De la escuela de nuestras memorias a una memoria (colectiva) de la escuela. España

Loading

No es lo mismo tener en nuestra memoria recuerdos de la escuela, que todos los tenemos, que crear en comunidad una memoria histórica de la escuela que luche contra el olvido.

Lo primero es un estadio emocional necesario, que se alimenta de vivencias pasadas teñidas de melancolía. Es decir, tiene que ver con nuestros sentimientos. Lo segundo, en cambio, es la necesidad de construir en común una memoria histórica de la escuela, como parte de una obligación social y cultural.

Sobre un mismo acontecimiento escolar se pueden rastrear memorias distintas, según la selección que hagamos desde nuestros sesgos personales. En la escuela del recuerdo, habrá tantas memorias como interpretaciones del pasado se realicen de nuestras experiencias en el intramuros de un colegio o instituto. Por eso, tener la escuela en nuestro recuerdo es necesario e inevitable, pero el ejercicio de construir una memoria pública de la escuela como acontecimiento colectivo es otra cosa, y es responsabilidad de todos hacerla posible.

La escuela viene a ser como un libro, que se forja según las lecturas e interpretaciones que se hagan. Tiene también páginas, en forma de fragmentos o capítulos seleccionados de ese pasado sobre el cual todos tenemos algo que contar. Muchos incluso de los que ejercen ahora la profesión docente tienen en sus familias algún maestro o alguna profesora, por lo que la escuela de su recuerdo se mezclará con experiencias entrañables del hogar.

Pero la memoria de la escuela, construida en ejercicios compartimentados y si se quiere planificados, es diferente: contribuye a que no se borren las ya casi olvidadas historias silenciadas del pasado. De la memoria de la escuela, como ejercicio de construcción democrática, pueden y deben formar parte los ausentes, los que se quedaron en el camino y que hoy son sólo un número más en las estadísticas de fracaso. Y eso es lo que convierte a la memoria de la escuela en algo especial, algo necesario.

Los contemporáneos, sometidos al imperio de un ruidoso mundo sin tiempos ni espacios, nos sentimos incapaces de detenernos un instante para construir una memoria histórica de la escuela. Sin embargo, en cada experiencia que reproducimos sí sale a la luz la escuela del recuerdo, de nuestra memoria. Y por ello muchas veces nos comportamos de una determinada manera como docentes o como padres y madres: proyectamos en esa siguiente generación que tenemos a cargo nuestros deseos, anhelos, aprendizajes, frustraciones y experiencias. De ese recuerdo personal de la escuela, por mucho que lo queramos, no podemos huir.

En el ensayo Huellas (2021), de David Farrier, se examinan los pasos que el ser humano ha ido dejando en el hábitat, y que determinan en gran parte el futuro de la biodiversidad: “nuestras huellas revelarán cómo hemos vivido a cualquiera que por entonces siga aquí para descubrirlas, dando pistas de aquello que hemos cuidado y de lo que no”. En terminología científica, se habla de huella de carbono para referirse a los gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto a través de una actividad concreta generada por el ser humano. En este mundo digitalizado, la huella digital será el rastro que dejamos con nuestra acción en internet, y que influyen en los datos que se proporcionan a los cálculos algorítmicos que a su vez nos conducen a determinados productos digitales. En uno y otro caso, la memoria determina nuestra forma de comportarnos, también en la escuela. Así, vivimos un mundo de huellas; un mundo de memorias.

La defensa de una memoria histórica de la escuela es uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea como proyecto de Estado. Por ejemplo, ¿cuántos estudiantes y docentes actuales saben que durante la Guerra Civil hubo centros escolares de nuestros entornos que fueron utilizados como cárceles de la Falange Española? Tal vez ese pacto educativo que tanto resuena como necesario y que parece imposible de alcanzar en medio de una constante batalla ideológica debe empezar por ahí: por acordar qué conquistas históricas educativas o episodios deben formar parte de una memoria común, con el fin de lograr dinámicas de cohesión que sirvan como fundamento para una verdadera cultura democrática.

Al igual que se aprobó con un amplio consenso una “Ley de Memoria Histórica”, podríamos trabajar por una legislación que proteja la memoria de la escuela, y que se diferencie de esos recuerdos de la escuela que cada cual tiene, necesarios, pero que pueden sesgar la realidad debido a su inevitable carga emocional. Para ello es fundamental dar el paso de lo individual a lo colectivo y que cada administración local o regional haga el esfuerzo por recopilar y difundir historias orales, diarios, memorias autobiográficas, objetos de interés o fotografías escolares capaces de encarnar un pasado lo más común posible y de evocar su memoria.

Esas acciones no tienen por qué estar alejadas de la escuela como espacio físico, y que sean parte sólo de exposiciones o museos que albergan esa cultura de una memoria sociocultural pública.

Se me ocurre que los propios centros escolares sirvan de marco de esas prácticas de recreación de la escuela pasada, tanto en exposiciones como en debates o tertulias. Incluso a través de las actividades de formación que se organicen para el profesorado o grupos de trabajo entre centros cercanos, para trabajar por el rescate de memoria común que nos pueda llevar a hablar de una Historia, en mayúsculas, de nuestro colegio o instituto. Se trata de crear una cultura de la memoria histórica escolar propia, que valore los logros pasados alcanzados para apreciar cuáles son los grandes desafíos presentes, siempre con la necesidad de no caer en la desidia.

No me preocupa tanto que haya o no haya docentes de esos llamados vocacionales, porque al final tras el oficio de enseñar hay una decisión de vida que tiene mucho que ver hoy en día con alcanzar una salida laboral mínimamente digna, en un mercado laboral cada vez más precario. Me preocupa más que las nuevas generaciones de maestros y profesoras crezcan y se formen en un entorno teñido de amnesia colectiva, que se combina con la desgana de aquellos que arrojan la toalla ante la dificultad.

Transitar de la escuela del recuerdo a una memoria de la escuela supone dar un paso más hacia la necesidad no de “tener escuela”, ampliamente superada, sino de “hacer escuela” como ejercicio clave en la recuperación de la dignidad educativa que por momentos parece perdida.

Todo para hacer de la escuela un rincón colectivo más de ese necesario lugar de memoria, si usamos la expresión acuñada por el historiador francés Pierre Nora. Por eso, mantener los relatos que cuentan los orígenes de nuestros centros, las historias de quienes ya no están y dejaron su huella, de los que fueron apartados para estar sólo en parte y de quienes fueron excluidos de entrada por su condición marginal de partida, tiene que convertirse en pilar de ese currículo oculto.
Un currículo compartido que mantenga vivo el germen de esa escuela democrática, participativa, diversa y plural que necesitamos para ser un poco más libres.
Hacia un mundo letrado digital donde no nos engañen
¿Pueden hacerse recuperaciones tras “suspender” una evaluación en la enseñanza obligatoria?

Foto del avatar
Acerca de Albano de Alonso 17 Articles
Licenciado en Filología Hispánica y en Periodismo por la Universidad de La Laguna. Máster Universitario Euro-Latinoamericano en Educación Intercultural por la UNED. Ejerzo como profesor de Lengua Castellana y Literatura desde 2006 y dirijo en la actualidad el IES San Benito (Canarias, España). En 2018 emprendí junto a mis estudiantes de Secundaria el proyecto interdisciplinar e intercultural El Español como Puente, reconocido con la Cruz al Mérito Civil un año después.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*