¿Pensamos como hablamos? La sorprendente influencia del lenguaje sobre nuestra mente

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¿El idioma que hablamos solo sirve para comunicarnos? Durante décadas, la mayoría de los lingüistas respondió que sí. El lenguaje era visto como una herramienta para expresar pensamientos ya formados, no como algo capaz de moldearlos. Hoy esa idea está cambiando. Lara Boroditzky, científica cognitiva

La investigadora cognitiva Lera Boroditsky se ha convertido en una de las principales referentes de una línea de investigación que está revolucionando nuestra comprensión de la mente: la hipótesis de la relatividad lingüística. Su propuesta es provocadora y, al mismo tiempo, respaldada por una creciente cantidad de experimentos: el lenguaje que hablamos influye en la manera en que percibimos, recordamos y organizamos la realidad.

Que quede claro. No estamos diciendo que el lenguaje determine la manera de pensar de una persona. Lo que los investigadores exploran es cómo, dónde y cuánto influye el lenguaje sobre determinados procesos cognitivos. De esta manera, la relación entre lenguaje y pensamiento se vuelve más sofisticada.

¿Cómo nace el interés de Boroditzky por este tema? Es indudable que mudarse a los 12 años desde la Unión Soviética a los EE.UU. tuvo impacto en el trabajo que desarrollaría después. Esta experiencia le mostró como distintos países (idiomas) tenían perspectivas distintas sobre temas básicos de la vida. “Usamos una misma palabra para hablar sobre un tema, pero en realidad estamos usando esa palabra de manera distinta”, reflexiona. Esto la incentivó a adentrarse en cómo el pensamiento y el lenguaje están relacionados.

Hoy en día, Borodiztky es profesora en el Departamento de Ciencia Cognitiva de la Universidad de California, San Diego. La ciencia cognitiva es un campo interdisciplinario que integra, entre otras áreas, psicología, lingüística, neurociencia, filosofía, antropología y ciencias de la computación.

Si bien el tema de la relatividad lingüística viene ganando terreno desde los años 90, el enfoque de Boroditzky se vuelve interesante porque fue capaz de elaborar preguntas sencillas que pueden probarse experimentalmente.

Mucho más que palabras

Cuando pensamos en lenguaje solemos imaginar conversaciones, libros o discursos. Sin embargo, Boroditsky dirige la mirada hacia procesos mucho más básicos.

Su investigación analiza cómo distintas lenguas modifican aspectos fundamentales de la cognición: la forma en que organizamos el espacio, entendemos el tiempo, distinguimos colores o interpretamos acontecimientos. En otras palabras, no estudia únicamente qué decimos, sino cómo el idioma participa en la construcción de nuestra experiencia cotidiana.

La conclusión es sorprendente: incluso en estos «ladrillos básicos» del pensamiento aparecen diferencias sistemáticas entre personas que hablan distintos idiomas.

El relativismo lingüistico aparece como alternativa a otra hipótesis. Durante buena parte del siglo XX predominó la influencia de Noam Chomsky y la idea de que todas las lenguas compartían una estructura profunda prácticamente universal, algo así como un núcleo básico. Si el núcleo del lenguaje era el mismo, tampoco tenía mucho sentido esperar diferencias importantes en la forma de pensar entre personas de distintas culturas. Pero luego, algo pasó.

A medida que los lingüistas comenzaron a estudiar idiomas de todo el mundo con mayor detalle, aparecieron diferencias mucho más profundas de las que se imaginaban. Ya no era posible sostener que todas las lenguas eran esencialmente iguales. La pregunta dejó de ser «¿los idiomas son diferentes?» para convertirse en «¿cómo esas diferencias afectan nuestra manera de pensar?»

La otra pieza del rompecabezas. Había, sin embargo, un obstáculo. Aunque los idiomas fueran distintos, eso no implicaba necesariamente que modificaran nuestra mente. Para que esa idea tuviera sentido, primero debía demostrarse que la cognición humana era flexible.

Y eso fue precisamente lo que ocurrió. Décadas de investigación en psicología cognitiva mostraron que nuestro cerebro posee una enorme plasticidad. La forma en que percibimos el mundo no es completamente fija: cambia con la experiencia, el aprendizaje y el contexto.

Este concepto de la flexibilidad cognitiva está relacionada con la neuroplasticidad anticipada por el premio nobel Santiago Ramón y Cajal, representando dos caras de la misma moneda. El software (mente y lenguaje) y el hardware (cerebro físico) adaptándose mutuamente.

Al aprender un nuevo idioma o adaptar un nuevo marco conceptual se establecen nuevas conexiones neuronales. De allí la famosa frase de Ramón y Cajal, «Todo ser humano puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro», indicando que los circuitos cerebrales no son fijos, sino que pueden modificarse por el aprendizaje.

Volviendo a Boroditzky, cuando se unen esas dos evidencias (lenguas que difieren de manera significativa y cognición moldeable) aparece un escenario completamente nuevo: el idioma puede convertirse en una fuerza capaz de modelar algunos aspectos de nuestra manera de pensar.

Cada idioma ilumina una parte distinta de la realidad. Boroditsky propone una idea tan sencilla como poderosa: ningún idioma constituye una fotografía perfecta del mundo. Cada lengua es una construcción cultural desarrollada durante miles de años, que pone el foco en determinados aspectos de la realidad y deja otros en segundo plano. Ninguna es «la correcta»; todas funcionan como diferentes lentes a través de las cuales observamos el mismo universo.

Por eso aprender un nuevo idioma implica mucho más que incorporar vocabulario o reglas gramaticales. En cierta medida, también significa aprender una nueva manera de organizar la experiencia. El proverbio turco “Quien habla solo un idioma es una persona, pero quien habla dos idiomas es dos personas” refleja claramente esta variedad de perspectivas asociada con el idioma.

Otro punto a tener en cuenta es que las investigaciones de Boroditsky trascienden la lingüística. Nos obligan a preguntarnos cuánto de lo que creemos natural es, en realidad, consecuencia del idioma en el que crecimos. “Creo que la gente cree demasiado en las estructuras de su lenguaje”, dice la investigadora. Si las palabras pueden orientar nuestra atención, influir en nuestros recuerdos o cambiar la forma en que interpretamos el tiempo y el espacio, entonces el lenguaje deja de ser un simple medio de comunicación. Se convierte en una de las herramientas más poderosas con las que construimos nuestra realidad.

Y quizás esa sea la enseñanza más profunda de esta línea de investigación: cada vez que aprendemos una nueva lengua, no solo ampliamos nuestro vocabulario. También ampliamos las posibilidades de nuestra mente y las formas de ver el mundo e interpretar la realidad.

Los idiomas están desapareciendo rápidamente. Boroditzky explica que existen unos 7000 idiomas distintos a nivel mundial y que más de la mitad podrían haber desaparecido dentro de 100 años.

El lingüista Ken Hale comparó esta desaparición a la caída de una bomba en un museo, con la consiguiente pérdida de herencia cultural. “Creo que es peor que eso”, destaca Boroditzky. “Muchos idiomas que desaparecen no están bien documentados por lo que no tenemos manera de reconstruir esa información”, argumenta la investigadora. Hay una pérdida del trabajo intelectual que demandó la creación de esa lengua a lo largo de miles de años. Se pierde también una representación de la realidad, una cosmología.

La pérdida no termina allí. Los descendientes de ese idioma pierden la conexión con su pasado, sus ancestros y los caminos de la vida que ayudaron a crear ese idioma.

La diversidad es la norma. “Aceptar que la diversidad lingüística es la condición humana normal, y el hecho de que la mente humana no ha creado una manera de percibir la realidad, sino miles de ellas es un testamento real a su ingenio y flexibilidad” agrega a modo de cierre la científica cognitiva.

Partiendo de esta idea es más fácil plantearnos preguntas como “¿por qué pienso lo que pienso?” o “¿cómo llegué a creer esto que creo?”, expandiendo nuestra manera de ver el mundo y explorando la mente humana en toda su riqueza. Abordando nuevas maneras no solo de pensar, sino también de hablar e inventando formas novedosas que se adecuen al mundo en que vivimos y no solo al mundo que hemos heredado.

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Acerca de Claudio Pairoba 25 Articles
Formado en las ciencias duras, Claudio es egresado del emblemático Instituto Politécnico Superior Gral. San Martín de su Rosario natal. Doctor en Bioquímica y tiene una Maestría en Análisis de Medios de Comunicación. Egresó del emblemático Instituto Politécnico de su Rosario natal cuando la música disco mostraba una curva de popularidad descendente pero pudo superarlo y hoy escucha música de los ‘80 y ‘90. Está a cargo del Área de Comunicación de la Ciencia en la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), es columnista de medios gráficos, digitales, radiales y escribe en su blog (planetciencia.blogspot.com). A pesar de un primer encuentro accidentado con la Química, elige esta especialidad egresando como Bachiller Técnico Químico al mismo tiempo que la música disco mostraba una curva de popularidad descendente. Buscando adentrarse más en el mundo de los protones, neutrones y electrones, posteriormente se gradúa de Bioquímico y Farmacéutico en la Facultad de Cs. Bioquímicas y Farmacéuticas de la Universidad Nacional de Rosario. Durante su paso por Suipacha 531/570 fue docente en las materias Física, Química Orgánica y Química Biológica. Las plantas no fueron ajenas a su formación académica y se doctora en la misma facultad trabajando en maíz dentro del Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos (CEFOBI) bajo la dirección del Dr. Carlos Andreo y como becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Luego de una enriquecedora experiencia posdoctoral en la Universidad de Stanford (California, EE.UU.) como becario de la Organización de Estados Americanos y trabajando con la reconocida genetista Virginia Walbot, inicia la búsqueda por agregarle contenido social a su trabajo. Este derrotero lo lleva a cursar y graduarse de la Maestría en Análisis de Medios de Comunicación del New College of California. Entre otros requisitos para la finalización de estos estudios realizó un trabajo final de tesis (“An analysis of the dynamics among Media, Science and Society”) y dos pasantías: una de un año de duración en KQED, la estación de radio y TV pública de la ciudad de San Francisco, y otra con Eva Soltes, productora del documental sobre la vida del músico norteamericano Lou Harrison, en cuya realización participó.

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