Se lo podría definir como un “hombre del renacimiento”: político, historiador, Ministro de Relaciones Exteriores, Embajador, productor agrícola, Ministro de Agricultura, de trato frecuente con familias reales y figuras prominentes de los más diversos campos (arte, ciencia, política, sociedad, deporte…) del mundo, consigliere de presidentes como en el caso de JFK y tremendo seductor, fue también actor de un suceso inédito y poco conocido en la historia argentina.
Miguel Ángel Cárcano, de él hablamos, en una fría mañana de Londres de aquel año decisivo de 1944, aguarda en ante sala en el Palacio de Buckingham la llegada de un personaje tan singular como él.
La persona en cuestión que esperaba el entonces Embajador Argentino ante el Reino Unido tenía solo 24 años, había nacido en Quilmes, Provincia de Buenos Aires en 1920, lo habían echado por indisciplinado del St. George`s College de Quilmes; con su familia se mudó a la ciudad de Bahía Blanca y vivió en el Hotel Atlántico, que estaba en las calles Brown y Colón; en 1933 la familia se mudó a Rosario donde terminó el secundario.
No sabemos si aprendió a volar desde muy pequeño en el Aeroclub Bahía Blanca y se perfeccionó en el de Rosario, pero desde muy chico le fascinaban los aviones y es probable que hubiera conseguido su brevet.
Partió a Inglaterra con la edad de 20 años con la idea de ser voluntario argentino en la RAF. Se supone que hizo su entrenamiento en las escuelas de la RAF (Operational Training Unit) ya que entró en combate a los 22 años en Malta.
Sólo cuatro años después , este hijo de un ejecutivo inglés de la Anglo Mexican Petroleum que le vendía combustible para Aeroposta Argentina, que con 10 años fue detenido por la policía local manejando el “robado” auto de su familia y tener cierto grado de familiaridad con Antoine de Saint Exupéry cuando el piloto francés hacía la ruta postal por la Patagonia a principios del año 30, Kenneth Langley Charney (“Quique” su apodo en el ambiente del rugby Rosarino en su Club Atlético Plaza de Rosario) ya era leyenda entre los pilotos de guerra.
Su apodo de “caballero negro”, dado por los pilotos alemanes, se lo ganó en su primer teatro de operaciones, Malta, por su singular atuendo todo de ese color y por atacar de frente como los caballeros medievales. Se contaba la historia de que una vez volvió a la base con su Spitfire acribillado, sin radio, sin hidráulico, con el motor escupiendo aceite. Hizo un aterrizaje esplendido. Bajó, prendió un cigarrillo y dijo: “Necesito otro avión”.
Un bahiense, de nacimiento quilmeño y de novia rosarina de frente a la Luftwaffe, parece un atrevido mal guion de una película de guerra; alguien diría esto sólo se consigue en Argentina y podría tener razón.
Pero volvamos a nuestra, como siempre caprichosa, crónica de los hechos.
Cárcano mira nervioso el reloj cuando un joven de cara aún con rasgos de adolescente llega apurado a una ceremonia donde el Rey Jorge VI en persona lo va a condecorar con una de las medallas más importantes de la Real Fuerza Aérea para pilotos: Distinguished Flying Cross-DFC.
Cárcano será el único argentino presente en la ceremonia, como representante del gobierno ya que se especifica la condición de argentino voluntario del homenajeado.
El joven casi adolecente y el avezado intelectual, el pensamiento y la acción parados frente al Rey.
La ceremonia fue entre privada y secreta, ya que estaba en juego un tema muy importante para ambos países y muy delicado de sostener: la neutralidad argentina.
En la Argentina nadie se enteró.
Por algún motivo además todos los registros de voluntarios argentinos se “extraviaron”.
En el detalle de los motivos de la distinción se hace mención: “el 4 de Julio de 1944 Charney volaba su Spitfire MK IX bautizado “Jean VI” en homenaje a su novia, acompañado por el francés Pierre Clostermann (el mayor as francés de la segunda guerra que tuvo palabras muy elogiosas a la valentía y profesionalismo de los pilotos argentinos que combatieron en Malvinas) cuando se cruzaron con aproximadamente 40 bombarderos alemanes. Eran 2 contra 40. “Quique” decide atacar y Pierre lo sigue, los enfrentan frontalmente y la formación de bombardeos se abre y permite que los cazas empiecen a cazarlos de a uno logrando abortar la misión.
Su récord oficial terminada la guerra fue de: 12 derribos confirmados, 4 probables y 16 dañados. Es el más grande as argentino. Clostermann declaró repetidas veces que “fue el mejor piloto de combate que conoció.”
Se estima que hubo 554 pilotos voluntarios argentinos en la RAF, la enorme mayoría, como Charney, hijos de padres ingleses de una o ambas partes.
Aunque parezca una ficción, la historia de Charney sale a la luz recién en el 2015 gracias a la tarea de investigación y militancia para la repatriación de sus restos del historiador Claudio Meunier, quien junto a la familia del piloto logró que un avión de Aerolíneas Argentinas trasladara sus restos desde Andorra en donde Meunier lo encontró como “el héroe sin nombre del nicho 209”. La historia completa está en dos libros del historiador: “Nacidos con Honor” y “Alas de Trueno”.
Hoy sus restos, gracias a Meunier, descansan en Bahía Blanca.
Durante años el Estado no reconoció a los “voluntarios argentinos”; Meunier y otros investigadores tuvieron que armar la historia desde cero con las órdenes de vuelo y los registros británicos.
En la guerra de todos los tiempos, cuando la humanidad lucha contra las sombras, la mayoría de los héroes son anónimos y sólo conocidos por sus compañeros.
Pero creo que a ellos no les importa porque no lo hicieron para contarlo, sino porque sintieron que debían hacerlo, sin red social para subirlo.
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