Roma construyó el sistema de distribución de agua más sofisticado del mundo antiguo. Y luego, en una demostración de pura naturaleza humana, se dedicó a robarlo, trapichear con él y presumir de la jugada. Todo a la vez.
En el siglo I, un millón de almas abarrotaban la Urbe. Lo fascinante es que cada una de ellas disponía, de media, de más agua que el vecino de cualquier capital europea hasta bien entrado el siglo XX. Once acueductos. Ochocientos kilómetros de piedra, hormigón y una pendiente calculada con una precisión que roza la brujería. Un millón de metros cúbicos diarios entrando en la ciudad por pura gravedad, sin una sola bomba ni un solo motor. Solo ingeniería, orgullo y la legendaria cabezonería romana.
El agua de las fuentes públicas era gratuita. Cualquier hijo de vecino podía acercarse, refrescarse el gaznate, llenar su ánfora y largarse sin soltar un sestercio. Las termas costaban una miseria y había ochocientas cincuenta y seis repartidas por la ciudad. Aquello era un sistema de flujo continuo: el agua no se cerraba, corría constantemente para abastecer negocios, alimentar fuentes y arrastrar las miserias de las letrinas directamente al Tíber. Un derroche higiénico monumental.
El problema, claro está, era que tanta abundancia junta resultaba demasiado tentadora para el pillaje patrio. En el año 97, el emperador Nerva nombró a Sexto Julio Frontino «curator aquarum», es decir, inspector jefe de la red de aguas. Frontino era un tipo metódico, un veterano de campaña curtido en Britannia y acostumbrado a que las órdenes se cumplieran. Lo que descubrió al auditar los acueductos lo dejó estupefacto. Miles de metros cúbicos de agua se evaporaban misteriosamente por el camino antes de pisar suelo romano.
Había nacido el «aquae furtum» (robo del agua) a escala industrial. Los aguadores perforaban los conductos de noche para vender el agua por su cuenta. Los patricios ricos y terratenientes ampliaban el diámetro de sus concesiones privadas con tuberías ilegales para regar sus villas. Y, por supuesto, los propios fontaneros y funcionarios encargados de la red (los «aquarii») llevaban décadas mirando hacia otro lado a cambio de un puñado de monedas o lo que se terciara. Roma tenía el mejor sistema de abastecimiento del mundo conocido y sus propios ciudadanos lo estaban desvalijando con una eficiencia digna de mejor causa.
Frontino lo dejó escrito con una indignación que todavía escuece al leerla veinte siglos después: si alguien quisiera reflexionar sobre la abundancia de agua pública de Roma, comprendería que las pirámides de Egipto o las inútiles obras de los griegos no merecen comparación. Lo que no añadió en el texto, ya fuera por diplomacia o por pura vergüenza torera, es que una parte sustancial de esa maravilla no llegaba a los ciudadanos porque alguien con influencias se la había pinchado antes.
Sin embargo, durante mucho tiempo se ha repetido otra leyenda urbana: que Roma se envenenó a sí misma por culpa del plomo. Las tuberías secundarias que distribuían el agua por la ciudad eran de «plumbum», porque el plomo era maleable, fácil de fundir y resistente. En los años 80 del siglo XX, algunos investigadores neoyorquinos lanzaron la hipótesis de que la aristocracia romana, la única que se pagaba el agua corriente en casa, sufrió un saturnismo crónico (intoxicación por plomo) que les causó demencia, esterilidad y locura, apagando el Imperio por culpa de sus propias cañerías.
Una teoría cinematográfica, desde luego, pero que la arqueología moderna ya ha enterrado. ¿Por qué? Porque el agua que bajaba de los Apeninos era tan brutalmente calcárea que las tuberías romanas se cubrían, en cuestión de meses, de una gruesa capa de cal y sedimentos. El agua jamás tocaba el plomo; corría sobre un escudo de piedra caliza. Si los patricios se volvían un poco tarumbas, no era por el grifo, sino por su nefasta costumbre de endulzar el vino de garrafón cociéndolo en ollas de plomo para obtener «azúcar de Saturno». Se trata de un compuesto químico cristalino de color blanco y sabor dulce (primer edulcorante artificial de la historia), pero extremadamente tóxico. Era cuestión de vicio, no de fontanería.
Fuente Historia de la Historia Facebbock
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