YO, TCHILI … ( La Española, 1502)

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YO, TCHILI … ( La Española, 1502)

Yo, Tchili, hija de Nmtechi ya no soporto más la pena.
Desde que murió Patche, mi hijo, he sentido que la vida se me ha ido consumiendo poco a poco, luna tras luna.
Tenía apenas lo que los blancos llaman nueve años, cuando la peste del “Hombre rubio” se lo llevó con los dioses.
Cuando yo tenía apenas nueve de esos años, un amaneces, mis padres decidieron viajar a las grandes islas para intercambiar los productos de nuestro trabajo; pescado seco, collares de caracoles, hilos de yute…
Navegábamos tranquilos hacia las islas cuando, donde el cielo y el mar se juntan, vimos unas enormes casas flotantes con grandes trapos al viento, llenas de hombres de pelo color arena, con las caras cubiertas de ese mismo pelo y ropa de metal…
Cuando llegamos a la isla los vimos más de cerca. Mis padres (y yo) nos asustamos mucho porque entendimos que venían a adueñarse de nuestras mercancías, nuestros botes, nuestras casas y hasta nuestros niños y mujeres.
Para que esa gente extraña no me llevara, mis padres negociaron con ellos para que nuestra familia permaneciera unida a cambio de trabajar para ellos.
Pasaron muchas lunas y soles y mis padres trabajaron para los extraños en la construcción de una gran fortaleza de madera y troncos que eran recogidos de la isla.
Pasado un largo tiempo que los extraños llamaban año, decidieron subir nuevamente a sus grandes casas flotantes y volver a su lejana tierra.
¡mis padres dejarían de ser esclavos! Pensé. Creímos todos que la pesadilla terminaría cuando ellos se fueran, pero nos equivocamos: el sufrimiento no terminó porque los extraños no cumplieron su promesa y luego de golpear a mi madre y amenazar a mi padre con sus palos de fuego, me arrancaron de sus brazos y me llevaron a una de las casas flotantes.
Mis ojos se llenaron de agua mientras la costa se iba alejando y veía a mis padres y al resto del poblado, empequeñecerse en la distancia hasta que dejé de verlos.
Luego de muchos soles en el mar llegamos a una gran isla, extraña, mientras los hombres raros festejaban: era su hogar.
Ataron la gran casa flotante a unos maderos y descendimos a tierra. Ante mis ojos se presentaban muchas cosas nuevas, que me llenaron de sentimientos de tristeza y de sorpresa a la vez. El piso no era de arena ni madera, era de piedras enterradas, las chozas también eran de piedra, enormes máquinas tiradas por bestias de cuatro patas cruzaban a cada rato por todos lados, y mas de una vez había que correrse para no ser aplastados…
Demasiados hombres de tez blanca, con vestimentas raras, demasiadas mujeres muy vestidas, muchos niños corriendo …todo eran griteríos y ruidos raros, tan distintos al silencio de la isla, cuando se podía escuchar el canto de los pájaros y las caricias del mar sobre la arena…
Los hombres me miraban raro, con una mirada parecida a la de aquellos que llegaron a la isla, cuando vieron nuestras escasas vestimentas.
Me introdujeron en una gran choza de piedra y me dieron un lugar para dormir: un montón de mantas y trapos en un rincón. Me hizo bien recostarme porque mis huesos estaban doloridos y mis piernas flojas… Allí tuve por primera vez en mucho tiempo, un pensamiento para mis padres: ¿qué habría sido de ellos? ¿cómo soportarían mi ausencia?
En una oportunidad una mujer de largos cabellos negros, me acarició y me llevó frente a un vidrio mágico que reflejó mi imagen. Me asusté mucho porque nunca había visto mi rostro, salvo en los reflejos del agua. Ella peinó mi cabello con espinas de pescado, parecidas a la que mi madre usaba para alisar mi pelo en la isla.
Me ví hermosa luego del arreglo pero no era feliz: deseaba que esa mujer hubiera sido mi madre y que ese hombre raro hubiese sido mi padre. Añoraba mi choza y mi ligar para dormir hecho de hojas de palma, el campo raso y los fuegos encendidos al anochecer para alegrar a los dioses y alejar los malos espíritus.
¿acaso aquí terminaría mis días? ¿no volvería nunca a mi isla a estar con los míos?
Tal vez alguna vez pudiera volver a disfrutar de los sabrosos pescados que nos brindaba el dios de las aguas y que mi padre tan pacientemente cocinado al humo de la fogata hecha con las ramas que yo misma recogía, mientras mi padre conversaba con sus amigos y parientes sobre nuevos lugares para ir a cambiar las mercancías.
Y yo pacientemente trenzaba las hojas de la palma para armar cestas donde guardaríamos la mercancía y los observaba en silencio…
Y así, noche tras noche, recordándolos, me iba entregando al dios de los sueños con la esperanza que al abrir los ojos, volvería a verlos.
Pero nada fue así, pasó mucho tiempo y me obligaron a trabajar en tareas pesadas, en la limpieza de la casa grande, en acarrear agua desde los lejanos pozos en grandes cestas de madera dura, que debía cargar sobre mis hombros… y las manos se me llenaron de sangre y heridas, y los hombros igual, y mis pies descalzos sobre las piedras duras también se lastimaron…
Y al llegar a la casa grande de piedra, algunos hombres comenzaron a hacerme cosas que dolían mucho, mientras se reían y bebían de grandes jarros de hierro…
Así cada día, y solo me quedaba llorar en las noches mientras recordaba mi selva, mi playa, mis peces y pájaros, a mis padres…
Una mañana al levantarme, sentí un intenso dolor en el estomago y caí al suelo desmayada.
Cuando desperté vi a la mujer blanca que me acariciaba el rostro y me decía en su lengua que tenía un niño dentro de mí. Me asusté mucho porque yo no veía a ese niño, pero a partir de ese día comencé a tener dolores cada vez mas raros, hasta que ví que mi vientre se agrandaba.
Una mañana, de un año que los blancos llamaron 1493, el jefe Blanco al que llamaban Colon, decidió volver a mi tierra. Yo creía que iban a llevarme con ellos para devolverme a mi selva. Y así fue, me subieron a la gran casa flotante y mi corazón saltó de alegría. Yo volvía a mi tierra, pero ellos solo volvían a terminar lo que habían empezado; destruir a los míos.
Luego de muchas lunas y soles en el mar divisamos las islas y al pisar tierra, mi corazón golpeó con fuerza y mis ojos se llenaron de lágrimas. Ellos estaban enojados porque la fortaleza que mi padre y sus hermanos habían construído con maderas y troncos, había sido destruída.
Allí supe también, por lo que me contaron los viejos de la tribu, que mis padres habían muerto poco tiempo después de mi partida y que el resto de los hombres, o había muerto peleando contra los hombres blancos, o había huido hacia la selva.
Llena de tristeza y dolor, me quedé en la costa, con los ancianos de la tribu, esperando que el niño que crecía en lo vientre, pudiera nacer para poder enseñarle las cosas que mis padres me habían enseñado.
Pero los blancos también se quedaron, y comenzaron a construir sus chozas, bajaron a las bestias de cuatro patas y sus armas, sus mercancías y sus bebidas. Se quedaron para siempre. Ya no éramos los dueños de nuestra libertad, ni de nuestros peces, ni de nuestras casas, ni de nuestras canoas, todo era para ellos.
Así una tarde, mientras el sol iba a dormir al fondo del mar, nació Patche.
El alegró mis días por mucho tiempo y veía su cuerpito hacerse cada vez más grande, mientras corría por la arena o jugaba subiéndose a las palmeras hasta que un día, un hombre de pelo amarillo me lo arrancó de los brazos (como ya lo habían hecho conmigo muchas lunas antes) diciéndome que se lo iban a llevar a su hogar, allá lejos, donde yo ya había estado. Y le grité que no, y le rogué por mis dioses y por sus dioses que no me lo quitaran… les supliqué que me llevaran con ellos, que yo los cuidaría y dejaría que me hicieran todas esas cosas que me habían hecho allá.
Pero no, se lo llevaron y me dejaron de rodillas en la arena, llorando mientras la casa grande se iba navegando por el mar. (como había quedado mi madre cuando me llevaron)
Y no lo volví a ver ni a saber de él hasta hoy.
Ya no tengo más fuerzas para seguir viviendo, la pena pesa más que los cestos de madera que debía cargar allá, en la tierra de ellos: un brujo de ellos, vestido con larga túnica del color de la tierra, me mandó llamar a su templo para avisarme que Patche murió por culpa de esas fiebres extrañas que trajeron los blancos cuando llegaron…
Para qué seguir? Ya nada tengo, solo soy dueña de ir al monte y sentarme a esperar que los dioses se decidan a llevarme con Patchi.
Para qué seguir?
“Isla La española, 9 de septiembre del año del Señor de 1502. Hoy hemos encontrado a Tchili, hija de Nmtechi, en la cima del monte. Ha muerto hace varios días por lo que no ha sido posible ungirla con los santos óleos ni brindarle los auxilios espirituales que correspondían, ya que había sido bautizada en esta isla el día 6 de enero del Año de Nuestro Señor de 1493 bajo el nombre de María. Se le dio cristiana sepultura de lo que doy fé. Fray Bartolomé Viñas, cura párroco de La Española”.

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Acerca de Julio Ruiz 64 Articles
Profesor de Historia. Colegio Cervantes y Jesús Sacramentado de Bolívar, Argentina. Ex Intendente de la Ciudad de Bolívar en la Provincia de Buenos Aires, Argentina en el período 1987-1991. Abogado. Integrante de la Asociasón San Martiniana en su caracter de presidente. Columnista en el Diario La Mañana. Obras Históricas entre otras: Blandengues, “La Odisea”, “Historias que hicieron cuentos”, “Paginas de una historia olvidada”. “Hubo un tiempo que fue Hermoso”una creación colectiva de ex alumnos, Bachilleres de la promoción 1972 del Colegio Nacional de Bolivar (Bs As). Los Negritos de San Martín. “La historia, un cuento y un libro”

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