La triste historia del cacique ranquel Millan

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…Lo exigió lo más que pudo, azotando a su flete como nunca y a galope tendido durante esa noche helada, buscó desesperadamente entre las sombras una salida hacia las orillas, intentaría llegar al menos río abajo, el paso ancho podría ser su salvación, pero ese paso aún distaba a dos leguas, hizo una corta pausa para el respiro del caballo y en el afán de encontrar una nueva huella, saludó a la gente escondida entre esos montes, reconoció a su jefe y se acercó entonces a Painé, luego de intercambiar unas palabras, con un abrazo apretado y en silencio se despidió, no había más nada para decir en esas circunstancias, Painé, a esas alturas resignado, decidió que se quedaba junto a su gente, no podía abandonar a su familia y tampoco continuar escondiéndose más, venían de diez días arrastrándose apenas y a tientas, sin alimento, abrigo y sin poder encender fuego. Sigilosamente Millán junto a sus pocos hombres caminaron llevando el caballo a tiro hasta encontrar una picada que les permitiera adelantarse al enemigo, entre los espinillos que arañaron aún más sus andrajos, hicieron escasos metros logrando alcanzar nuevamente la rastrillada que los había traído hasta estos peñascos, Millán montó junto a sus compañeros para seguir, pero ya era demasiado tarde, sintió el tropel de sus perseguidores a sus espaldas y con su pingo mancado y en estado deplorable, fué cuando Millán se supo preso de una encerrona que anticipaba un trágico final. Seducido quizás por la muerte, miró hacia atrás para convencerse que no había escapatoria, vió entonces a sus compañeros detenerse frente a la barranca y acercándose a ellos con la lanza en ristre, miró a cada uno a los ojos en señal de rápida despedida, volviéndose hacia sus enemigos quebró su chuza con inevitable rabia y un grito de guerra al unísono hizo temblar las polvorientas bardas, los guerreros con los últimos soplos de su orgullo clavaron sin más sus pampas en las verijas de los pingos, arrojándose al vacío en un silencio eterno e infinito que solo aquellas aguas turbias del Rio Negro tradujeron en un abrazar a esos hijos de la tierra en apagados chapuzones, la correntada en su natural armonía se llevó sus cuerpos y el hielo de sus costas apagó lentamente sus gritos, apenas si asomaba el sol en ese gélido 21 de Agosto de 1833, dolida claridad que dibujada en los brazos del Choele Choel sirvió como testigo de ese tragico final que el tiempo aún calla y la historia no digiere.
Corría el año 1819 y el Cacique Ranquel Nicolás Millán llegaba calmo y orgulloso a esa reunión, allí, en las tolderías de Lienan, esperaban los grandes Lonkos reunidos y por supuesto el gran Jefe Carripilun presto a jurar el tratado de Paz con Don Feliciano Chiclana.
En 1820, fiel a su juramento, no se adhirió a favor de la guerrilla del General Chileno José Miguel de La Carrera y Verdugo, en cambio se pronunció a favor del Gobierno de Buenos Aires junto al numeroso grupo de caciques pampas que obedecían al Cacique Nicolás Quintana. Eran tiempos de guerra, de esa cruenta «guerra a muerte» entre indígenas acólitos a la Corona Española e indios patriotas, conflicto trasladado al interior de las pampas.
En Julio de 1824, siete caciques (entre ellos Millán) se presentaron ante el Gobernador de Córdoba, solicitando un tratado de Paz, porque el gobernador los había hostilizado.
Para dar garantía de su palabra Millán, Nahuel y el Caciquillo Quintuy se ofrecieron para quedarse como fieles rehenes mientras se hicieran las gestiones pertinentes, querían si o si volverse con la paz firmada, pero lamentablemente estas gestiones del Gobernador Juan Bautista Bustos marchaban lentamente, Córdoba también tenía sus ribetes de guerra civil y levantamientos por doquier, se volvieron a su entender con las manos vacías.
Lo vemos después en 1826 asistiendo como siempre de manera puntual en el Parlamento general del Arroyo Epecuén, en éste vió como los boroganos recién llegados también eran incluidos en dicho tratado, los tiempos habían cambiado y el tablero de las pampas del plata olía a lanza, sangre y chispa, mes a mes las parcialidades migraban desde Chile a estas tierras, unas a pie, otras montadas, las que en su momento tomaron partida por el Rey caminaban de noche, escondidas por los montes, los otros, los que jugaron a la partida ganadora lo hacían de día, buscando a los visitantes bola en mano para saldar viejas deudas.
Los boroganos trataban de reubicarse y lavar sus penas con el gobierno o pactar con los ranqueles, no había más lugar y el hombre de mas poder, Yanquetruz, solo aceptaba pocas fracciones, como líder deambulaba por todo el territorio reacomodando familias, aguadas, poniendo paños fríos y pasando a degüello a todo recién venido que viniera a discutirlo.
Millán, en su momento mas comprometido de éste con los hermanos Carrera, lo había aconsejado bien, no involucrarse más allá de las partidas que fueran para ganar yeguas o vacas, pero Yanquetruz en esa oportunidad «no lo escuchó y encima se ofendió», pese a saberlo un hombre que siempre participaba en las grandes decisiones como lo fue en el Tratado de la Laguna del Guanaco para concertar un acuerdo de paz general, porque nadie podía discutirle que el primero en asistir fué él, Millán, acompañado por supuesto de otros grandes como Epuán, Güenin y demás.
Pero con el correr de los años los escenarios fueron cambiando, con el llegar de los Pincheira, la guerra civil recrudeciendo y Rosas decidiendo su avanzada contra los ranqueles y Hulliches, el ambiente se fué transformando en llanto y muerte.
A raíz de internas con una parcialidad recién llegada y siendo aliado de Yanquetruz, la tribu del Ranquel Millán quedó en el medio y fué tenazmente perseguida por le Expedición Combinada de la Campaña de Rosas, precisamente fué Don Juan Manuel quien anotó en su diario: «Han sido destruidas las tolderías de los Caciques Lupo, Loncará, Maulín, Catrén (Catrenao), Painé, Millán, Milagrá (Millagrán) etc.»
El 9 de Agosto por un parte urgente, Rosas es informado que en la Isla de Choele Choel habían tres caciques que habían logrado días antes escapar de sus perseguidores: Tumuñá, Painé y Millán, el parte era certero, allí estaban escondidos.
Los persiguieron noche y día y así los alcanzaron a la madrugada del 21 de Agosto, Millán, Pochilonkó y otros nueve indios en su huida se tiraron al agua, algunos aseguran que se ahogaron y murieron en las aguas heladas. Al Cacique Painé lo hicieron prisionero junto a setenta y seis lanceros y casi un centenar de miembros de su familia.
De Millán nada más se supo, nadie más habló de él, solo algunos viejos lo siguieron recordando en los fogones como aquel cacique que «prefirió matarse antes que ser prisionero e’l trewa…», unos lo consideran un gran interpretador de las ocultas políticas del blanco, otros un gran jefe por la forma de defender a su gente en cada parlamento en que participó, los más, siempre lo tuvieron como un hombre calmo, dicen, «siempre con la palabra justa, siempre buscando la paz».
Hoy, así como reza su corta historia, así quiere recordarlo su pueblo ranquel.
MILLÁN –
Datos y detalles históricos extraídos del libro «CACIQUES PAMPAS – RANQUELES» – Meinrado Hux. [1999]
El Elefante Blanco (2013) – 1° reimpresión.

Extraido de Nacion Ranquel

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