Hay momentos en los que una se pregunta para quién estuvo dando tanto. Durante años puse mi trabajo, mi tiempo, mi compromiso y muchas veces mi vida personal al servicio de la escuela. No lo vivía como un sacrificio. Lo elegí.
Porque creo en la educación. Porque creo en la escuela pública. Porque creo en los vínculos que construimos y en la responsabilidad que tenemos quienes trabajamos con otros. Pero hay momentos en los que la vida te obliga a detenerte. Y cuando una se detiene, también empieza a mirar algunas cosas de otra manera. Hoy estoy atravesando una situación de salud y esperando una cirugía. Hay incertidumbre, miedo y muchas preguntas. Y en medio de todo eso apareció también la bronca. Bronca porque durante mucho tiempo sentí que las xigencias nunca terminaban.
Siempre había algo más. Un requerimiento.
Un mensaje. Una respuesta.
Un trámite. Una situación que resolver. Y muchas veces fuera del horario de trabajo. Como si ocupar un cargo significara estar disponible siempre.
Como si detrás de una función no hubiera una persona que también tiene derecho a descansar, a enfermarse, a tener miedo y a necesitar tiempo para recuperarse.
Y entonces me pregunté:
¿En qué momento dejamos de mirar a la persona que hay detrás del cargo? Porque cuando quienes tienen responsabilidades necesitan una licencia, entendemos que deben cuidarse. Y está bien.
Nadie debería cuestionar el derecho de una persona a cuidar su salud. Pero ¿por qué esa misma comprensión parece volverse más difícil cuando quien necesita detenerse es quien durante mucho tiempo estuvo sosteniendo una institución? ¿Por qué una licencia puede venir acompañada de nuevos requerimientos?
¿Por qué aun cuando una está intentando cuidar su salud aparecen demandas que podrían esperar? ¿Por qué parece tan difícil simplemente preguntar:
“¿Cómo estás?”
Tal vez porque hemos construido un sistema que aprendió muy bien a exigir y no siempre aprendió a cuidar. Y eso duele especialmente cuando una siente que dio todo. Yo no reniego de haber dado. No me arrepiento de haberme comprometido.
No me arrepiento de haber contestado un mensaje urgente, de haberme quedado más tiempo, de haber pensado una solución cuando parecía que no la había. Eso también soy.
Lo que hoy cuestiono es otra cosa. Cuestiono haber creído que para demostrar compromiso había que estar siempre disponible.
Cuestiono que se haya naturalizado que quienes trabajamos en educación podemos sostenerlo todo.
Y cuestiono, sobre todo, que a veces parezca que cuidar a los demás es una obligación, pero cuidar a quien cuida sea casi un gesto extraordinario.
No necesitamos privilegios. Necesitamos humanidad. Necesitamos que se comprenda que una licencia no borra el compromiso de una persona. Que enfermarse no significa dejar de ser responsable. Que poner un límite no significa falta de compromiso.
Y que un trabajador puede amar profundamente lo que hace y, al mismo tiempo, necesitar detenerse. Hoy, mientras espero una cirugía y atravieso mis propios miedos, pienso mucho en esto. Pienso en todas las personas que trabajan en nuestras escuelas y que siguen adelante aun cuando están agotadas. En quienes responden mensajes fuera de horario.
En quienes llevan los problemas a sus casas. En quienes sienten que si ellos se detienen, todo se detiene. Y pienso también en algo que me duele reconocer:
sentí que durante mucho tiempo prioricé al Estado, pero cuando me tocó necesitarlo, no siempre sentí que el Estado me priorizara a mí. Quizás ese sea el verdadero aprendizaje de este momento.
No dejar de comprometerme. No dejar de creer. Pero sí entender que ningún trabajo debería exigirnos olvidarnos de nosotros mismos. Que cuidar también significa poner límites.
Que detenerse también puede ser un acto de responsabilidad. Y que nadie debería tener que enfermarse para aprender que tiene derecho a parar. Porque antes que un cargo, antes que una función, antes que un expediente, antes que una matrícula y antes que cualquier requerimiento, hay una persona.
Una persona que siente. Que se cansa. Que se enferma. Que tiene miedo. Que necesita tiempo. Y que también merece ser cuidada. Porque si hablamos de educación, de derechos, de cuidado y de humanidad, esos valores no pueden quedar solamente dentro de las aulas. También deberían existir hacia quienes todos los días sostienen esas aulas.
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