Yo, Marcus Castiluis

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Me levanté temprano, cuando el sol aun no había salido sobre el horizonte y pude vislumbrar sobre el hueco de la ventana, las sombras borrosas de las montañas, como fantasmas acechando en la oscuridad.
Abrigué mis pies con unos trozos de trapo para combatir el frío y evitar las picaduras de víboras, y sobre ellos me calcé las caligas , que yo mismo había hecho con el cuero de un cerdo salvaje, matado el año pasado.
Ajusté el cinturón sobre la manta que cubría mi cuerpo y aticé el fuego sobre el hogar. Coloqué una cazuela de barro con agua a calentar y coloqué allí unas hierbas para preparar un brebaje que me sirviera de desayuno.
Tomé un morral y en el coloqué una hogaza de pan amargo que mi esposa preparó, como todas las noches, en un hornillo, envolví unas aceitunas y un trocito de queso. Ya tenía preparado mi almuerzo (en realidad la comida para todo el día que me esperaba). Bebí un tazón de infusión caliente, que me revitalizó el cuerpo y el espíritu. No había terminado – aún- de recuperarme de los dolores de la jornada de ayer, pero ya debía comenzar una nueva.
Besé a mi esposa y acomodé a mis hijos en la esterilla que les servía de cama. Luego pasé por el altar de mis lares y les encendí una vela. Allí oré unos minutos deseando que estuvieran bien y pidiéndoles, como todos los días, protección para mi familia y buenaventura para la jornada de trabajo. Sería necesaria su ayuda si quería obtener buena leche de mis cabras para preparar suficiente queso para un invierno que se avecinaba duro.
Sería necesaria la ayuda de todos mis lares, si quería que mis haces de trigo fueran grandes y suficientes para preparar harina y almacenarla, pero también pare vender algo en el mercado y con eso conseguir algunas monedas con las cuales saldar mis deudas con el Cónsul Piriatos, dueño de las tierras en las que trabajaba y por las cuales, debía pagarle la protección que me brindaba y el servicio de que permitiera vivir a mi familia en sus tierras.
El sol ya estaba alumbrando con una luz enrojecida, sobre los bordes de las montañas. La vieja vaca mugió y algún perro comenzó a ladrar. A los míos, para que no despertaran a los niños con sus ladridos, les tiré un poco de huesos que habían sobrado de un cochinillo que había preparado Ligeia, mi esposa, y del cual dieron buena parte mis hijos Rómulo y Cátulo.
Con un golpe de mano sobre mi cara alejé los pensamientos que me asaltaban, de poder quedarme un rato mas gozando del calor del hogar, y empujé suavemente la puerta de paja.
A pocos metros de la casa (pequeña, de una sola habitación, hecha de piedra y maderas, con techo de paja y hojas, solo dos huecos por ventana y una sola entrada) comenzaba el sembradío.
Primero fui al granero, una vieja construcción de piedra, rectangular y con una sola entrada, donde se guardaba el producto de la cosecha pero también mis enseres de trabajo (un simple arado de madera, unas hoces de hierro, un azadón, un martillo…) y allí también estaba mi ganado, el que procuraba el sustento de mi familia; una vieja vaca y dos cabras.
Mientras ordeñaba la vieja vaca, para sacar un poco de leche para mis niños, pensaba en mi pasado. Por gracia de mi señor, el Cónsul Piriatos, fue honrado con la incorporación a una Centuria al mando del gran Péculo. No era común que un humilde siervo como yo, fuera incorporado al servicio de las armas. Pero, la confianza de mi Señor y la necesidad de hombres para las batallas que se avecinaban contra el cruel Majencio, que empecinado contra nuestro señor, el Emperador Constantino, le hacía la guerra para destronarlo facilitaron lo imposible: que yo, Marco Castilius hijo de Caesio, fuera soldado de Roma.
Apenas pude llenar medio balde de leche de vaca y al terminar la faena, ésta me miró agradecida por dejar de torturarla. Y ataqué las ubres de las cabras.
Ya ha pasado un año, aunque parece que fue ayer cuando cerca de Milvio, a pocos tiros de arco de Roma, combatí por primera y última vez bajo las ordenes del gran Emperador Constantino en una feroz batalla que duró desde el amanecer hasta el atardecer. Nunca había usado armadura y el calor de la jornada hizo que me pareciera que no iba a poder soportar de pié, el peso de la misma. Formé con ni centuria en una lomada, a la defensiva, con nuestras cortas y duras lanzas de punta de metal, y nuestras cortas espadas, esperando al enemigo. Cuando lo vimos avanzar, nuestro centurión dio la orden de ataqué y de allí en adelante, poco más puedo recordar. Confusión, gritos, golpes de lanza y luego de espada, cuerpos caídos, gemidos de heridos y gritos por todos lados…
La piel la tenía llena de barro hecho de sangre, pasto y tierra. Y de pronto todo se detuvo, el enemigo huía y nosotros quedamos dueños del campo de batalla. ¡era el triunfo! Vivamos a nuestros jefes, a Roma y a Constantino, mientras juntábamos los heridos y rematábamos a los muertos. Luego, nuestros jefes nos dieron vino caliente para festejar, y una hogaza de pan cada cuatro soldados.
Cuando terminó la campaña, poco después, retornamos a Roma. Después supe que la guerra había sido por poder pero también por religión. Porque había unos hombres que se decían cristianos, que hablaban del amor entre hermanos y de que los pobres serían bendecidos con la viuda eterna. Nunca pude entenderlos bien, pero supe que morían contentos cuando los torturaban o mandaban al circo para que los comieran las fieras…
Nuestro gran emperador Constantino, deseaba liberarlos de las persecuciones y luego de la batalla del Puente de Milvio, hace pocos días dictó un Edicto, en Milán, donde los autorizó como religión. Muchos de los siervos de mi señor Piriatos, son cristianos, me tratan muy bien y me dicen hermano. Soy amigo de algunos de ellos pero no me he animado a invitarlos a mi casa…
Sin darme cuenta, llené los dos baldes con leche de mis buenas cabras, así que dí por terminada mi primera tarea del día. Llevé los baldes a la casa y retorné al campo, esta vez alcé una hoz y varias lonjas de cuero y soga, y comencé lentamente, mi tarea de segar las mieses de trigo, hacer pequeños fardos, acomodarlas en montículos y dejarlas preparadas para que, cuando se levantaran mis hijos, las llevaran al granero.
Así el sol se puso sobre mí y luego comenzó a irse hacia el lado del mar hasta que en un momento, sus penachos comenzaron a juguetear con el agua. Allí me dí cuenta que debía terminar mi tarea, y retornar a la casa, donde la comida seguramente ya estaría echando sus aromas y el vino que preparaba mi esposa, estaría refrescándose en un pozo…

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Acerca de Julio Ruiz 66 Articles
Profesor de Historia. Colegio Cervantes y Jesús Sacramentado de Bolívar, Argentina. Ex Intendente de la Ciudad de Bolívar en la Provincia de Buenos Aires, Argentina en el período 1987-1991. Abogado. Integrante de la Asociasón San Martiniana en su caracter de presidente. Columnista en el Diario La Mañana. Obras Históricas entre otras: Blandengues, “La Odisea”, “Historias que hicieron cuentos”, “Paginas de una historia olvidada”. “Hubo un tiempo que fue Hermoso”una creación colectiva de ex alumnos, Bachilleres de la promoción 1972 del Colegio Nacional de Bolivar (Bs As). Los Negritos de San Martín. “La historia, un cuento y un libro”

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