La Salud mental en el Sistema Educativo: Medidas de Protección. Colombia

La Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) considera la Salud como, “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad o dolencia” (Constitución, 1948). Sostiene que las personas con problemas de Salud Mental son víctimas de violaciones a los derechos humanos, discriminación y estigma y que, por lo tanto, deben recibir una cobertura universal de salud gratuito, de calidad, referida al cuidado seguro, eficaz, oportuno, eficiente, equitativo y centrado en las personas.

La Antipsiquiatría
La antipsiquiatría nace en los años 60, como un movimiento crítico de cuestionamiento y resistencia a los fundamentos y las prácticas de la Psiquiatría. La Psiquiatría y su enfoque biológico de la enfermedad, sostiene que las personas con dificultades mentales o emocionales están “enfermas mentalmente” (Cea-Madrid y Castillo-Parada, 2016), asunto que no se ha podido demostrar de manera científica, lo que supone una escasa credibilidad, legitimidad y autoridad científica de la psiquiatría, como disciplina de especialidad médica (Pérez-Soto, 2012; c.p.). También sostiene múltiples críticas al encierro en las instituciones por la pérdida de libertades, así como el distanciamiento emocional y social de las personas, lo que llevó a los países a una lucha por el respeto de los derechos civiles, el resguardo de la Autonomía y el abandono del poder autoritario por parte de los profesionales e instituciones públicas.
En los años noventa surge una “nueva antipsiquiatría” que se opone a la medicalización, al uso abusivo de los psicofármacos (Pérez-Soto, 2012; c.p. Cea-Madrid y Castillo-Parada, 2016) y propone el desarrollo de estrategias no medicalizadas de abordaje, el Abordaje Psicosocial de Atención, sin la necesidad de un diagnostico psiquiátrico o un tratamiento farmacológico (Cea-Madrid y Castillo-Parada, 2016). Asimismo, crítica la clasificación diagnóstica, el uso de los Sistemas de Clasificación de las Enfermedades Mentales (DSM-5, Asociación Americana de Psiquiatría, CIE-11, O.M.S.), así como la extensión de la lógica psiquiátrica a la psicología (Rapley, Moncrieff & Dillon, 2011; Pérez-Soto, 2009, 2012; c.p.).

Sobrediagnóstico, Medicalización y Psicopatologización de la vida cotidiana
En la Medicina el término “sobrediagnóstico” se refiere al “diagnóstico de una enfermedad que no ocasionará síntomas a lo largo de la vida de una persona” (Martín Álvarez y Tranche Iparraguirre, 2016), pero si daños y costos, como los efectos negativos por las etiquetas clínicas innecesarias, el impacto social y ético. Las razones de esto se deben a que existe una delgada línea entre la salud y la enfermedad que ocasiona un riesgo de “que grandes proporciones de la población pasen a ser etiquetadas como enfermas” (c.p., p. 620).
El término “medicalización de la vida” es otro problema identificado por la Medicina Familiar, entendiendo por medicalización, “el proceso de convertir situaciones que han sido siempre normales en cuadros patológicos y pretender resolver mediante la medicina, situaciones que no son médicas, sino sociales, profesionales o de las relaciones interpersonales” (Orueta Sánchez et al. (2011). Según los autores esto nos aleja de la capacidad de resolución, para el cual la medicina no tiene soluciones adecuadas, ni eficaces, pero además afecta el nivel de tolerancia de la situación en sí. Porque los procesos sociales, personales y emocionales pasan a considerarse como problemas médicos, en el que se consideran anormal una situación, sufrimiento o problema, como consecuencia de que la noción de salud/enfermedad es una construcción sociocultural y existen dificultades para establecer los límites entre la normalidad y la anormalidad.
López-Rodríguez (2018) hace una revisión del estado del arte sobre las diferentes formas de sobreutilización, sobrediagnóstico y sobretratamiento dentro de la Salud Mental, donde describe la “psicopatologización” de la existencia cotidiana y menciona el caso de los niños con déficit de atención, como un caso de sobrediagnóstico caracterizado porque se etiqueta a los niños y jóvenes, solo por presentar una conducta inapropiada para su edad. También se refiere a la tendencia a medicalizar los procesos de duelo, las dificultades para dormir, etc. El autor describe un Decálogo con algunas estrategias para reducir la sobreutilización médica en Salud Mental, adaptado de Cerecedo Pérez et al. (2013): (i) el paciente es experto en su vida, por lo cual es el protagonista, lo que justifica el autocuidado y los cambios en los estilos de vida, como la solución a muchos de los problemas de salud. (ii) no todo sufrimiento es enfermedad, resulta importante normalizar situaciones vitales conflictivas para disminuir su medicalización.
Asimismo, Sánchez (2021) considera el sobrediagnóstico y la patologización, como la tendencia creciente por parte de profesionales de la Psicología Clínica, las instituciones y las personas en general, a adjudicar enfermedades mentales a personas que no los padecen y a considerar que necesitan de tratamiento psicológico e incluso farmacológico. Lo que lleva en consecuencia a un seguimiento y tratamiento inadecuados. El autor se refieres a la tendencia actual a tratar con medicinas, ciertas etapas como la adolescencia, el envejecimiento o la menopausia. Y en la Psicología, a la necesidad de tratar procesos como la tristeza, el duelo, el miedo escénico, la soledad o la homosexualidad, como si fueran trastornos mentales (Sánchez, et al. 2011; c. p.). En algunos casos, la patologización de la vida cotidiana puede llevar al sobrediagnóstico, por ejemplo, el comportamiento inadecuado de un niño en la escuela, como consecuencia de padres negligentes en su cuidado, puede ser malinterpretado como un síntoma de hiperactividad; por lo cual pudiera ser tratado farmacológicamente, de manera errada, sin intervenir en el origen del fenómeno como son los patrones de crianza de los padres.
Las consecuencias del sobrediagnóstico y la patologización de la vida cotidiana ocurren tanto a nivel personal como social, como son eximir de responsabilidad a la propia persona y, por lo tanto, la asunción de actitudes pasivas ante los conflictos personales, la afectación de la autoestima y la estigmatización de las personas exponiéndolas al escarnio público (Sánchez, 2021). La prevención de ambos fenómenos pudiera lograrse mediante la promoción de prácticas profesionales basadas en la evidencia científica (Organización Mundial de la Salud, 2013; Martín, Tranche, 2016; López, 2018; c. p. Sánchez (2021).

Ampliación del Campo de la Psicología Educacional e incorporación de la Psicología Social al ámbito educativo
La Psicología de la Educación, era un enfoque dedicado exclusivamente a la génesis y el desarrollo de los procesos involucrados en la enseñanza y en el aprendizaje, siendo excesivamente individualista, simplista, racional, descontextualizada y ligada a los modelos clínicos terapéuticos asistencialistas tradicionales; sin embargo, ante el tránsito de la Educación de un paradigma de la simplicidad a uno de la complejidad de los Sistemas Educativos, ahora estos son concebidos como un espacio sociocultural sujeto a transformaciones y cambios, donde la persona y la cultura son inseparables. Lo que implica la ampliación del ámbito de actuación de la Psicología Educacional, mediante la incorporación y aplicación de los conceptos y las teorías provenientes de la Psicología Social.
Además, la cultura escolar está en constante construcción dinámica, se modifica y evoluciona continuamente, por lo que la Psicología Educacional y el psicólogo educativo pueden limitarse a reproducir la cultura educativa o pueden utilizar las herramientas, los conocimientos y las competencias de intervención para una transformación educativa, cultural y ciudadana.

Medidas de Protección para los Niños y Jóvenes
En resumen, la Psicología Educacional ha desarrollado un amplo campo de teorías y modelos propios y ha incorporado conceptos y teorías provenientes de la Psicología Social al Sistema Educativo, por lo que no requiere recurrir a la disfunción, las clasificaciones psiquiátricas, la medicalización y los rasgos psicopatológicos para trabajar en pro de la Salud Mental. Con base en las limitaciones científicas, deshumanizantes, discriminatorias y excluyentes del enfoque Clínico Psiquiátrico o Psicológico, así como los riesgos que conllevan en relación con las formas de sobrediagnóstico, sobretratamiento y la psicopatologización de la vida cotidiana, se propone una Medida de Protección para los niños y jóvenes dentro del ámbito educativo: abandonar la utilización de los términos provenientes de la Psicología Clínica y la Psiquiatría en los Sistemas Educativos en general.
De manera que se propone el abandono de términos como: síntomas, trastornos, síndrome, enfermedad mental, depresión, traumas, etc. y en su lugar la utilización de términos de tipo descriptivo, provenientes de la Psicología del Desarrollo, como son: crecimiento, cambios cualitativos y cuantitativos, adaptación, equilibrio, maduración e inmadurez en los principales procesos involucrados en el Desarrollo Humano: psicomotricidad, atencional, habla y lenguaje, cognitivos, motivacionales, perceptuales, emocionales, sociales, morales… Asimismo, la noción de aprendizaje, como “aquellos cambios en el comportamiento de un individuo como resultado de la experiencia y de su contacto con el medio que ocasionan cambios relativamente duraderos” (Faas, 2018).
Los cambios ocurren con mucha frecuencia durante la infancia y la adolescencia, de modo que los diagnósticos clínicos podrían ser pospuestos para etapas posteriores del desarrollo como la adultez, conteniendo y protegiendo a los niños y jóvenes de los efectos negativos descritos anteriormente. Y abrir así una ventana de oportunidades al docente y al psicólogo para atender e intervenir la situación. La propuesta en el fondo sostiene: ¿Por qué no dejar los términos clínicos para etapas mas avanzadas de la vida? Con esto no se pretende desconocer las enfermedades mentales, ni su sufrimiento e impacto. Además, si llegan a surgir casos excepcionales sin aparente solución, siempre pueden ser referidos a profesionales clínicos externos. Finalmente, sabemos que el uso de categorías clínicas patologizantes y estigmatizantes puede sostener una carga de violencia que afecta el desarrollo emocional y social de los niños y jóvenes, la conformación de su identidad, la autoestima y la expresión de género, así como contribuir al acoso escolar, parte de una cultura de violencia ubicua, que abruma y permea a diversos países de América Latina.

Referencias
Cea-Madrid y Castillo-Parada (2016). Materiales para una historia de la antipsiquiatría: balance y perspectivas. Teoría y Crítica de la Psicología (2016), 169-192. http://www.teocripsi.com/ojs/
Faas (2018). Psicología del Desarrollo de la Niñez. 2da edición, Córdoba: Brujas.
Guzmán Utreras (2015). Cultura escolar: reflexiones sobre su intervención desde una mirada sociocultural de la psicología educacional. Summa Psicológica, Vol. 12, N. º 2, 7-17. doi: 10.18774/summa-vol12.num2-264
López-Rodríguez (2018). Sobrediagnóstico en ciencias de la salud: una revisión narrativa del alcance en Salud Mental. Atención Primaria, #50 (S2), p. 65-69.
Martín Álvarez y Tranche Iparraguirre (2016). Sobrediagnóstico, cuando las personas reciben un diagnóstico que no necesitan. Atención Primaria, #48, (10), p 618-610.
O.M.S (2019). The WHO Special Initiative for Mental Health (2019-2023): Universal Health Coverage for Mental Health.
Orueta Sánchez, Santos Rodríguez, González Hidalgo, Fagundo Becerra et al. (2011). Medicalización de la vida (I). Revista Clínica Medicina Familiar, # 4 (2), p. 150-161.
Sánchez (2021). Sobrediagnóstico y patologización en psicología. Mente y Ciencia.

La nota fue realizada por Morella Aranda Guzmán. Psicóloga educativa y social con Especialización en Dinámicas de Grupo y Educación en Valores Ciudadanos.Colombia

 

 

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