Programa “Una hora más de clases: No se trata de cantidad de tiempos, sino que se trata de calidad educativa logrado con medidas de mejoría completa.
“El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido ama al trabajo y sabe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro lleno de vicios y se defenderá mejor de todo ataque”. José Martí.
En tiempos de discursos rimbombantes y recetas impuestas desde escritorios lejanos, cobra más fuerza que nunca la palabra nacida en el aula, en el patio de tierra, en el cuaderno de tapas rotas. Esa palabra que interpela desde abajo y que, lejos de repetir consignas, se atreve a cuestionar, a desmontar mitos, y a construir alternativas con sentido.
Uno de esos mitos persistentes es el que sostiene que más tiempo en la escuela equivale automáticamente a más y mejor aprendizaje. Así nacen programas como “Una hora más de clases”, que en nombre de la equidad educativa sobrecargan a niños y docentes con jornadas extendidas sin una transformación real de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Lo vivimos en carne propia: esa hora extra no suma, satura; no enseña, agota; no democratiza, confunde. La calidad no se mide por reloj, sino por vínculos, contenidos significativos y contextos dignos.
Otro mito profundamente arraigado es el que concibe al docente como un mero ejecutor de programas y no como un sujeto pensante, creativo y comprometido con la emancipación de sus estudiantes. Se nos pide enseñar sin recursos, innovar sin tiempos, resistir sin reconocimientos, con sueldos de pobreza. Pero seguimos, porque educar —en serio— es un acto de rebeldía amorosa.
Frente a estos escenarios, no alcanza con quejarnos: necesitamos levantar proyectos pedagógicos alternativos. Y ahí es donde aparece la educación cooperativa como horizonte posible y necesario. Porque cooperar no es solo una estrategia para aprender mejor: es una forma de vivir, de pensar el conocimiento como bien común, de formar sujetos críticos y solidarios.
Una educación más justa no puede desentenderse de las desigualdades estructurales que atraviesan nuestras aulas. Una educación más humana pone en el centro a las personas, sus emociones, sus trayectorias, su dignidad. Y una educación cooperativa entiende que el aprendizaje florece mejor cuando se construye con otros, no contra otros.
Desmoronar mitos no es tarea fácil. Requiere valor, reflexión y comunidad. Pero allí donde hay una maestra que lee con sus alumnos una poesía en voz alta, donde hay un maestro que permite que la pregunta pese más que la respuesta, donde hay una escuela que celebra una asamblea para decidir juntos, ahí se abre un camino cooperativo.
Y ese camino no es otro que el de construir, sin prisa pero sin pausa, una educación que no solo enseñe a adaptarse, sino a transformar. Una educación más justa, humana y oooperativa. Porque el futuro no se espera: se educa.
Fuente consultada I.A., y creación propia.
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