Pensando los límites de la educación que vivimos y “que se viene”. Parte 1.Prof. Andrés Dragowski

Sensación de inminencia, opacidad y redescubrimiento de la presencialidad. Antes de comenzar, quiero agradecer a todos mis alumnos, ex-alumnos, colegas y amigos que han contribuido con sus inquietudes, comentarios y observaciones esta reflexión. Una sencilla encuesta en Instagram seguida de catataras de opiniones es justo lo necesario para demostrar el punto de este texto. No se trabaja solo ni se piensa solo. A todos ustedes, mis abrazos a la distancia.
Fantasmagoría de la inminencia
Si hay algo que sabemos los profesores de Historia es que es imposible saber “qué se viene”.
El historiador Eric Hobsbawm cuenta como en los años 60 la URSS seguía contabilizando su producción en términos de cantidades de tractores producidos y toneladas de acero cuando EEUU ya había dado los primeros pasos para un sistema de tele-comunicaciones. La ciencia ficción de esos años, por ejemplo Isaac Asimov, preveía un futuro en el que las computadoras serian cada vez mas grandes, hasta alcanzar dimensiones planetarias. En 1989 la caída del comunismo indicaba el inicio de una hegemonía uniforme de la cultura liberal occidental… Cualquier habitante de las ultimas dos décadas conoce el desenlace de esos procesos. Entonces ¿que debemos pensar ante
quienes claman saber “lo que se viene”? Amigos y colegas utilizan este sintético sofisma en sus argumentos: “se viene…”. La educación virtual “se viene”. Cabría aclarar que no “se viene”. Ya estaba, así como todos sus componentes. La vida tras la pantalla no es algo nuevo. Ya van varias cohortes de nativos de las pantallas que viven
su mundo a la par de nosotros. Quien esto escribe, si bien no se crió con pantallas, accedió desde la primer adolescencia a celulares y computadoras. Pero cunde en los colegas una fascinación ante “lo que se viene” que remite a esas viejas sensaciones de inminencia ya conocidas en la Historia. Vayan estas palabras a reflexionar sobre esa inminencia, que nos encuentra en nuestros hogares transformados en aulas, descubriendo y redescubriendo la experiencia de la vida en pantallas, en el contexto de esta forzada educación virtual.
El objetivo de este texto, no obstante, es menos ambicioso. El punto de partida de esta reflexión en la búsqueda de una tercera posición superadora entre lo que advierto como una encrucijada. Por un lado la exaltación del avance de los cambios técnicos y organizacionales, y por otro, la defensa de una presunta esencia humana mas allá de las garras de la fría tecnología. Progreso versus reacción, optimismo versus ludismo. Innovación versus tradición. Considero esa división obsoleta y que mantienen el debate en un estado de estancamiento que no nos permiten nuevos acercamientos a la cuestión.

El docente a través de la pantalla negra.

Cualquier alumno de la escuela secundaria hoy puede actualizar la vieja expresión de Winston Churchill diciendo que ha caído un telón de acero entre alumnos y docentes. La comunicación, la interacción, el intercambio y el acompañamiento se han reducido hoy a un estado primario, perceptible solo a través de la circulación de paquetes digitales. Un punto de partida de este análisis es que hay una cuestión que no es posible afirmar con cabal certeza, y es el del desarrollo conceptual de los alumnos en contexto de virtualidad. No obstante, se puede ver que no pocos alumnos tienen experiencias significativas ¿Cómo demostrar empíricamente, hoy, la existencia de una experiencia que siempre se ha calificado de “social”?
En rigor de la verdad, nunca fue fácil demostrar la existencia de un ente llamado “sociedad”.
Algunos hablan de “sectores”, otros de “clases”, otros de “campos sociales”. Otros niegan el razonamiento holístico y prefieren hablar de un conjunto de individuos organizados a través de pactos. Esta indeterminación epistemológica de la definición de nuestro entorno desde hace un tiempo se va saldando en el contexto de la existencia de una entidad perfectamente observable, un sistema verdaderamente claro y autoevidente, que es la virtualidad. La virtualidad tiene una existencia objetiva mucho mas evidente que la “sociedad”, dado que existe en forma de sistema de transmisión de información. Esto, en este contexto, se vuelve el pilar del sostenimiento del esfuerzo
laboral de muchos nosotros, lo que tiene unas consecuencias relevantes de remarcar.

El hogar como aula, o la “tercerización” del costo social de la educación

El actual contexto de educación a distancia forzada a resuelto un viejo debate, e inclusive un viejo malestar en la cultura docente, que era la hegemonía del sistema escolar. Las aulas fueron instituidas como uno de los mecanismos de control social por excelencia a fines del siglo XIX, y su presencia a lo largo del auge y crisis de la sociedad industrial, que le daba sentido, fue el hilo
conductor de los debates pedagógicos. En una sociedad que desde hace décadas avanza a una sectorización del sistema educativo, dividido de hecho en escuelas para pobres y escuelas para quienes pueden acceder, es el signo de una fragmentación que ya no responde al tipo de sociedad para la cual el sistema escolar fue diseñado.
En ese contexto, la situación presente ha resuelto a través de canales de emergencia uno de los puntos centrales de aquel sistema problemático, que es el de la vida institucional reglamentada.
Antes había que cumplir horarios establecidos y, por ahora, es posible consensuarlos libremente.
Horarios de entrada, de salida, recreos, normas de vestimenta, expresión verbal. Normas de control empíricos, afines a una sociedad basada en la producción de mercancías físicas, que en una sociedad de información, de flujos, de trabajo en proceso de uberización, necesariamente se ven tensionados. En un contexto de educación en emergencia, esas tendencias latentes y advertidas se manifiestan sin tapujos, con consecuencias antes no advertidas. Es perfectamente entendible la alegría que se goza con esa libertad, po rque demuestra que, en gran medida, el ejercicio de la escuela sobre los alumnos es a través de la disciplina sobre el cuerpo.
No obstante, los cambios históricos se dan sobre la base de los anteriores. Descubrimos que el disfrute de la nueva libertad se hace en el contexto del hogar como aula. El hogar no detiene su marcha, y evidentemente no es (o no necesariamente es, o no tiene por qué ser) un ambiente positivo para poder desarrollar las actividades que la escuela no deja de pedir. Las familias hoy pagan el costo del “poder de policía” sobre el cuerpo de los alumnos, necesarios para arrearlos y ponerlos frente a las pantallas, proveerlos de los materiales, acompañarlos en el proceso real de
trabajo escolar. Esas practicas son absolutamente fundamentales para pensar el proceso educativo, dado que constituyen el momento en donde el estudiante conforma una identidad de “sujeto que estudia”. La observación de esa experiencia real de puesta en practica de herramientas intelectuales queda hoy oculta, lo que sin duda va en detrimento del juicio que un docente pueda hacer sobre la trayectoria de un alumno. De golpe, en medio de una sociedad que buscaba emanciparse de los últimos resabios del siglo XIX, redescubrimos las virtudes del aula presencial.

Continuará el 16 de agosto

Andrés Dragowski Profesor en Historia, UNLP. Profesor de Historia en el Colegio Nacional Rafael Hernandez de La Plata y otros colegios de La Plata.

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