Jorge Lapena (Inst. Geografía, Universidad Nacional de La Pampa) [email protected]
Wanda Martínez (Inst. Geografía, Universidad Nacional de La Pampa) [email protected]
Maite Betelú (Inst. Geografía, Universidad Nacional de La Pampa) [email protected]
María Alejandra Pinedo (Inst. Geografía, Universidad Nacional de La Pampa) [email protected]
La Geohistoria puede ser considerada una nueva ciencia o una rama compartida entre la Geografía y la Historia.
Ambas ciencias, en ocasiones emplean los métodos y hacen de este análisis un objeto común, máxime si se considera que los estudios del pasado carecían de un tratamiento de la dimensión ambiental (Castro, 2013). Como antecedente debemos remitirnos a Vidal de La Blache, quien desde el Posibilismo puso en valor la influencia Historicista. El espacio natural no establecía condicionalidades determinantes, ya que las sociedades podían transformar ese medio, y así lo demostraban los cambios materializados en las regiones de Francia (Gómez y Lapena, 2024).
La problemática de su tardía institucionalización académica implicó ausencias en el tratamiento curricular, sobre todo en las materias de Historia y asignaturas afines a la hora de su desarrollo en escuelas secundarias, bachilleratos de adultos e inclusive en ámbitos universitarios (Gómez y Lapena, 2024). Las dimensiones de análisis político, geopolítico, militar, económico, natural del paisaje y más tarde, social, cultural y otras emergentes de las definiciones político-administrativas, tanto a favor como en contra del capitalismo, inspiraron enfoques cada vez más revisionistas o integradores de la realidad (Castro, 2013; Bachmann, 2008). No obstante, la cuestión ambiental no se involucró tanto, al punto de encontrarse textos escolares que no exaltaron esa influencia, aun cuando parte de las pestes o pandemias que asolaron el mundo medieval tienen raíz en la relación sociedad-naturaleza, siendo la propagación de un virus o enfermedad mortal una consecuencia, y no una mera causa (Gómez y Lapena, 2024).
La cuestión ambiental no era explícitamente abordada, aunque se daba cuenta de transformaciones materializadas sobre la naturaleza de las regiones. Cada una de las particularidades de aquellos paisajes ya no eran de por sí naturales, desde la apropiación de los suelos y el uso de los cursos de agua, hasta la vegetación y la fauna silvestre (Waks y Lapena, 2018). Desde el origen de las primeras civilizaciones ello viene sucediendo y, por ende, nos debe exigir un análisis geohistórico ambiental. De hecho, el auge y el ocaso de esas sociedades de la Antigüedad no siempre fueron por causas bélicas o de expansión económica, ya que la crisis ambiental ha convivido en ese marco explicativo insuficientemente desarrollado en la literatura histórica y, sobre todo, en los ámbitos escolarizados (Leff, 1986; Foladori, 2006; Lapena, 2022).
En este sentido, esta línea de investigación propone el desarrollo de esta subrama, definida como Geohistoria Ambiental. Mediante ella, se intenta explicar la incidencia de la dimensión ambiental en lo relativo a los procesos y cambios geohistóricos en el territorio, e inclusive a discusiones o controversias aun abiertas. A diferencia del contexto europeo analizado hace poco más de un siglo por Vidal de La Blache, el caso argentino remite a un análisis semejante a los inicios de las civilizaciones asentadas sobre las márgenes de los ríos Nilo, Éufrates, Tigris, Indo y Amarillo a instancias de la Edad Antigua (Gómez y Lapena, 2024). Concretamente, al Oeste del río Salado Bonaerense, al igual que en la extensión del Gran Chaco, salvo algunas localidades o postas militares ubicadas en áreas litorales, el espacio natural exhibía un continuo eco-regional intacto, cuyos habitantes originarios o poblaciones seminómadas no reportaban una alteración en cada uno de los ecosistemas (Waks y Lapena, 2018).
La apropiación de las poblaciones ancestrales o de aquellas que circundaban el espacio no incorporado territorialmente a las gobernaciones de las Provincias Unidas del Río de La Plata, a excepción de lo publicitado en jurisdicciones con sendos errores cartográficos y descriptivos, se daban bajo una lógica congruente con el equilibrio ecosistémico (Salcedo, 2019). Esa alteración del desierto (Salcedo, 2019; Oszlak, 1997), así catalogado desde el poder político centralizado en la ciudad de Buenos Aires, explicaba un interés y un proyecto que cambió no solo el curso de la historia política, económica, social y cultural, sino también al ambiente.
De acuerdo a Braudel, un referente del Historicismo, la Geohistoria es en sí una Geografía Humana retrospectiva, cuyo objeto de estudio compromete que los y las geógrafas al legado aportado por la Historia, pero no advierte lo inverso, es decir, que quienes se ocupan de temas históricos, lo hagan decididos a contemplar los ambientes, su estado originario o inicial (Castro, 2013). En la misma línea Vidal de La Blache refiere a la necesidad de hacer una Geografía de la Historia, mientras que contemporáneos como George Duby hablan de una Historia de la Geografía de los territorios de la Antigüedad y el Medioevo (Duby, 2021), pero ponderando siempre los cambios en la cartografía y los factores de poder de las civilizaciones colosales. De un modo u otro, recién a finales del siglo XX, la agenda ambiental emerge como una necesidad de ser incorporado a diversos estudios sociales e históricos, según detalla Hortensia Castro (2013), especialista en este campo de investigación interdisciplinario, tan escasamente incluido en los diseños curriculares de las jurisdicciones provinciales de nuestro país.
En parte, estos estudios retroactivos sobre las cuestiones ambientales, no fueron decididamente tratadas como Geohistoria, sino como Historia Ambiental. No obstante, en esa rama, lo ambiental es prácticamente sinónimo de Geografía Ambiental, aunque no se lo presenta como tal (Castro, 2013). Entre los trabajos publicados en el país, la obra “Memoria verde: historia ecológica de la Argentina” (Brailovsky y Foguelman, 1991) confirma lo antedicho y da un marco para posteriores investigaciones, aunque su transposición y otras similares -propias de la línea Geohistoria- no se verifican en los niveles de enseñanza obligatoria pese a la implementación de la Ley Nacional de Educación Ambiental Integral (Lapena, 2023).
En el trabajo aquí desarrollado se abordará un caso testigo, clave para comprender con mayor profundidad los cambios territoriales al Oeste del río Salado Bonaerense. De un espacio natural casi intacto, la apropiación política, económica, social y cultural materializada después de la Batalla de San Carlos (1872) significó la definición de un espacio ambiental, cuya fisonomía marcó una dirección sin retorno. No solo se trató de recursos naturales puestos en tensión, sino de aquellos elementos de la naturaleza que son vitales en el contexto ecoregional.
Bien podemos conceptualizarlos como patrimonios naturales por su jerarquía superior y no vinculante a la decisión política ni al derecho de propiedad privada instaurada en una primera Constitución Nacional (la reforma de cuarta generación recién se incluyó en 1994). Para ello, revisaremos la importancia geohistórica del agua, que en el pasado determinó el asentamiento o tránsito de distintos pueblos, pero también el centro de origen de los distintos ecosistemas, a excepción de los desiertos. Dicho esto, resulta paradójico el escaso abordaje que ha tenido estos contenidos transversales de las Ciencias Sociales a instancias de trabajar lo cercano y lo cotidiano, así como sus análisis retrospectivos y prospectivos de los humedales.
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