Preludio
En la primera parte de este trabajo nos hemos limitado a presentar la producción poética de la época de la emancipación peruana que tenemos a la mano, dedicada por sus autores a exaltar el heroísmo del pueblo de Cangallo y, de paso, a mostrar el impacto espiritual que causó sus infortunios en la conciencia colectiva latinoamericana del siglo XIX, sus luchas por la libertad y la independencia de nuestra patria. Algunas composiciones las hemos transcrito íntegramente, pero, por razones de espacio, las restantes las hemos hecho fragmentariamente.
En esta segunda parte presentaremos las muestras argumentales de cómo estas composiciones pueden convertirse también en fuentes para el conocimiento histórico o, si se quiere, en pruebas indirectas de la ocurrencia de dos hechos trascendentales de la historia cangallina y regional: la jura temprana de nuestra independencia (la primera lograda en el Perú en el ciclo de juras y/o declaraciones promovidas por la gran crisis política española de 1808) y los dos grandes incendios sufridos por su ciudad-capital en el intento hispano de evaporarla del mapa y la memoria histórica de la nación, por el delito de luchar con perseverancia por la libertad y la independencia de nuestra patria.
La poesía como fuente de la Historia.-
Sin duda, todos los documentos en el más amplio sentido del término, aún más los escritos referidos al todo del conjunto social humano o a una parcela del mismo, pueden ser fuentes que faciliten en distintos grados el conocimiento histórico. Ello depende del tema o problema que intenta resolver o explicar el historiador, y de la gestión cognoscitiva que despliegue, la misma que implica capacidad para interpretar los textos en su dimensión informativa o en su dimensión emotiva, tener adecuada formación humanística y, para la tarea que proponemos aquí, tener además nociones de poética entendida como un saber teórico de la naturaleza de la poesía, habilidad para lograr una comprensión empática del lenguaje poético, el comprender cómo se produce o se crea poesía, las distintas formas de su expresión, la canónica de las mismas y su distinción con otras formas de creación estética. Si una pintura, o un boceto de la misma, puede ser una fuente, ¿por qué no un texto expresado totalmente en verso como “La Araucana” de Alonso de Ercilla, o en prosa poética como “Paisajes Peruanos” de José de la Riva Agüero y Osma, para poner unos ejemplos; o un texto escrito en lenguaje lírico o en lenguaje épico como algunos que presentamos? Lo que importa es el despliegue de nuestra vocación para hallar la verdad, la aproximación a ella sea cual sea su identidad ética (honrosa o funesta), y su confirmación por fuentes complementarias que permitan la consistencia del discurso o una interpretación de los hechos históricos con la menor subjetividad o la mayor objetividad posibles; o –como preconizaba Marc Bloch- comprender el presente a través del pasado y, recíprocamente, comprender el pasado a través del presente.
Todavía Febvre y Bloch, los fundadores de los “Annales”, habían proclamado el valor de todos los documentos para la investigación histórica; sobre todo el primero que enfáticamente sentenció como precepto de ella: “Hay que utilizar los textos, sin duda. Pero todos los textos. Y no solamente los documentos de archivo en favor de los cuales se ha creado un privilegio: el privilegio de extraer de ellos, […], un nombre, un lugar, una fecha, todo el saber positivo […]. También un poema, un cuadro, un drama son para nosotros documentos, testimonios de una historia viva y humana, saturados de pensamiento y de acción en potencia …” […] “Está claro que hay que utilizar los textos, pero no exclusivamente los textos. También los documentos, sea cual sea su naturaleza …” (Lucien Febvre “Combates por la historia”. Ed. Ariel. Barcelona, 1971: 30 y 31).
Es cierto que los documentos de archivo tienen el valor de la inmediatez y nos enfrentan con la verdad en el tribunal cognoscitivo con mayor facilidad. Sin embargo, los investigadores saben que los documentos de archivo son solamente costras o epidermis fenoménicas de hechos humanos ocurridos en el pasado, irrepetibles por naturaleza, y han sido registrados sin poder evitar ser modulados o alterados en alguna medida por la mentalidad de sus autores, su escala de valores, sus prejuicios, su concepción del mundo, su ideología política y hasta por sus destrezas y miserias gramaticales. Hobbes llamaba a todos ellos: eidolas y las distinguía por géneros. Por ello, consideramos un “hábito saludable” la práctica profiláctica de las críticas externa e interna de los documentos, heredada del positivismo, y destinada a mejorar las cosechas cognoscitivas históricas, o ensayar el desafío cartesiano que nos formula Foucault: el de interrogar histórica y críticamente todas las reglas y verdades que configuran nuestro ser actual, especialmente las excluidas o las disfrazadas por el poder que nos impone sutilmente hasta sus credos epistemológicos como está sucediendo con la llamada “nueva historia” que nos quiere imponer, sin desearlo probablemente, el imperio de las subjetividades.
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