1. En este Siglo XXI ¿Cómo hacer una lectura crítica en tiempos de la inmediatez?
La lectura implica tiempo, concentración, y para muchos, también silencio. La inmediatez de la comunicación contemporánea atenta contra eso. En tanto educadores tenemos la responsabilidad de guiar el pensamiento crítico, el análisis crítico de aquello que se lee y se ve. Lleva tiempo, concentración y silencio en las aulas, pero vale la pena. La literatura es un material especialmente fructífero para interpelar la realidad. En mi experiencia como docente e
investigadora, la literatura clásica grecolatina ha sido vehículo para abordar en clase temas sensibles de interés para el estudiantado contemporáneo. Hemos llegado a la conclusión de que la distancia espacio temporal con la Antigüedad favorece el cuestionamiento de patrones y estereotipos históricamente cristalizados, sin herir
susceptibilidades.
2. ¿Imaginemos que usted es el consejero educacional de un país, como Argentina en qué hechos y actividades educativas haría hincapié para que la lectura en las aulas de Argentina sea más didáctica?
Por un lado, creo que se debe profundizar la idea del valor de la cultura escrita, el valor de la tradición, el valor de las ideas. Como decía Ghandi, “volver a la rueca”. Ya no se cree que la cultura tenga interés ni importancia. Ya no se aprecia a docentes ni a científicos. Las políticas de vaciamiento y las acusaciones de adoctrinamiento han terminado de erosionar el prestigio del conocimiento. Por desgracia, eso impacta en cada aula del país y en la tarea de cada docente, que debe —si se me permite el neologismo— relegitimar su proceder en cada clase. Se sabe que no es un problema local, sino que la crisis de la cultura en general y de las humanidades en particular es un fenómeno global. Ante tal estado de cosas, considero que hoy, más que nunca, los gobiernos deben tomar medidas que acerquen la cultura y el conocimiento científico y que engrandezcan a sus creadores. Por otro lado, resulta fundamental la capacitación —establecida como derecho del docente en el artículo 67 inciso b de la Ley de Educación Nacional— en cuanto a qué leer, cómo leer, cómo acercar la lectura a los alumnos según su contexto. Como ha demostrado la historia, una sociedad que no conoce el pasado resulta más endeble a la manipulación. Debemos velar por el incentivo a la educación.
3. ¿Leer en una pantalla es leer de verdad?
Por una parte, los adolescentes del siglo XXI, en cierto sentido, leen más que los de hace treinta años. El constante uso de aplicaciones de chat los obliga a leer y escribir cotidianamente. Resulta valioso, en las clases del área de Lengua y Literatura, aprovechar aquello para enseñar categorías como registro, dialecto, puntuación.
Por otra parte, el acceso a textos literarios y no literarios mediante dispositivos, en cierta medida, ha democratizado el acceso a la cultura. Políticas como Conectar Igualdad consiguieron ampliar la oferta de textos en contextos de difícil acceso a libros. Creo fundamental la profundización de políticas de difusión tanto de dispositivos —esenciales para el aprendizaje de la comunicación mediante TICs— cuanto de libros en papel.
4. ¿Si a los niños y adolescentes les cuesta leer y se desanima, ¿es normal?
Debemos aceptar la idea de que el libro ha perdido la batalla contra las pantallas. Niños y adolescentes privilegian, aún más que décadas atrás, los consumos audiovisuales. Tal situación requiere un mayor compromiso por parte de los adultos tanto en la escuela como en el hogar. En este sentido, creo necesario orientar desde las instituciones educativas a las familias: sugerirles lecturas para sus hijos, concientizar sobre los perjuicios del uso excesivo de pantallas y sobre el valor de la cultura escrita. El mundo adulto debe hacerse cargo también de su propia relación con la lectura. Si un niño no ve a sus padres leer, difícilmente adoptará ese hábito por sí mismo. Si un adolescente escucha a sus docentes hablar más de series que de literatura, sería raro que opte por esta última.
5. Fátima: ¿Hay un buen método de lectura?
Creo que nuestra función como educadores es, en primer lugar, difundir el placer de la lectura, “el placer del texto”, como decía Roland Barthes: facilitar el acceso a los textos poniendo de relieve la belleza de la lengua y de las historias que transmite. En segundo lugar, la transposición didáctica requiere de nuestra parte definir cuánto se lee en las clases y cuánto se les solicita a los estudiantes leer fuera del aula. Es esencial la elaboración de materiales
didácticos que favorezcan la comprensión, contemplando las particularidades de cada grupo.
Gracias Fátima.
Perfil de Fátima Iribarne: Licenciada y Profesora en Letras Clásicas (UBA) y Magister en Educación (UTDT). Se desempeña como docente de Latín en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Austral, y de Literatura y Prácticas del Lenguaje en nivel secundario. Realiza tareas como investigadora formada en el Instituto de Filología Clásica (UBA) y en el Instituto de investigación de Filosofía, Historia, Letras y Estudios Orientales (USAL). Sus temas de interés son la didáctica de la literatura grecolatina y su difusión en diversos espacios educativos. Ha dictado y coordinado cursos y capacitaciones sobre literatura clásica.
Sé el primero en comentar