Independencias latinoamericanas: interpretaciones clásicas y nuevos problemas

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Leandro García. El texto saldrá en sucesivas notas.
El proceso de las independencias en América Latina constituye uno de los temas de estudio que mayores debates académicos (y de las más diversas índoles) ha suscitado, actualizado en los últimos años, por las conmemoraciones, discusiones e interpretaciones en torno del Bicentenario del citado periodo. La producción en torno a las independencias ha sido -y continúa siendo- bastante copiosa, generando los interrogantes que cada época le ha formulado renovando constantemente las perspectivas y los enfoques que requiere una temática tan compleja.
Como ha señalado Jorge Troisi Melean, en la reseña que realizó sobre uno de los últimos y más estimables aportes en ese sentido, el de Roberto Breña (2013), la pregunta que se impone es: “¿Cómo explicar que el imperio español, que había durado siglos, se halla completamente desmoronado en 15 años?” (Troisi Melean, 2015).
Interpretaciones tradicionales han sostenido que la década de 1810 marcaría el punto de ruptura del orden colonial y, de forma simultánea, daría inicio al comienzo de las distintas historias nacionales. Sin embargo, esta visión fue paulatinamente matizada en función de la necesidad de incorporar otros elementos de análisis que flexibilicen, en principio, una interpretación y una periodización un tanto rígidas.
Hay otras perspectivas que cuestionan las señaladas anteriormente al considerar a las revoluciones de la independencia dentro de un proceso de mayor amplitud espacial y temporal “que tiene que ver, fundamentalmente, con los acontecimientos que se desarrollaban en Europa durante el siglo XVIII” como parte de la era de la revolución, en términos de Eric Hobsbawm, que incluyen a los movimientos independentistas americanos en una etapa que se extiende hasta mediados del siglo XIX.
Desde miradas que pueden considerarse como clásicas, John Lynch entiende los movimientos revolucionarios americanos en su calidad de acontecimientos específicos que no son necesariamente tributarios, por lo menos en forma directa, de procesos globales como la independencia de los Estados Unidos o las distintas revoluciones acaecidas durante la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña y Francia. Por lo tanto, lo importante sería rastrear aquellos antecedentes que permitan comprender las causas por las cuales, ante el vacío de poder generado por la invasión napoleónica a España en 1808, las regiones de la América hispana iniciarían, en distintos tiempos, un proceso de ruptura con su metrópoli cuya culminación estuvo dada por el triunfo de las tropas patriotas comandadas por el general Sucre en la célebre batalla de Ayacucho en diciembre de 1824.
Lynch señala que las revoluciones tuvieron un carácter repentino, con una gran dosis de violencia que afectó a la totalidad de la América hispana. Si bien se destaca que las independencias fueron impulsadas por un acontecimiento externo que forzó la abdicación de Fernando VII a favor de José Bonaparte pueden tomarse algunos elementos que lleven a comprender a este proceso como la culminación de un largo periodo de enajenación durante el cual algunos sectores de las colonias fueron forjando cierto sentido de identidad que a la vez fue debilitando su fidelidad a la corona.
De alguna manera, si se habla de emancipación se podría destacar que desde finales del siglo XVII Hispanoamérica disfrutaba de un significativo grado de autonomía con respecto a su metrópoli en función de que el primitivo imperialismo practicado por España durante casi un siglo resultaba inviable. Por eso se produjeron grandes ransformaciones que generaron una profunda diversificación en la estructura económica, social, étnica y demográfica de las colonias.
Esta situación, destaca Lynch, puede observarse en las actividades que se desprendieron de la minería, principal fuente generadora de riqueza. Se hace referencia a la producción de textiles, alimentos y vinos, entre otros bienes, fomentando un comercio intercolonial que fue adquiriendo una dinámica lo suficientemente pujante que funcionó independientemente de la red transatlántica. También puede observarse la autosuficiencia lograda en cuestiones de defensa a partir de la instalación de astilleros en Cuba, Cartagena y Guayaquil y la diversificación de la producción hacia actividades como la agricultura y ganadería. Pero lo que subraya Lynch como una constante es que la disminución del excedente enviado a España no se explica exclusivamente por las oscilaciones de la actividad minera que podían provocar largos periodos de retracción, sino porque la redistribución de esa riqueza se estaba produciendo al interior de las colonias americanas. Capital que se empleaba en administración, defensa y en la nuevas actividades económicas mencionadas.
Era lógico que como resultado de este creciente nivel de autosuficiencia se produjeran en las colonias importantes cambios en la estructura social que se tradujeron en el surgimiento y, posteriormente, consolidación de una elite criolla con intereses propios que no siempre coincidieron con los de la corona. Se constituyó, entonces, una elite colonial que a pesar de no detentar el poder político formal representó una fuerza que no podía ser ignorada por la burocracia estatal, que tenía, entre otras funciones, la de mediar entre los intereses locales y los del imperio.

Fuente: Continúa en https://memoria.fahce.unlp.edu.ar/libros/pm.540/pm.540.pdf

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