“La fortaleza de los Gigantes” Tarija, (América del Sur) 1528

Loading

Era una mañana de viento y soledad. Me levanté con la sensación de que algo iba a suceder.
Estaba en mi poblado natal y, mientras comía un puñado de zara llegó mi nieto – Kenyiu Ruam -. Le ofrecí un puñado de zara y me preguntó “¿qué es la fiesta Citúa?”. Claro, él tenia miedo porque le contaron que se preparara para la sangría que le iban a hacer sobre la nariz y no sabía el porqué ni su significado ritual.
Entonces recordé cuando era niña y me hicieron la sangría sobre la nariz, entre las cejas. Luego supe que era para hacer el pan de la fiesta Citúa, que era la expiación y purificación de toda la gente del poblado. Y le conté a Kenyiu Ruam que era una festividad santa y la esperábamos con ayuno y abstinencia y lo único que si se podía comer antes, era un poco de maíz crudo.
También le conté que esa misma noche del “amasijo” todos los que habían ayunado se lavaban los pies y manos antes de comer el pan sagrado, que era pasado por su cabeza y rostro para limpiarse y echar las enfermedades.
Luego- continué el relato- el pariente mayor de cada casa que en este caso era mi bisabuelo Pactu Ruam con la masa limpiaba los umbrales de la casa al igual que lo hacían con todas.
Al otro día se desayunaba con el pan amasado sin sangre, y un Inca de sangre real (nos dábamos cuenta porque tenía un enorme brazalete del color del sol) salía de la fortaleza ricamente vestido y con una lanza en mano. Bajaba corriendo el cerro hasta llegar a la plaza principal donde había otros 4 incas de sangre real con lanzas.
“El Mensajero” – que así se llamaba al primer Inca – tocaba con su lanza la de los otros cuatro y les decía “que Inti mandaba que como mensajeros suyos desterrasen de la ciudad y su comarca las enfermedades y otros males que en ella hubiese”
Esos Incas salían corriendo hacia los cuatro caminos reales que salen de la ciudad y van a las cuatro partes de nuestro mundo, al que llamamos Tahuantinsuyo
Los vecinos, moradores, grandes y niños salían afuera de su casa cuando pasaban los cuatro Incas con grandes voces y alaridos de fiesta. Los cuatro mensajeros corrían afuera de la ciudad un cuarto de legua, donde encontraban a otros cuatro incas que no eran de sangre real sino privilegiados, que corrían otro cuarto de legua, y así sucesivamente por aproximadamente seis leguas donde hincaban las lanzas como marcando el limite a los males de donde no podían pasar hacia adentro.
Finalmente la ceremonia se completaba por la noche con otro acto parecido, pero en lugar de lanzas se llevaban hachones encendidos que pasaban de mano en mano hasta que llegasen a un río en donde se arrojaban al agua para que esta los llevase hasta el mar.
Mi nieto se quedo muy asombrado de la historia, pero a la vez muy contento de saber que su sangre iba a usarse para un buen fin.
Justito en ese momento, llegó un chasqui agitado, luego de recorrer una larga distancia por la carretera real de piedra, trayendo en sus manos un Quipu.
“Buen día Hanan Cuzcó”- dijo el chasqui. “Buen día”- le dije, mientras le ofrecí un trago de chicha fresca y unas hojas de coca para que se repusiera. “He venido, al parecer, con una noticia muy grande” – continuó con su mensaje el chasqui, luego de paladear un largo sorbo de la fresca chicha, y mientras comenzó a mascar la coca, mezclándola con la saliva hasta hacer una bolita que pasaba de lado a lado de la boca.
“Déjeme ver” – le dije ya un poco nerviosa. La sensación que había tenido a la mañana, era cada vez mas fuerte. Sentí que mi corazón quería salírseme del pecho y le rezaba a la Pachamama para que las noticias que traía el chasqui, no fueran malas.
A medida que fue leyendo los nudos y colores del quipu, noté que la noticia era mucho más grande de lo que esperaba.
Los hilos multicolores, cuyo significado sólo sabíamos leer los sacerdotes, me informaban que Viracocha había vuelto montado en un manto que se deslizaba sobre las aguas.
Lo habían visto en los países del norte (donde dos mares casi pueden verse a sí mismos) en donde había castigado a esos pueblos por no haber seguido sus enseñanzas, incendiando Tenoch Titlan , una ciudad muy grande (más grande que el Cuzco decían) con muros de piedras blancas y rojas, construida en el medio de un lago.
El Inca ordenaba, por medio de los chasquis, que todos sus sacerdotes y sacerdotisas se reunieran en la “Fortaleza de los Gigantes”, sobre los cerros de Sacsayhuamán, para ofrecerle sacrificios a Pachacamac (nuestro señor creador del cielo y de la tierra) y a todos los demás dioses, demostrándoles así que habíamos cumplido con el mandato que nos había dejado Viracocha.
En ese momento me asusté debido a que nunca había salido de Tarija, un lugar olvidado casi hasta para los Incas, encerrado entre montañas de donde los hombres de la aldea sacaban un metal blanco , que servía para nuestras ceremonias y para la de los Incas.
“Mamay” – me dijo Kenyiu Ruam- “te hai puesto blanca como el metal de la montaña.”. Es que en ese momento ví al “dueño de las alturas” extendiendo sus enormes alas sobre mí, deteniendo su vuelo justo sobre mi cabeza y planeaba tan suavemente que me pareció poder agarrarlo con la mano.
Mis abuelos contaban que cuando el dueño de las alturas se para sobre uno, puede ser una muy mala señal.
En ese momento quise ser como la Mama Quilla y esconderme en la oscuridad del cielo, para las estrellas traten de encontrarme. Pero, como no podía hacerlo, tuve que enfrentar mi propio miedo y reuní a los vecinos de la aldea, informándoles las nuevas (buenas o malas) noticias.
Seguida de mi pequeño Kenyiu, entré en la casa y lentamente comencé a juntar mis ropas (una manta tejida con lana de vicuña por mi madre, un viejo sombrero con cuero de alpaca y unas sandalias de cuero). Llené dos vasijas con chicha, preparándome para un largo viaje y, junté unas mazorcas de maíz tostado, unos pequeños capallu y bastantes hojas de coca. Porque, no solo el camino era largo sino que el templo estaba mucho más alto que mi aldea, y los viejos siempre recomendaron mascar coca `para evitar el soroche.
Luego junté a mis vecinos nuevamente y realizamos una pequeña ceremonia donde sacrificamos unos animales para que los dioses fueran benignos con nosotros. Mientras, el dueño de las alturas seguía planeando sobre nosotros.
Abracé fuertemente a mi adorado Kenyiu, quien no sabía que le había pasado poderes para que el continuara mi tarea en caso de que algo me pasara, tomé mi trozo de tronco para apoyarme si mis fuerzas flaqueaban….
Miré hacia atrás y ví algunas manos alzándose en señal de alegría (¿o de despedida?) y mascando una hoja de coca, comencé el largo camino de piedra que me conduciría hacia el incierto futuro que me deparaba la fortaleza de los gigantes mientras musitaba entre dientes, como para mí sola: “Viracocha, Viracocha…”

Foto del avatar
Acerca de Julio Ruiz 65 Articles
Profesor de Historia. Colegio Cervantes y Jesús Sacramentado de Bolívar, Argentina. Ex Intendente de la Ciudad de Bolívar en la Provincia de Buenos Aires, Argentina en el período 1987-1991. Abogado. Integrante de la Asociasón San Martiniana en su caracter de presidente. Columnista en el Diario La Mañana. Obras Históricas entre otras: Blandengues, “La Odisea”, “Historias que hicieron cuentos”, “Paginas de una historia olvidada”. “Hubo un tiempo que fue Hermoso”una creación colectiva de ex alumnos, Bachilleres de la promoción 1972 del Colegio Nacional de Bolivar (Bs As). Los Negritos de San Martín. “La historia, un cuento y un libro”

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*