UCLA, docentes que inspiran.

Armando Sánchez Contreras
La utopía necesaria En el libro de Mateo se relata un pasaje de lo que sería un diálogo entre Jesús durante su segunda venida al mundo y los que en vida hayan sido justos. Dirá el maestro a sus interlocutores: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” Extrañados, los justos preguntarán a Jesús cuándo había ocurrido aquello y éste les responderá: “cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
Armando Sánchez Contreras es a un tiempo hombre de ciencia, de política y de fe. Esa amalgama de formas de ver al mundo entre
el dogma y la razón, han marcado su vida, primero como ferviente católico que es desde su niñez y como militante socialcristiano desde la adolescencia en su Táchira natal y luego, desde su formación como médico en la Universidad Central de Venezuela de la mano de destacados científicos del país. De niño, aprendió que a la muerte se le debe tomar en serio cuando su madre, Ana Eulogia Contreras, estuvo en un sanatorio en San Antonio a causa de la tuberculosis, enfermedad que separó a la familia mientras se esperaba la recuperación de doña Ana, lo que felizmente ocurrió.
Sánchez es, pues, un médico comprometido socialmente que a través de la ciencia atiende al mandato cristiano de amor al prójimo,
lo que él llama la “cristificación de la política”, su manera de poner en práctica lo que se describe en la parábola de Mateo. Este hombre formó parte de la llamada izquierda cristiana del partido Copei y esa militancia, a más de signar su accionar político, le dejó una duradera * Profesor del Decanato de Ciencias de la Salud.
amistad con el ex presidente Luis Herrera Campins, quien lo designóGobernador del Territorio Federal Amazonas entre 1981 y 1984.
Siendo estudiante en la UCV, junto con otros compañeros de estudioy algunos profesores, apoyó en 1970 el proyecto del padre José
María Vélaz, fundador de la organización Fe y Alegría, nacida en elbarrio José Félix Ribas de Petare. Allí, Sánchez y sus amigos RobertoRosquete y Jacobo Walcher hicieron equipo con las hermanas Saturnina Devia y Antonia Santos –que aprendieron técnicas de primeros auxilios en la Cruz Roja–, para crear un dispensario en la llamada Zona 10, donde “no llegaba el asfalto”. En los mismos espacios de un taller de corte y costura, entre tres paredes y un techo de zinc, los muchachos ylas monjas habilitaron unos consultorios médicos y una pequeña farmacia.Esa es la historia inicial del dispensario Jesús Maestro que actualmente funciona en esta populosa zona de la Gran Caracas.
Pero, donde “se hizo hombre” Armando Sánchez Contreras fue en el estado Apure, donde llegó siguiendo los consejos de los maestros
Jacinto Convit, Pastor Oropeza, Félix Pifano, Elías Guzmán, Leopoldo José Maldonado y Henry Fossaert, quienes les enseñaron a observar la enfermedad de una manera integral y en su lugar de origen. La leshmaniasis, le decía Convit, tenía los más altos índices en el corazón del llano y de allí se propagaba al centro del país. La dureza de las condiciones de vida en la sabana contrastaba con los bellos paisajes de garzas, ganado pastando y “babos” descansando en caños. La riqueza desmesurada de unos pocos y una peonada desnutrida y enferma impresionaron al joven médico que durante dos años, trabajando “de sol a sol”, recorriendo largas distancias en canoas y a lomo de caballo, comprendió, tratando cuerpos ajenos, qué es el hambre, la lepra, la tuberculosis, la malaria. Niños con vientres hinchados, es sinónimo de parasitosis intestinal. “Traten de ser médicos rurales”, les recomendaba el doctor Pifano a sus alumnos de la UCV, porque “allí es donde está la gente que tiene dolencias en el espíritu y en la carne”. El primer diagnóstico que hizo Sánchez para sus jefes (cuando llegó allí ya era funcionario del Ministerio de Sanidad), arrojó la información de más de un centenar de niños desnutridos sólo en Achaguas, y otro tanto de embarazadas en igual condición. Pasta y arroz, era la dieta diaria de aquella gente; la carne que abundaba en la zona era comida prohibida. En esas circunstancias, sin la proteína que requiere el cerebro, no se puede pensar. Se era esclavo doblemente: del dueño de la tierra y el ganado, y del hambre. Recordó entonces las clases de Pastor Oropeza, quien enseñaba a prescribir pastillas de sal para la rehidratación oral cuando ataca la diarrea. Pero también, descubrió que aquella mezcla de agua caliente, cilantro de monte, sal y papelón que les daba doña Ana a los niños Sánchez cuando faltaba el alimento en la mesa andina, era un estupendo suero, y así lo recomendó a las madres para sus hijos desfallecidos. En esas tierras, donde “nunca cobró un centavo a nadie por sacarle una lombriz”, creía Armando Sánchez que pasaría el resto de su vida como sanitarista y dirigente político. Era jefe del distrito número3, director de un hospital y tenía cinco medicaturas a su cargo. Su radio de acción abarcaba las zonas de Mantecal, Guasimari, Guacharas, El Yagual, Yacurito, San Vicente y Achaguas.
Sucedió entonces que desde la UCLA, donde requerían a un experto en medicina rural, llamaron al Ministerio de Sanidad y
Asistencia Social para que se les recomendara a un profesional que se hiciera cargo de la cátedra que pensaban crear. Jorge Andrade, jefe de recursos humanos del Ministerio, les dijo a Carlos Zapata, Rubén Antonio Díaz y Rafael Marante, líderes de la escuela de Medicina, que el candidato era Armando Sánchez.
En el Ministerio, su sueldo era de 7 mil bolívares mensuales; en la UCLA, Sánchez pasó a ganar 2 mil bolívares al mes como como
auxiliar de parasitología, mientras se regulaba su situación como docente. Era el año de 1972, el nuevo profesor vivió y comió en el
Hospital Antonio María Pineda. Cuando el consejo de la escuela aprobó la cátedra de medicina rural, Sánchez buscó una estructura adecuada para llevar adelante el proyecto académico, tratando de poner en práctica lo que había aprendido de sus maestros y de sus vivencias en el Apure. El intento que empezó en el hospital del entonces distrito Jiménez tuvo resistencia de las autoridades. Las puertas se cerraron en varias localidades hasta que el profesor Sánchez se encontró con un joven cardiólogo que con un pequeño equipo de colegas empezaba a desarrollar un novedoso programa de atención médica en Duaca, Bartolomé Finizola, líder de lo que sería años después un modelo de autogestión institucional de renombre internacional: Ascardio. Desde entonces, hay una sólida amistad entre Finizola y Sánchez. 16 UCLA. Docentes que inspiran Año 1973, Duaca es el punto de partida del programa de
medicina rural de la UCLA, que después se extendería a otros lugares de Venezuela. El equipo de Bartolomé Finizola, estaba integrado por sus colegas Enrique Meléndez, Dilcia de Sosa y José Manuel Pulido.
Con el apoyo de la sociedad civil se habilitó una residencia cercana al hospital para los 12 estudiantes cursantes del sexto año de la carrera y sus maestros. Se trabajaba de lunes a sábado al mediodía y en las tardes, recorrían los caseríos de Carrizal, Perarapa, El Toro y El Eneal. Diego Borzelino hoy célebre cirujano cardiólogo venezolano, fue el primer pasante que tuvo la zona de Los Pocitos. La presencia de chipos explicaba por qué había tantos problemas cardíacos en la zona, mucha gente enferma de Chagas. “Montábamos una suerte de tienda de campaña y las personas acudían allí, les enseñábamos a hervir y colar el agua. Encontramos también muchos casos de diarrea, anemia, parasitosis”, recuerda Sánchez.
La experiencia se replicó en otros estados. En 1976, con el apoyo de Gaetano Matarozzo, jefe del servicio de salud pública en Yaracuy,
empezaron a trabajar Sánchez y sus estudiantes en Chivacoa, Guama, San Pablo, Urachiche y Campo Elías. El doctor Jacinto Convit viajaba desde Caracas para dar charlas sobre leshmaniasis a los futuros profesionales, quienes lo nombraron padrino de promoción. Cuando el número de alumnos de la UCLA subió a 200, se extendió el programa de medicina rural a Píritu, Turén, Santa Rosalía, El Playón, Chabasquén, Biscucuy, en el estado Portuguesa. En Guárico, se situaron en Calabozo Guadatinajas, El Rastro y Camaguán. En Barinas, también estuvieron. Y otra vez Apure, esta vez, Cunaviche, San Juan de Payara y Puerto Páez en la frontera con Colombia. De los ocho alumnos que envió la Universidad, cuatro se quedaron en aquellas tierras. La guerrilla colombiana dejaba pasar a los estudiantes de la UCLA y a su profesor a ambos lados del río que hace de frontera entre los dos países; en una barca militar venezolana, los pasantes iban a vacunar y curar enfermos del territorio vecino, guerrilleros incluidos.
Sánchez y sus estudiantes siguieron los pasos que años atrás había recorrido Lisandro Alvarado como médico, lingüista y etnógrafo.
Esa fue una manera de homenajear al epónimo de la Universidad, que realizó importantes estudios sobre la cultura, la historia y las
condiciones sanitarias en el llano venezolano y sus vivas heridas de las guerras del siglo XIX. .
Armando Sánchez, el gobernador que acudía a las reuniones de gabinete del Luis Herrera vistiendo las corbatas que éste le regaló,
aún sueña con un mundo mejor. Cree que desde la UCLA se puede seguir dando amor al que más lo necesite. “No quiero jubilarme,
tengo la capacidad física e intelectual para seguir trabajando; estar con los muchachos y ayudar a la gente es beber el agua fresca de la
montaña. Somos teología y energía, pertenecemos a una geografía y a una historia. Comprender la vida es entender las células que son
naturaleza hecha vida y la neurona es la vida hecha inteligencia, en una evolución estratificada (vegetal, animal y humana) y cualitativamente en ascendencia en un infinito que tiene tiempo y espacio”.

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Este espacio es generado por docentes venezolanos que dan a conocer sus trabajos. El espacio es un trabajo cooperativo-colaborativo en donde encontraran notas sobre Gestión Educativa, Historia venezolana como por ejemplo la Historia de la Independencia, Pedagogía y Ensayos que son avances de una investigación que no culmina por ser muy ambiciosa. Los textos son compartidos por la UCLA, Carlos Giménez Lizardo, Universidad de Carabobo, Reinaldo Rojas, Abraham Toro, Luzmila Marcano

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