Evaluación de aprendizajes: de la cultura del poder a la actitud transformacional

Amigo lector:

Te saludo efusiva y cordialmente, agradeciendo como siempre tu visita a este, tu espacio, en el cual me regalas la gracia de poder crear y compartir contenidos para ti sobre mis áreas de desempeño profesional, u otras que te/me/nos interesan. Espero que la propuesta te resulte interesante y cómoda de leer, procesar y digerir; y si soy afortunado, que te aporte algo de valor para lo que eres, haces, logras, o esperas y aspiras a ser, hacer y lograr en tu vida.

¿Te suenan estas palabras? ¿De cuándo y de dónde? ¿O será que alguna que otra vez las habrás dicho? Mmmmmm… Pues yo, la última vez que escuché a un colega decirlas (hace poco tiempo, por cierto), le pregunté, simplemente:

¿Y por qué? ¿Quién es usted?
No obtuve una respuesta muy coherente que digamos, aunque con todo respeto intenté entender las explicaciones que recibí en el cortés intercambio que sostuvimos. Pero a grandes rasgos, pude colegir que el colega se sentía por encima del bien, del mal, del malísimo, del pésimo y de todo lo demás; y en términos de su posicionamiento profesional, consideraba a sus estudiantes por debajo de todo eso.

Y lo más sorprendente fue constatar después que había otros colegas, en el mismo espacio educativo, que pensaban, se sentían y se expresaban en el mismo tenor. E investigando e indagando más lejos y más profundamente, pude darme cuenta de que tal absurda y nefasta convicción (cuyas expresiones recuerdo en unos pocos docentes de mi infancia y adolescencia), todavía está mucho más extendida de lo que normalmente se cree, en pleno siglo XXI.

¿Nadie puede sacar 100? ¿Y por qué? ¿Qué tiene esa asignatura que lo torna imposible? ¿No será usted el imposible?

El 100 no es perfección ni excelencia absoluta. Es, sencillamente, un indicador evaluativo -con carácter cuantitativo- de haber alcanzado los máximos niveles de crecimiento, logro y transformación POSIBLES desde el estado inicial hasta el actual o final. No es la última cocacola del desierto, ni la joya más preciada de la corona inglesa. Es un indicador INDIVIDUAL de avance y crecimiento en un proceso educativo. Ni más, ni menos.

El 100 no es del docente. Es del alumno. Si fuera imposible, o inalcanzable, no tendría sentido tenerlo en la escala; y si está, es porque puede ser alcanzado de forma normal por un ser humano normal, y no como una estratosférica excepción de la regla. Y a los docentes nos toca asignarlo como resultado de un proceso de crecimiento, no como un mero esquema funcional, o un estándar tendiente a la excelsitud y propiciador de la exclusividad y el elitismo intelectual o académico.

Hoy (desde hace tiempo) se habla mucho de educar con equidad. Pero la equidad debería ser mucho más que una consigna. Tiene que ser la expresión práctica de un valor profundamente incorporado y arraigado en la conciencia profesional y ciudadana de cada educador; y no debe ser aplicada solo en lo atinente al origen social, la mayor o menor cercanía a los poderes, la capacidad adquisitiva de los estudiantes (para el caso de la educación privada), y temas parecidos. Y menos aún, como resultado de un intento publicitario de posicionamiento mercadotécnico o político.

La equidad es, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, la disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece, entre otras acepciones de similar o equivalente sentido. Y al educar, tal merecimiento debe ser evaluado a partir de quien es, lo que hace y lo que logra cada persona desde su propio ser, y considerando su contexto de origen y desarrollo (yo soy yo y mis circunstancias, nos legó el gran Ortega y Gasset); y nunca en términos comparativos o contrastantes con otros seres humanos diferentes, que también son ellos y sus circunstancias.

Hay que aprender a diagnosticar y conocer a los alumnos, para poder ser realmente equitativos. Cada uno de ellos tiene su propia historia, su propio nivel y su propio proceso. No podemos equipararlos ni homologarlos, y mucho menos evaluar desde la comparación interpersonal. Porque los estudiantes son personas diferentes. Y lo que es 100 para Juan, no necesariamente lo es para Pedro, PERO NO POR ELLO ES MENOS 100.

La máxima calificación (llámese A, o 100, o como sea) existe para algo, y debe ser alcanzable para todos. No existe para premiar desempeños de “genios”; existe para evaluar crecimientos y logros de seres humanos diferentes. Y cada quien crece y logra desde QUIEN ES como ser humano; por tanto, NO ES JUSTO NI EQUITATIVO evaluar su crecimiento y su logro desde quien OTRO ser humano ES.

Y si un docente no se siente (o no está) en capacidad de constatar y reconocer (y poder demostrarlo, si hiciera falta) que Juan y Pedro merecen su 100 si se lo ganan, aunque sus niveles de crecimiento y logro sean diferentes, debería dejar de ser docente, o al menos, trabajar muy duro sobre sí mismo para profesionalizarse y ser un docente mejor. Porque no ha sido capaz de diagnosticar y conocer los puntos de partida diferentes de ambos alumnos, y por tanto, tampoco de justipreciar de modo equitativo sus esfuerzos y sus resultados. No está educando y evaluando; está comparando y desde ahí cuantificando. O lo que es lo mismo: está discriminando negativamente a uno, al medirlo y evaluarlo desde los procesos y resultados de otro que es diferente. Al menos, así lo veo yo. Y obviamente, no me gusta en absoluto lo que veo.

Pero peor aún: si no está en capacidad de manejar educativa y constructivamente situaciones en las que un Juan “genio”, protesta o se queja porque un Pedro supuestamente inferior obtiene la misma nota máxima que él (caso frecuente en algunos contextos que he visto), le sugiero también que renuncie al ejercicio. Esa tarea de educar a cada Juan “genio” en que cada Pedro -si se lo gana- merece su propio 100 (que no es necesariamente igual al 100 de Juan “genio”), esa tarea es suya como docente, mi muy estimado y distinguido colega. No abdique. No delegue de modo inverso lo indelegable. El docente educador es usted, o simplemente, no lo es.

Continuará…

Acerca de Vladimir Estrada 6 Articles
Licenciado en Educación, cubano. Máster en Consultoría Gerencial. Vive y trabaja en República Dominicana. Director del Programa de Profesionalización de la Función Docente en la Universidad Abierta para Adultos (UAPA), y docente de Comportamiento Organizacional para la Universidad ISA. Director del Programa de Profesionalización de la Función Docente. Universidad Abierta para Adultos . República Dominicana. Blog : https://medium.com/profesorestrada
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