Algunas reflexiones en torno a qué puedo atesorar y qué puedo resignificar, como docente, en estos tiempos

Este tiempo de pandemia, de incertidumbre, de encuentro con uno mismo, de diálogo y comunicación cada vez más posible, pero a la vez, tiempos de más desencuentro e incomunicación, me lleva a replantearme y revisar mis prácticas docentes…
¿Qué atesoro? ¿Qué resiginifico? Esa capacidad de ser protagonista y productora de contenido, en y desde la virtualidad; esa capacidad de apertura a nuevos aprendizajes, a deconstruir modalidades arraigadas y matrices duras. Al decir de Eric Hoffer: “En tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje se adueñaran del futuro, mientras que aquellos que creen saberlo todo estarán bien equipados para un mundo que ya no existe”.
Siento que estoy interpelando mi propia subjetividad, mi forma de “ser y estar en el mundo”, de habitarlo y de revisitarlo. Coincidiendo con J. Lacan y con P. Sibilia (2016), ahora en esta extimidad, mi intimidad pasó a ser un espectáculo. No solo muestro mi saber, mi trayectoria, mis posibilidades de transmitir conocimiento, sino que además, me vinculo con mis estudiantes desde mi casa, mis escritorios, mi cocina o mi living. Son mis espacios hogareños pseudo estudios de T.V. o fotográficos, desde donde se transmite una clase, un encuentro con otros, con el aprendizaje, y con sus múltiples sentidos. Hoy más que nunca, la multidireccionalidad del mensaje docente, sus múltiples interpretaciones, de acuerdo al nivel de conectividad posible de lxs estudiantes, me llevan a tener en mi agenda y en mi mesa de trabajo la idea y el concepto de deconstrucción, propuesto por Derrida (1989). Reflexión, revisión, desaprendizajes, movilidad de pensamiento, o dicho de modo más familiar, como digo a mis estudiantes: el “despeinarse” y “desacartonarse”/”desestructurarse” son hoy, más que nunca, una necesidad en la práctica docente cotidiana, “una invitación a la indagación crítica”.

Este tiempo me propone un sacudón, y me lleva a considerar que:
“… La deconstrucción constituye una invitación a una indagación crítica sobre la propia práctica para comprender y reflexionar sobre ella, y promover una enseñanza de manera radicalmente diferente. Habilita el cambio de lo tradicionalmente usual a lo nuevo, lo novedoso, pero sobre todo tiene un impacto significativo en la estructura identitaria profesional”. Neme, Alicia y Leoz Gladys (2020).
Como docente fui formada en certezas, en disciplinas específicas y en ciencias de la educación, pero la pandemia me dejó perpleja ante la idea de que lo único certero es la presencia de la incertidumbre…, cada vez más cerca y más punzante. Coincidiendo con Morin: “Este reconocimiento de lo incierto de la realidad que nos rodea y del camino de construcción del conocimiento, nos sitúa en la necesidad de reconocer que el saber está plagado de errores e ilusiones” (Morin, 2002). Entonces me pregunto si en verdad estoy preparada para esto, y si puedo acompañar desde mi rol de formadora/capacitadora a otros docentes y estudiantes. Sin embargo este pensamiento puede paralizarme, dejándome sin ánimos de continuar con mi vocación, con mi pasión por la educación…
Es así que voy y vengo con mis recuerdos, y mis lecturas de estudiante de Psicopedagogía, y me reencuentro con Piera Aulagnier, diciéndome que:
(…) “reconocerse un derecho a pensar implica renunciar a encontrar en la escena de la realidad una voz que garantice lo verdadero y lo falso, y presupone el duelo por la certeza perdida. Tener que pensar, dudar de lo ya pensado, verificarlo, son las exigencias que el yo no puede evitar. (P. Aulagnier, 2002), e insiste con que “toda certeza trae tranquilidad. Si tenemos la certeza de algo, no tenemos que hacer nada. No tenemos que buscar ninguna respuesta… pero quedamos paralizados”.

Redoblo pues la apuesta y reflexiono si estoy promoviendo en mis estudiantes esa capacidad de comprender intersubjetivamente, si los estoy desafiando cognitivamente, a través de las pantallas y las sincronías-asincronías, los tiempos y espacios trastocados. Intento aventurar una respuesta provisoria, pero posible (¿reintentando volver a las certezas perdidas?), y llego nuevamente a coincidir con Morin, cuando expresa: “La ética de la comprensión es un arte de vivir que nos pide, en primer lugar, comprender de manera desinteresada… la ética de la comprensión pide argumentar y refutar en vez de excomulgar y anatematizar… si sabemos comprender antes de condenar, estaremos en la vía de la humanización de las relaciones humanas” (Morin, 2002, p. 97-98).
Culmino sosteniendo que una ética de la docencia me lleva a vivir tejiendo vínculos intersubjetivos, cada vez más empáticos, más humanos. Abrir nuevos canales comunicacionales, donde escuchar y dialogar sean procesos constantes, significativos, potentes y genuinos.Sigo apostando entonces por una educación que nos incluya a todxs…

Marcela Adriana Marchesano
Prof. para la Enseñanza Primaria. Prof. Lic. en Psicopedagogía y en Ciencias de la Educación. Esp. en Ciencias Sociales, Currículum y Prácticas Escolares. Docente y capacitadora universitaria y en ISFD y T de la PBA. Capacitadora en Escuela de Maestros. Formación de Directivos. (Ministerio de Educación de la C.A.B.A.)
*El presente trabajo fue presentado en el Curso “Saberes necesarios para repensar las prácticas educativas en la formación docente”. Buenos Aires, INFoD, octubre 2020.

Referencias bibliográficas y otras fuentes:
DERRIDA, J. (1989). Texto y deconstrucción. Barcelona: Anthropos.
HORNSTEIN, L. (octubre 2002); Diálogo con Piera Aulagnier. Antroposmoderno en línea.
Recuperado el 11 septiembre 2020 de: https://www.antroposmoderno.com/antroarticulo.php?id_articulo=202
LEOZ, G. (2019). “Modos posibles en que se configura el vínculo educativo en el nivel superior”. RevID Revista de Investigación y Disciplinas. Vol 1 Año 1 2019. https://www.evirtual.unsl .edu.ar/revistas/index.php/revid/issue/view/9/REVIDN12019.
MORIN, E. (2002). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Prólogo y pp. 39-43 (libro en PDF). Buenos Aires: Nueva Visión.

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