Infancia del Minotuaro

Nadie, viéndome hoy, podría imaginar que fui un niño. Igual que todos, lo fui. Tuve una madre a la que vi pocas veces y que jamás me acarició, pero se preocupó, quiero suponerlo, por sus deberes. A mi padre lo vi una vez y solo de lejos; me refiero a mi padre adoptivo, claro, nadie supo o nadie quiso decirme qué fue del otro. Solo conozco este palacio enorme y desierto, me han dicho que soy un príncipe, y que así deben vivir los príncipes. En esa época tuve tres ayos, los recuerdo bien, recuerdo cómo eran pero no sus nombres. El primero era un hombre pequeño y calvo, parecía muy sabio y tenía mucha paciencia. Con él aprendí a caminar, me enseñó el nombre de las cosas, logró que me sentara a la mesa para comer y que tomara la comida con las manos.

Nunca he salido, pero muchas veces vinieron algunos niños a jugar, al principio eran agradables. Cierto día en que el ayo estaba muy enojado porque yo había derribado a un niño, me contó que ellos no venían por su gusto, sus padres eran obligados a traerlos. Comencé a comprender que se asustaban. Empecé a preguntarme por qué no eran como yo. Mi ayo me dijo que había varias clases de niños y que solo los príncipes tenían mi aspecto, por lo que no había otro en el reino. Cuando crecieron comenzaron a burlarse de mí, ¡de un príncipe! y ya no los quise ver más.

Un día ese hombre ya no estaba y otro lo reemplazó. Este ayo no me simpatizaba, quería enseñarme a leer, aprendí el nombre de cada una de las letras, pero puestas una al lado de otra no me decían nada. Aprendí a contar hasta que se acaban los dedos de una mano, aunque no sé qué signo corresponde a cada dedo cuando los veo escritos. Si veo cinco piedras sé que son cinco y no otro número pero cuando hay más piedras que dedos no puedo decir un número. Un día se cansó de enseñar y se fue. (Según escuché una vez, yo perdí la paciencia un día y lo maté, pero es imposible porque yo no lo recuerdo) Vino otro que intentó hacer de mí un guerrero, me entrenó en tácticas y lucha, nunca entendí ninguna de las dos pero él declaró que yo era invencible. Practicábamos, él indicaba cómo debía moverme, cómo agarrarlo, yo solo sabía correr hacia él, levantarlo en el aire y arrojarlo a la arena lo más lejos posible. Eso me divertía mucho . A él no. Un día cayó a la arena y se quedó allí durmiendo. Esa noche un sirviente vino y me dijo que ya no habría entrenamiento. Desde entonces estuve solo en esta casa.

Los sirvientes me traen la comida y se van presurosos y tímidos. Eso es lo correcto porque no tienen derecho a contemplarme. Me doy cuenta de que mi aspecto es de una magnificencia que sus pobres ojos no soportan.

Creo que ya no soy un niño puesto que nadie viene a enseñarme nada. Quizá ya he aprendido todo lo necesario y solo me queda ser rey. Ayer llegaron a mi casa muchos jóvenes, me parecieron hermosos, pero ninguno se atrevía a mirarme, se ocultaban y corrían por los innumerables pasillos del palacio. Les ordené detenerse, grité que no tengan, fui tras ellos, pero parecían atemorizarse aún más. No importa, ellos siguen en el palacio, estoy seguro porque es muy difícil salir. El palacio es enorme, lleno de salas, patios, corredores y galerías.ni siquiera yo lo he logrado. Mi padre me amó tanto lo construyó para mí, para que no necesite salir. Aquí tengo hermosos jardines, arboledas, setos.

Siguen en el palacio, los buscaré, hasta encontrarlos, uno a uno, y les explicaré que solo quiero conversar y, si es posible, volver a jugar un poco. Como cuando era niño.

Profesor de Historia Miguel Caruso.

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