Una pedagogía de más de cien años para pensar la formación ciudadana

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El movimiento Scout nació a comienzos del siglo XX, impulsado por Robert Baden-Powell, en un contexto histórico atravesado por concepciones de disciplina, organización y formación juvenil fuertemente vinculadas con las ideas de su época. Su expansión fue rápida y llegó también a la Argentina, donde fue adquiriendo características propias y atravesando diferentes momentos históricos. Más de cien años después, el movimiento continúa desarrollando una propuesta educativa no formal que alcanza a niños, adolescentes y jóvenes en distintos territorios. La permanencia de esta propuesta no puede explicarse simplemente por la conservación de sus formas originales, sino por su capacidad para transformarse junto con las sociedades, revisar sus prácticas y responder a nuevas demandas pedagógicas.
Scouts de Argentina es una organización de la sociedad civil que forma parte del movimiento scout mundial y que desarrolla una propuesta pedagógica con lineamientos institucionales comunes. Sin embargo, esa propuesta se concreta en grupos muy diversos, con historias, comunidades y características particulares. Existen diferentes formas de comprender la autoridad, la participación y el vínculo entre jóvenes y adultos, así como también grupos con trayectorias y relaciones institucionales diferentes, incluidos aquellos vinculados con comunidades religiosas. Esta diversidad es importante porque permite comprender que no existe una única experiencia Scout y que los principios institucionales adquieren sentidos diferentes cuando se ponen en práctica.
Mi interés por este tema se vincula con la investigación que desarrollo actualmente en mi tesis de Maestría en Educación, centrada en la participación juvenil y el compromiso comunitario en grupos scout de La Matanza. El problema que orienta ese trabajo es cómo determinadas experiencias desarrolladas en estos espacios contribuyen a la construcción de valores democráticos y qué condiciones hacen posible que la participación juvenil se convierta en una práctica efectiva.
Pensar la formación ciudadana desde esta perspectiva permite ampliar una discusión que con frecuencia queda demasiado ligada a la escuela. La ciudadanía no se construye únicamente a través de contenidos relacionados con la democracia, las instituciones o los derechos. También se construye en las experiencias concretas mediante las cuales los jóvenes aprenden a participar, asumir responsabilidades, expresar sus posiciones, escuchar a otros, construir acuerdos y formar parte de decisiones colectivas.
En este punto, la propuesta pedagógica scout tiene algunos elementos que merecen ser observados con atención. La organización de los jóvenes en pequeños grupos, vinculados con las distintas ramas del movimiento, genera espacios de participación cotidiana en los que las actividades no necesariamente llegan completamente definidas desde los adultos.
La consulta a los jóvenes, la construcción de propuestas y la posibilidad de intervenir en la definición de contenidos forman parte de una metodología que busca que quienes participan no sean únicamente destinatarios de una propuesta diseñada por otros.

Esto no significa que la participación sea igual en todos los grupos ni que las decisiones juveniles tengan siempre el mismo alcance. La autonomía y la participación están atravesadas por relaciones de autoridad y por las características particulares de cada grupo.
Precisamente por eso resulta necesario observar las prácticas concretas y no solamente aquello que se declara institucionalmente.
También resulta significativo el lugar que ocupa la formación de los adultos que acompañan estos procesos. Los educadores scouts atraviesan diferentes instancias de formación pedagógica y metodológica, aunque no necesariamente provienen del campo profesional de la educación. Esta característica introduce otra dimensión interesante, porque coloca la tarea educativa en manos de personas que desarrollan una función pedagógica desde una formación específica dentro de la organización y desde su experiencia como parte de una comunidad educativa.
El movimiento, de este modo, construye una estructura en la que la educación no queda restringida a quienes poseen una titulación docente. Esto no significa equiparar las funciones de un educador Scout y de un docente, porque se trata de instituciones, responsabilidades y contextos diferentes. Sí permite reconocer que existen otros actores sociales que participan activamente en procesos de formación y que, por lo tanto, también deberían ser considerados cuando pensamos la educación y la construcción de ciudadanía.
Pero quizás uno de los aspectos más interesantes para analizar sea el lugar que Scouts Argentina intenta otorgar a la voz juvenil en sus propios procesos institucionales. Los foros y otras instancias de participación juvenil permiten que determinadas problemáticas planteadas por los jóvenes ingresen en espacios de discusión y puedan formar parte de la agenda de la organización. No se trata de afirmar que estos mecanismos sean perfectos ni que todas las demandas sean incorporadas de manera inmediata. Las organizaciones tienen burocracias, estructuras, tiempos institucionales y relaciones de poder que también condicionan estos procesos.
Sin embargo, existe una decisión política y pedagógica relevante en el hecho de generar dispositivos para que las problemáticas planteadas por los jóvenes puedan ser discutidas institucionalmente y, eventualmente, producir modificaciones.
Ese mecanismo merece atención. Porque implica pasar de una concepción de la participación como consulta a una concepción en la que la voz juvenil puede tener consecuencias sobre la propia organización. Entre ambas cosas existe una diferencia sustancial. Preguntar qué piensan los jóvenes no significa necesariamente reconocerlos como sujetos capaces de intervenir en las decisiones. La participación adquiere otra dimensión cuando aquello que se expresa puede modificar prácticas, prioridades o agendas.
Por supuesto, esto ocurre de manera desigual. Hay grupos más receptivos que otros y existen diferentes niveles de apertura frente a las propuestas juveniles. Pero justamente allí aparece una cuestión pedagógica que trasciende al movimiento Scout: la ciudadanía no se aprende solamente hablando sobre participación, sino participando en espacios donde la participación tenga algún efecto.
Esta dimensión puede resultar particularmente relevante para pensar la escuela. No porque la escuela deba copiar la estructura scout ni porque exista una fórmula que pueda trasladarse mecánicamente de una institución a otra. Pero sí puede resultar interesante observar qué dispositivos permiten que los jóvenes tengan instancias concretas para discutir problemas que consideran propios, construir propuestas y participar de decisiones que afectan la vida institucional.
La pregunta no sería entonces cómo hacer que la escuela sea un grupo Scout. Sería mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil, qué espacios reales estamos generando para que los jóvenes puedan ejercer ciudadanía dentro de las instituciones educativas.
La pregunta adquiere todavía mayor relevancia en el contexto actual. Las transformaciones económicas y culturales asociadas al capitalismo contemporáneo han profundizado procesos de individualización, fragmentación y debilitamiento de muchos espacios de encuentro comunitario. Las juventudes se encuentran atravesadas por estas
transformaciones y, al mismo tiempo, por discursos políticos que disputan fuertemente los sentidos de la democracia, la solidaridad, los derechos y la participación colectiva.
En este escenario, construir ciudadanía no puede reducirse a enseñar determinados contenidos.
Necesitamos experiencias. Experiencias en las que participar tenga consecuencias, en las que la palabra pueda ser escuchada, en las que sea necesario construir con otros y en las que los jóvenes puedan reconocer que forman parte de una comunidad cuya organización también puede ser transformada. Los grupos Scout constituyen uno de esos espacios. No todos funcionan de la misma manera, no están exentos de contradicciones y tampoco deberían ser pensados como instituciones ideales. Pero cuentan con una tradición pedagógica que, después de más de cien años, continúa poniendo en discusión una cuestión que sigue siendo central para cualquier proyecto educativo: qué lugar ocupan los jóvenes en la construcción de aquello que los afecta.
Asumo que el desafío actual de la formación ciudadana pase menos por encontrar nuevos discursos sobre la democracia y más por construir dispositivos donde la democracia pueda ser experimentada.
En esa tensión entre lo que las instituciones dicen que quieren formar y las oportunidades reales que ofrecen para participar, todavía tenemos mucho para mirar y discutir.

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Acerca de Franco Castiglia 5 Articles
Licenciado en Tecnología Educativa en la UTN. Actualmente se desempeña como docente de tecnologías en escuelas primarias y de adultos, además de participar como capacitador en el Plan Ceibal de Uruguay. Es Profesor en Educación Primaria. Actualmente cursa la Maestría en Educación en la Universidad Católica de Cuyo. Fue coordinador pedagógico en la Secretaría de Ciencia, tecnología y Políticas Educativas de La Matanza trabajó en programas educativos en el ámbito público, con foco en innovación, inclusión digital e inteligencia artificial aplicada a la educación

2 Comments

  1. Gracias Franco por tu investigación del movimiento scout. Conocí el movimiento por alumnos y por un amigo docente. Luego mis hijos comenzaron en un grupo y me enamoré del movimiento como mamá y como docente Rápidamente pasé a ser dirigente y me formé para serlo.Es cierto todos los grupos tienen sus particularidades pero siempre me llamó la atención la capacidad de organizar y de liderar de sus miembros. Creo que sin dudas hay mucho de la pedagogía scout que como docentes debemos mirar. Gracias Daniela por tu interés en el movimiento y por publicar este artículo maravilloso.

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