sucesos, imágenes y riqueza del lenguaje en las obras leídas.
Para que la lectura tenga éxito, también se necesita un segundo componente, el lugar propicio, un espacio cómodo, con luz adecuada – idealmente natural – y protegido de distracciones, como ruidos excesivos, sobreestimulación visual o pantallas. Un lugar que se transforme en un refugio para que el texto cobre vida.
Asimismo, la lectura se considera exitosa si se tiene en cuenta el tercer componente, que existen diversidades de modos de leer. En efecto, el círculo abarca tanto la lectura individual, ya sea en silencio o en voz alta, como el acto de escuchar a otros. Escuchar lecturas de un adulto mediador, es fundamental, ya que familiariza a los niños con la musicalidad del lenguaje, actuando como un puente hacia su autonomía lectora. Es más, los prepara para enfrentarse a textos más complejos en el futuro, por lo que esta estrategia de lectura en voz alta no debe desestimarse una vez que los niños logran decodificar las letras.
Finalmente, llegamos a la tercera etapa del círculo de la lectura, la respuesta, partiendo de la base que toda lectura de calidad provoca una reacción en el lector. Es aquí, donde el lector procesa lo vivido y siente la necesidad de explorar qué es lo que le ha sucedido a través del libro o sus personajes; es decir, donde profundiza su experiencia lectora. Es así, como los niños pueden manifestar el deseo de volver a experimentar ese placer lector, ya sea con palabras o con gestos, motivándonos a releer las obras para descubrir detalles que en una primera lectura pasaron desapercibidos, o incluso buscando nuevas obras de un mismo autor, reiniciando de este modo, el círculo de la lectura con mayor entusiasmo.
También puede surgir la necesidad de hablar sobre lo leído, ya sea, a través de conversaciones informales, de carácter espontáneo, entre compañeros o familiares, compartiendo gustos o incluso juicios valorativos de manera libre, sin miedo a los prejuicios. O bien, de conversaciones formales, a través de discusiones dirigidas o mediadas por los docentes, quienes han preparado una batería de preguntas que invitan a interrogar, comparar y analizar cada texto de una manera más profunda y consciente. Cada conversación nos hace lectores más reflexivos y críticos, lo que nos permite realizar selecciones más profundas en la siguiente vuelta, ya que la respuesta nos lleva a una nueva selección, y así, a continuar este círculo, que con el tiempo se vuelve un espiral. En el corazón de todo este movimiento en espiral, destaca una figura a veces invisible, pero nunca ausente, que mantiene el círculo girando: el mediador. Es así como docentes y educadores se sitúan al centro del círculo de la lectura, propiciando las condiciones para que cada etapa se desarrolle de manera exitosa. Para ello, es clave considerar primeramente la disposición, que corresponde al estado mental y emocional a la base de las expectativas y actitudes hacia la lectura; y en segundo lugar, la circunstancia, entendida como el entorno físico y social en donde se desarrolla la experiencia literaria. Chambers sostiene que, aunque el entorno es vital, la disposición interna es a menudo el factor más poderoso. Por lo que, si leemos con ganas de encontrar placer, podemos superar incluso un entorno adverso.
La invitación para los docentes y educadores es a remirar sus prácticas pedagógicas y evaluar si la lectura que estamos propiciando desde nuestras aulas permite un descubrimiento activo por parte de los niños y niñas, si estamos favoreciendo que cada etapa del ciclo de la lectura logre su máximo potencial y si realmente nuestros estudiantes están viviendo experiencias literarias que puedan marcar su vida como lectores y como ciudadanos activos. En caso de que se identifiquen aspectos por mejorar, nunca es tarde para volver a empezar.
Referencias Bibliográficas:
Chambers, A. (2007). El ambiente de la lectura. Fondo de Cultura Económica.
Sotelo, R. (2006). Aidan Chambers. Imaginaria, 76. https://imaginaria.com.ar/07/6/chambers.htm
Sé el primero en comentar