En Octubre de 1868 los dos primeros Presidentes de una Argentina recientemente unificada pusieron en debate dos modelos de desarrollo que moldearon el pensamiento nacional de fines del siglo XIX.
“Mi estimado Presidente: Me aseguran que ha aceptado usted una invitación a Chivilcoy. Sé que hay un express-train a las nueve de la mañana… Haríamos un excelente viaje si nos juntásemos en un mismo carro. Yo estoy aburridísimo de mi papel de hombre expectable. Su afectísimo amigo, Domingo F. Sarmiento”.
A principios de Octubre de 1868, pocos días antes de sucederlo en la presidencia, Sarmiento invita a Bartolomé Mitre a viajar juntos a Chivilcoy, pero el Presidente saliente declina la invitación. Este hecho, aparentemente menor, fue la antesala de una situación inédita: dos colosos del liberalismo triunfante sobre los caudillos del interior brindarían en el mismo mes y en la misma ciudad, dos discursos que pondrían en debate el modelo de desarrollo argentino de las siguientes décadas. Que hayan elegido la misma ciudad no fue una casualidad. Ambos habían impulsado la Ley de Tierras de Chivilcoy. En particular, Sarmiento había recogido la inquietud de cientos de agricultores de Chivilcoy que reclamaban la subdivisión de tierras fiscales dadas por Rosas a unos pocos enfiteutas. También, que el Estado las pusiera en venta a pequeños propietarios con la obligación de cultivarlas.
Sarmiento, como Senador de Buenos Aires impulsó el proyecto y logró su aprobación en 1857. Una década después, el desarrollo de Chivilcoy impulsado en gran medida por esa Ley, sería presentado por Sarmiento como su proyecto Presidencial: una Pampa civilizada basada en la agricultura, la escuela pública y la pequeña propiedad. Sarmiento buscaba superar el modelo de latifundio ganadero que él asociaba a la «barbarie» y al atraso. Veía en Chivilcoy un modelo similar al de los farmers que había conocido en Estados Unidos. Tambien veía al Ferrocarril del Oeste como una herramienta esencial para ese desarrollo. En su célebre discurso de Chivilcoy lo expresa claramente: “el ganado es simplemente una fruta que tiene patas para transportarse. El ferrocarril hace hoy superfluas las patas. Chivilcoy ha probado que se cría más ganado dada una igual extensión de tierra, donde mayor agricultura y mayor número de habitantes hay reunido… Chivilcoy ha sido el pioneer que ensayó con el mejor espíritu la nueva Ley de Tierras y ha estado demostrando por diez años que la Pampa no está condenada a dar exclusivamente pasto a los animales. Digo, pues, a los pueblos todos de la República, que Chivilcoy es el programa del presidente don Domingo Faustino Sarmiento, doctor en leyes de la Universidad de Michigan, como se me ha llamado, por burla”.
Sarmiento asumió la presidencia el 12 de Octubre de ese año. Mitre viajo a Chivilcoy el 25 de ese mes y le respondió al flamante presidente, prácticamente sin nombrarlo, con un ácido discurso: “… aquí tenemos cómo los sabios dicen grandes disparates por no tomarse el trabajo de estudiar las cosas más de cerca …y ya que hemos hablado de los sabios, vamos a ver si saben tanto como dicen, vamos a ver si la sabiduría colectiva del pueblo debe inclinarse ante los maestros presuntuosos que creen que el saber humano está encerrado únicamente en un libro y un tintero”. Más allá de su creciente rivalidad con Sarmiento, el núcleo central del discurso de Mitre apunta a relativizar la acción o la visión de los políticos en la planificación del desarrollo, y pone el centro de gravedad del progreso argentino en las acciones individuales de las personas. Asi, la libre navegación de nuestros ríos, y la fundación de la ciudad puerto de Buenos Aires se la deberíamos mas a la iniciativa privada que al impulso del gobierno.
Según Mitre “cuatro oscuros contrabandistas cuyos nombres merececían pasar a la historia antes que el nuestro, porque ellos fueron los precursores, hicieron el experimento a su costa y riesgo”. Respecto de la ocupación del territorio, Mitre consideraba que esa gran conquista no se debería tanto a un plan metódico del Estado como al instinto y las necesidades sociales de individuos que “con el auxilio de las vacas y de los caballos ocuparon el desierto. No tenían ferrocarriles para marchar a vapor, por eso se hacían seguir con animales. Esta era la civilización pastoril, marchando en cuatro patas, que algunos de nuestros doctos llaman barbarie. Maldicen la ganadería y preconizan la agricultura, pero para alcanzar su bello ideal sería necesario reducirnos a una estrecha zona del territorio, reconcentrar las poblaciones a los márgenes de los ríos y vivir esclavos de la tierra, esperando lo que produjese”.
Este contrapunto de los primeros dos presidentes de la Argentina unificada se produjo en un contexto donde había que construir una Nación, y no ahorraban pasiones defendiendo sus intereses y visiones políticas en el camino. Nuestro país era prácticamente un desierto que debía ser poblado y desarrollado.
El proyecto de Sarmiento pretendía superar al de Mitre, que se basaba en las grandes haciendas y en la ganadería. Sarmiento creía que la producción agrícola en tierras de menor tamaño favorecería la organización de los agricultores, como ocurría con los farmers que había conocido en Estados Unidos. El desarrollo de Chivilcoy no era para Sarmiento simplemente un modelo de explotación económica favorecido por su Ley de Tierras de 1857, sino una forma de organización social y política moderna que permitiría superar la barbarie, un plan de gobierno para el desarrollo argentino: A los gauchos, a los montoneros y a todos los que hacen el triste papel de bandidos, porque confunden la violencia con el patriotismo, decidles que me den el tiempo necesario y les prometo hacer cien Chivilcoy en los seis años de mi gobierno, con tierra para cada padre de familia y con escuelas para sus hijos”
La nota fue realizada por Eduardo Falcone. Diputado Nacional del Movimiento de Integración y Desarrollo. Es licenciado en Economía y contador, por la Universidad de Buenos Aires.
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