I. El desencadenamiento del conflicto Muchas corrientes historiográficas han puesto de manifiesto la estrecha relación entre los resultados de la guerra franco-prusiana y la Primera Guerra Mundial. Para éstas, la pérdida de territorios y la gravosa deuda externa que le dejó a Francia eran términos técnicamente insoportables para una potencia que debía convivir con la amenaza continua de la expansión alemana. Para Alemania, su victoria no había sido recompensada en el momento del reparto colonial, lo cual demostraba que las antiguas potencias no estaban dispuestas a ceder terreno a pesar de su relativa pérdida de dinamismo industrial. Los repartos imperiales no satisfacían claramente a Alemania, y por eso se ha dicho reiteradamente que la primera conflagración era la continuidad de la competencia económica a través de las armas. Posiblemente en esta afirmación del “sentido común” haya algo de verdad y también alguna arista de simplismo.
La guerra era también la conjunción de un conglomerado de variables que confluyeron negativamente e hicieron eclosión. El carácter imperialista de la época se combinaba con un nacionalismo exacerbado que se entroncaba con cuestiones étnicas y culturales. Este elemento fue más abordado por los especialistas respecto de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo estuvieron también presentes en su antecesora, aun cuando los componentes racistas no adquirieran características tan extremas. El fortalecimiento de los valores nacionalistas en el universo simbólico de los individuos es un elemento común a las fases previas y durante el transcurso de conflictos bélicos entre naciones; sólo basta con mirar el actual reverdecer del nacionalismo norteamericano para dar cuenta de ello. Pero lo cierto es que Alemania era el paradigma de ese nacionalismo. Cuando Alemania se convirtió en una gran potencia económica, su estructura social se caracterizó por la preeminencia de una gran aristocracia militar que se combinó con el auge del romanticismo y del arte en el pensamiento germánico. Este cóctel creó una disputa de valores en el seno de su propia sociedad que enfrentaba a los que propiciaban una verdadera vida moral germana en contraposición con aquellos sectores políticos cuyo mayor baluarte era el individualismo democrático. Como diría un contemporáneo de la época, Max Weber, era una verdadera lucha por la imposición de valores, pero mientras unos propiciaban la adscripción a una regla objetiva de acción basada en una única moralidad, los otros consideraban que la democracia liberal era la escala de evolución humana más sublime. Sin embargo, el nacionalismo ofrecía un nexo entre los alemanes mucho más fuerte que el propio concepto de representación democrática. De esta forma, el pangermanismo comenzaría a desarrollarse en detrimento de la individualidad democrática que cada vez fue más asociada al egoísmo burgués. Esta tendencia fue instaurando un fanatismo de la superioridad germánica sobre el resto de los pueblos. Los resultados de la Primera Guerra no resolverían en absoluto esta cuestión, más bien la exacerbaría hasta grados inverosímiles. Cada vez más el nacionalismo se asimilaría a la raza, se disfrazaría de ciencia y actuaría como sustituto religioso para un mundo secularizado que debe encontrar otro universo de identificación societal.
Pero este nacionalismo no era un atributo exclusivo de Alemania, sino que subyacía en todas las sociedades europeas desde los inicios del siglo XX. El lento pasaje a una economía de carácter endógeno alimentaría en el plano de las relaciones de mercado esta lógica nacionalista.
Francia era también tributaria de esta tendencia, pero más lo eran los países de origen eslavo y también estaban presentes en los que aún subsistían del viejo imperio turco.
No obstante, esta cuestión se mostraría más traumáticamente donde efectivamente explotó la guerra. La zona de los Balcanes eran desde hacía cincuenta años un verdadero hervidero. Los nacionalismos étnicos hicieron de esta región el epicentro del conflicto que cruzaba la dupla imperialismo-nacionalismo. Desde 1861, las luchas por la independencia que libraron Bosnia Herzegovina Serbia, Bulgaria, Macedonia yMoldavia habían enfrentado a los imperios turco, austro-húngaro yruso, los cuales disputaban por la dominación de estos territorios. Los resultados provisorios en este período fueron delineando al enemigo a la vez que alimentaba cada vez con mayor fuerza los nacionalismos. En 1888, los búlgaros se unieron a las fuerzas rusas en contra de los turcos y lograron la independencia bajo la tutela rusa. Rumania, Montenegro y Serbia también vieron reconocida su independencia aunque ésta no duró mucho. Tropas austro-húngaras ocuparon los territorios turcos de Bosnia y Herzegovina y se anexionaron ambos territorios con lo cual se cercenó el intento expansionista de Serbia que buscaba unificar esta zona bajo una única soberanía. El proyecto serbio incluía una parte de Hungría: Croacia. Esta idea se plasmaría, luego de la guerra, con la creación del Estado de Yugoslavia.
El proyecto de los Eslavos Libres del Sur tenía base en Serbia, pero sus ramificaciones por todos los países balcánicos hicieron que el asesinato del archiduque Francisco Fernando fuera realizado por un agente bosnio de la organización serbia Mano Negra, brazo armado del movimiento Eslavos Libres del Sur. Era mucho más que un acontecimiento de terrorismo anárquico, era todo un símbolo de cuánto estaban dispuestas estas naciones eslavas para repeler las anexiones de los territorios al imperio austro-húngaro, además, como se dijo, esta aversión también se extendía al imperio turco. Por ello no se trató de un problema diplomático que las potencias europeas no tuvieron la astucia de resolver rápidamente, era, por el contrario, un conflicto de mayor envergadura que involucraba a tres imperios y que por efecto de las alianzas prexistentes y por las propias necesidades de expansión y del prestigio nacionalista alemán se transformó en la Primera Guerra Mundial. El problema de los Balcanes era mucho más dramático y profundo como para reducirlo a un acontecimiento individual como el asesinato del heredero del imperio austrohúngaro. Éste sólo fue su desencadenante.
En el transcurso de un mes, los acontecimientos se precipitaron de tal forma que no hubo posibilidad de retorno. Austria declaró la guerra a Serbia, Rusia decretó la movilización de sus tropas contra Austria y ésta impulsó a que su socia, Alemania, declarara la guerra a Rusia y atacara simultáneamente a Bélgica, obligando a Francia a resguardar sus fronteras en una contraofensiva. Esto disparó un sucesivo torrente de acuerdos que llevaron a que Francia, Inglaterra y Rusia compraran la participación de Italia en su bloque, a los cuales se sumarían la agredida Bélgica, Rumania, Grecia y Portugal. Japón en un golpe oportunista ocupó las posesiones alemanas en el extremo oriente y el Pacífico, quedando dentro de la coalición. La Triple Alianza se ampliaría con la ayuda brindada por Turquía y Bulgaria. La guerra ya era de carácter mundial. Los países de América Latina fueron compelidos por sus metrópolis económicas a participar nominalmente de la gran conflagración comprometiéndose a no comercializar con las potencias enemigas. A cambio de eso se les aseguraba que, cuando retornara la calma, se verían beneficiados por la elevación de los precios de los productos primarios. De esa forma Brasil, Honduras, Costa Rica, Haití, Ecuador, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay adoptaron una acción diplomática beligerante.
Todos los estrategas militares, así como los gobiernos, consideraron que la guerra se desarrollaría en breve tiempo, definiendo sintéticamente al ganador absoluto. También justificaron su acción bélica con el argumento según el cual el peligro inminente de invasión por parte del país enemigo los impulsaba a actuar primero. En definitiva, para todos se trataba de una guerra defensiva; para todos el enemigo era el agresor, por ende, nadie asimilaba parte de responsabilidad sobre la guerra. Esto se plasmaría luego en el ensañamiento contra Alemania, considerada la única
culpable del conflicto.
La guerra quedó empantanada a partir de 1916, cuando ninguno de los bandos pudo modificar las fronteras; de tanto en tanto las tropas lograban avanzar unos metros más, recluyendo un poco a su enemigo, para luego tener que recular esos pasos que había realizado. La estrategia militar, transformada por el virtual empate en una guerra de trincheras, hacía que los soldados quedaran atrapados en sus lugares de combate, saliendo de vez en cuando, para evitar el congelamiento del conflicto en el frente de batalla. Dieciocho millones de muertos fue el saldo de esta contienda. Pero necesitó de tres puntos de inflexión para que saliera del pantano en que se encontraba. Los tres en un mismo año: 1917. Los tres se podían definir como: un acontecimiento militar –la desintegración del imperio austro-húngaro–, un acontecimiento político –la revolución bolchevique–, un nuevo actor internacional en la escena del conflicto –la inserción de Estados Unidos en la guerra.
El primero ocurrió en enero de 1917, cuando las tropas francesas y británicas, ahora incrementadas en una gran alianza, lograron quebrar el cerco austro-húngaro, ingresando a los territorios checos, eslovacos y de Bohemia. Esto provocó el arrinconamiento en una extrema debilidad territorial al viejo imperio de los Habsburgos y terminó generando su desintegración. El segundo acontecimiento es relatado por los autores de este libro en el capítulo específico sobre la Revolución Rusa. Basta decir que le permitió a Alemania establecer un control importante sobre amplios territorios: parte de Polonia, las regiones del Báltico yUcrania, Finlandia yMoldavia. La salida de Rusia no significó ninguna ventaja inicial para los aliados pero sí sería un factor clave de la construcción mundial luego de concluida la guerra. El tercer cambio que se operó en este año fue la decisión del presidente norteamericano T. W. Wilson de ingresar a la Guerra Mundial. Este viraje de la política internacional norteamericana fue justificado desde diversas perspectivas. Una de ellas da cuenta que Estados Unidos encarnó con su intromisión una cruzada democrática y moralista. Desde esta lectura, se trataba de sumar, pero en carácter de líder, a una lucha civilizatoria. Pero también se afirma que Estados Unidos se vio obligado a ingresar porque en el transcurso de la guerra se había transformado en el principal acreedor de los países aliados y debía acelerar la culminación urgente del conflicto para asegurarse el cobro de las deudas. Una tercera perspectiva considera que Estados Unidos esperó estratégicamente a que ambos bandos se debilitaran para ingresar a la guerra oxigenando el conflicto, que por otra parte le era ajeno; con esto se garantizaba salir victorioso y lograr un lugar de privilegio en la configuración del orden mundial posterior a la contienda. Posiblemente las tres posturas tengan algo de razón; efectivamente el gobierno sustentó su ingreso a la guerra bajo la consigna de la lucha por la democracia y la libertad, lo cual le permitió la legitimidad política necesaria para movilizar a la población en función de ese objetivo; asimismo su incursión le permitió, en su carácter de acreedor, preservar su posición de prestatario; las dos primeras pudieron satisfacer los deseos norteamericanos. La tercera sólo pudo realizarse en los primeros meses con el alto protagonismo que adquirió el presidente norteamericano Wilson, en la Conferencia de Paz. Pero luego la estrategia política de Estados Unidos fue retirar se de la escena y manejar sus relaciones con Europa a través de la diplomacia bilateral. Su hegemonía sería alcanzada en la Segunda Guerra Mundial, utilizando las mismas estrategias.
Con la ayuda propiciada por Estados Unidos, los aliados comenzaron a avanzar sobre territorios enemigos en forma cada vez más firme a partir del mes de julio de 1918, y en pocas semanas, con sus aliados destruidos, Alemania, se declaraba vencida.
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