Irán: ¿Puede caer el régimen de los Ayatollah?

Las protestas en Irán, que se encuentra bajo el modelo de una República Islámica instaurada desde la vuelta del Ayatollah Jomeini en 1979, se consolidaron en el país como una herramienta de expresión a las demanda políticas y sociales que mueven al mundo islámico, en general, pero al país persa, en particular.

Tras la muerte de Mahsa Amini, la joven kurda, en manos de la Policía de la Moral en septiembre, las protestas se iniciaron en el Kurdistán y llegaron a distintos puntos del país incluida su capital, Teherán. Las protestas, que ya pueden considerarse como una nueva revolución, son un capítulo más en el proceso de agitación y convulsión que vive un país en el cual el mosaico étnico, las represiones internas y las reiteradas crisis políticas y económicas han sido parte de la fractura de aquel pacto por el cual los Ayatollah lograron inaugurar uno de los regímenes más represivos de la región.

Las movilizaciones además de unificar sectores juveniles, de mujeres y otros activistas, despertó el interés de la comunidad internacional por acompañar a un pueblo que desde las primeras movilizaciones iniciadas en el 2009, las conocidas como parte del Movimiento Verde, logra pequeños avances en su resistencia al régimen: en esta ocasión, la revolución de los velos puede ser la estocada final conforme el tiempo pase y los líderes espirituales y políticos iraníes no puedan, o no sepan, frenar las protestas.

Sin embargo, las posibilidades de que en Irán caiga el régimen y se produzca un escenario inverso al iniciado en 1979, es decir desandar la revolución islámica, no es hoy un escenario esperable. El régimen de los Ayatollah, que además conserva el poder económico del petróleo, es una pieza fundamental en un complejo entramado del tablero político y religioso de Oriente Medio.

En primer lugar, la teocracia iraní se reserva aun el control de sus grupos proxys que financia y aporta apoyo logístico por fuera del país: Hezbollah en el Líbano, los hutíes en Yemen y las milicias iraníes que operan en Irak y otros países islámicos, están ganando cada vez mayores márgenes de autonomía de su metrópoli que es Teherán. Y esto es una mala noticia, porque se asume que estos grupos terroristas ya poseen producción de armamento y dirección propia por fuera de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Esta posible autonomía enciende aún más alarmas si se considera la posibilidad cierta de que Irán, en un corto plazo, pueda acceder a las armas de destrucción masiva que son nucleares. Desde la invasión a Ucrania iniciada en febrero, la comunidad internacional alertó, con mucho mayor énfasis, la nocividad que tienen las armas nucleares que se encuentran bajo dominio de los regímenes totalitarios cuyos contrapesos institucionales (es decir, los poderes que deben poner un límite al gobierno) han sido cooptados o desmantelados. Rusia e Irán, que ya cooperan militarmente para la destrucción de Ucrania, comparten ese germen totalitario: en ninguno de los países hay un control a lo que Vladimir Putin o los Ayatollah, junto al gobierno iraní, pretenden hacer.

En este sentido, la República Islámica desde hace tiempo viene amenazando con borrar del mapa a Israel, en palabras del expresidente Ahmadinejad, y con aniquilar a todos los países árabes que se encuentran normalizando sus relaciones con el Estado Judío.

En segundo lugar, no debe olvidarse que Irán es el rival estratégico de Arabia Saudita y que su rivalidad llega hasta los rincones del mundo islámico. Irán es un país chiita, la facción del islam que sigue la sucesión de Alí, y que está fuertemente enfrentado a los países árabes sunnitas que están liderados por el Reino Saudí y que ostenta el papel de guardián de los Santos Lugares del Islam: la meca y la medina, ambos ubicados en territorio saudita.

Una caída de Irán significaría una disputa por el liderazgo del pueblo chiita, que es mayoritario en Irán y que presume cerca de unos 80 millones de personas. A esto, debe sumarse las minorías alauitas en Siria, en Irak, el Líbano, Yemen y Bahréin, un pequeño país del Golfo que tiene la particularidad de ser mayoritariamente chiita y estar gobernado por una casa real sunnita. La infiltración iraní en estos grupos y la posible revuelta frente a los gobiernos es un tema que preocupa de sobremanera a los árabes.

Por último, es necesario también remarcar que Oriente Medio se encuentra en una convulsa y mutación de sus políticas interiores y exteriores desde el 2011 cuando iniciaron las protestas árabes que produjeron cambios de regímenes muy autoritarios, pero que luego se frustraron con la llegada al poder de grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes en Egipto en 2013 o con el inicio de cruentas guerras civiles como Siria o Yemen.

A nivel regional, el liderazgo de los Estados Unidos, quien pivoteó la zona desde las últimas dos décadas, está fuertemente en retirada porque para la Casa Blanca el frente del Indopacífico, frente al expansionismo de China y la posibilidad de una invasión a Taiwán, y Ucrania, atacada por Rusia, son los dos lugares más importantes para su estrategia de conservación de poder mundial. En un futuro, el Ártico será el tercero de los escenarios sobre el cual “los grandes” disputarán, quizás, la última batalla por el poder de los próximos cien años.

En Oriente Medio, una región donde la paz es huidiza y donde las alianzas son muy poco nítidas, las protestas encienden el activismo político por la conquista de más derechos frente a las demandas, pero no avizoran un cambio de régimen. En Irán, particularmente, lo que sucederá es un cúmulo de victorias y concesiones que el pueblo iraní irá consiguiendo, como lo hace desde el 2009, y que expondrá a los ojos del mundo la bestialidad de un régimen que gobierna desde 1979 bajo un puño de hierro.

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Acerca de Luciano Mondino 7 Articles
Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales Máster en Política Internacional de la Universidad Complutense de Madrid Terrorismo y Crimen Organizado.

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